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Autor: grupoecoanarquista

Industrialismo o Comunalismo. Emilio López Arango

Publicada el 11/09/2025 - 11/09/2025 por grupoecoanarquista

Publicado en el periódico La Protesta, 01-05-1929.

Al estudiar las formas modernas del capitalismo hemos constatado la insuficiencia de los medios de lucha del movimiento revolucionario de los trabajadores y hemos confesado nuestras dudas y vacilaciones sobre el camino a seguir para obtener una relativa eficiencia del esfuerzo empleado. Por ejemplo, los trabajadores organizados hablan presentado sólo un débil frente de lucha únicamente en su calidad de productores y sólo contra el capitalismo industrial privado, utilizando la circunstancia de la libre concurrencia capitalista como un arma poderosa. En cambio se ha descuidado casi por completo el frente de lucha contra el capitalismo agrario, que pudo operar hasta aqui con la más entera libertad. De la resistencia contra el capitalismo financiero, que es hoy el capitalismo dirigente, bajo cuyas garras se ha tenido que plegar la industria, no hay que hablar: ni siquiera ha penetrado la idea de resistir a esa forma de capitalismo en las discusiones teóricas del proletariado. Tampoco se ha hecho nada o se dejó en manos del reformismo cooperativista, es decir, en manos de los mejores amigos del capitalismo, por la defensa desde el punto de vista del consumo, pues si el frente de los productores es importante, el de los consumidores no lo es menos…

Todo esto quiere decir que si la lucha contra el viejo orden de cosas debió haber abarcado un frente de 100, no se llevó a cabo más que en un restringido frente de 10. Y lo que es peor, ese mismo frente reducido es por decirlo así una posición perdida a causa de la nueva evolución capitalista que tiende a suprimir la libre concurrencia y el capitalismo privado.

Es muy fácil repetir viejos clichés Y cerrar los ojos ante las perspectivas que a nosotros nos inquietan y torturan. Y es un papel poco grato el de anunciadores de malos augurios. Sin embargo no hallamos otra salida y, fervientes amantes de la revolución anticapitalista y antiestatal, quisiéramos que se avanzase un poco más en lugar de constatar continuos retrocesos y una perenne incomprensión de los grandes problemas cuya solución es imperiosa e ineludible.

Es triste y desalienta el hecho de que en los últimos diez o quince años, en el movimiento anarquista Internacional, hayamos sido sólo un par de ellos, desde este diario, los que nos hemos atrevido a poner en duda la santidad de la evolución industrialista del capitalismo, esbozando como forma humana y bella la economía agrícola e Industrial comunalista. Casi todo el movimiento revolucionario, desde el anarquismo a la socialdemocracia, se ha adaptado a las formas económicas capitalistas, y si en nuestro ambiente libertario se mantiene la abstención frente al Estado y no se aspira a su conquista sino a su destrucción, en el terreno económico los anarquistas se hallan integrados en el aparato capitalista y, lo mismo que los socialdemócratas, los comunistas y los sindicalistas, no quieren su destrucción, sino su conquista.

Ahora bien, nosotros decimos que el aparato económico del capitalismo en nuestras manos sería tan funesto como lo sería el Estado si en lugar de los gobernantes burgueses, socialistas o comunistas estuviésemos nosotros en los puestos de comando. Del capitalismo no queremos ni su aparato de dominación política ni su aparato de esclavización económica y de embrutecimiento espiritual. Queremos algo superior: en lo político la libre Iniciativa y la libre asociación de los individuos y de los grupos: en lo económico una simplificación comunal o una transformación del industrialismo en comunalismo.

La industria por una parte y la gran ciudad por otra han deshecho el espíritu de comunidad y la comunidad misma. Lo mismo que el individuo es en el aparato gigante de una industria una cifra que no cuenta para nada o apenas perceptible, en la gran ciudad, el hombre o el grupo familiar no representan un miembro psicológica y moralmente ligado al conjunto. En la gran ciudad el individuo está más solo que en el desierto porque los lazos de la comunidad se han roto y la insolidaridad es una de las leyes de la vida, insolidaridad entre clase y clase, entre una categoría de trabajadores y otra, entre hombres y mujeres, entre los nacidos a este lado y los nacidos al otro lado de tal o cual frontera…

No se puede restaurar el sentimiento comunidad y de fraternidad por donde se debe terminar, es decir por el Internacionalismo. No puede haber internacionalismo donde no hay como base y cimiento un espíritu de comunidad local y regional. Por eso se constata, y no somos los primeros en hacerlo, que si hoy existe un internacionalismo efectivo está entre los capitalistas que tienen sucursales e Intereses en todos los países. Pero naturalmente no es ese el internacionalismo a que nosotros espiramos. En el mundo proletario revolucionario la Internacional está en las resoluciones de los Congresos, en las bellas palabras, en las aspiraciones de las minorías, a lo sumo, pero no en los hechos, no en la vida cotidiana. Y es que el internacionalismo presupone sentimientos que nacen de la comunidad local, que tienen allí sus raíces. El capitalismo ofrece en la vida local ausencia de espíritu de comunidad, una lucha de todos contra todos, un aislamiento del Individuo en el aparato inmenso de la industria en que trabaja y un aislamiento no menor en el bosque sin fin de la gran ciudad donde la fraternidad es beneficencia, donde la comunidad es subordinación al poder político, donde la solidaridad no se conoce ni puede verificarse porque todo conspira contra ella.

El trabajo alegre no se conquistará más que con la destrucción de la industria, de esa estructura que desplaza al hombre del centro de la producción, como la economía capitalista en general lo desplaza del centro del consumo. Y sin el trabajo alegre, atractivo, no hay solución al gran problema social que es en primer lugar un problema de organización del trabajo y de la distribución de las riquezas sociales.

El argumento único que se nos opone en favor de la actual economía capitalista es que lleva al máximo la capacidad productiva y el rendimiento. En nuestro régimen de comunas agrícolas e industriales habría menos capacidad de producción, más gasto de fuerzas humanas. Tal es la opinión de los economistas.

Sin embargo, si la industria capitalista es capaz de producir más de lo que es susceptible de producir nuestro ideal de comuna, en cambio, consume infinitamente más la vitalidad humana y es un continuo matadero de hombres, de los que trabajan por el desgaste físico, de los que no trabajan por la miseria. El obrero de las grandes fábricas es un anciano en la plenitud de sus años y está acabado cuando debiera disfrutar del máximo de sus energías y su capacidad.

La industria capitalista no puede hoy suprimir los ejércitos de desocupados ni abolir la miseria de las grandes masas; en nuestras manos podría quizás poner fin a la miseria, podría dar a todos trabajo y pan, pero no dejaría por eso de ser un aparato consumidor de hombres, en donde el trabajo continuaría siendo una carga y no un placer.

El ideal revolucionario no consiste en la supresión del esfuerzo, sino en crear el bienestar para todos; y el trabajo libre es tanto una fuente de placer como una fuente de riqueza social.

La técnica moderna nos permitirla reducir en la comuna a voluntad el empleo de energías humanas; las máquinas estarían al servicio del hombre y de la comunidad; la producción tendría un fin: el consumo, la satisfacción de las necesidades del hombre. Hoy la producción, controlada por el capitalismo, no tiene más que un objetivo: la especulación, la ganancia, y sólo secundariamente satisface las necesidades de quienes pueden adquirirla. No nos cansaremos nunca de insistir sobre este tema, contra el fatalismo de los que creen que la evolución económica capitalista ha ido siempre por los mejores caminos y que no es superable por ninguna revolución. El capitalismo a evolucionado según las leyes directivas de su aspiración central: multiplicar sus ganancias, asegurar su predominio. La vida humana y el desarrollo de las múltiples facultades del hombre le interesaron sólo en la medida que eran indispensables para sus fines, no más. Ahora bien, nosotros queremos un régimen económico y social en donde el hombre, y no la especulación capitalista, sea el centro de todo. La industria no nos ofrece la garantía de la realización futura de esa aspiración: la comuna sí. La industria es una formación capitalista antisocial: la comuna es la vuelta a la comunidad.

Por otra parte, así como el complicado mecanismo industrialista requiere un aparato de dirección y de administración que tendrá en realidad intolerables atribuciones políticas, la comuna, cuyo conjunto es abarcado por el Individuo, no exige ninguna autoridad política ni administrativa. Es un conglomerado en el cual el hombre libre puede conservar su libertad y rechazar la obediencia tanto como la dominación. En la industria, si se suprime, lo que no es seguro, a la tiranía de los políticos habrá que reconocer la de los técnicos, pues mientras el hombre esté subordinado al aparato de producción y no al revés, la autoridad no habrá desaparecido por completo.

Para el marxismo, en el seno de la sociedad capitalista se gestan la condiciones y las formas de la nueva sociedad socialista, lo que equivale a decir que la misión del movimiento revolucionarlo consiste en seguir como una sombra al cuerpo la evolución del capitalismo y esperar a que madure la nueva sociedad en el seno de la vieja. Y esa concepción ha penetrado hondamente en todas las corrientes del movimiento proletario y hasta en el propio movimiento anarquista. Sin embargo nosotros sostenemos que el proceso de transformación social no es ningún acontecimiento fatalista y que del seno de la sociedad capitalista no pueden nacer más que nuevas formas de explotación y de dominación del trabajo de las grandes masas. De ahí nuestro afán por crear una mentalidad anticapitalista y un régimen de vida fuera del capitalismo, en contraposición a la adaptación al capitalismo o a su transformación desde dentro que recomiendan abiertamente los reformistas sindicales.

Publicado en ANARQUISMO

Ecología de la libertad. Murray Bookchin.

Publicada el 03/09/2025 - 04/09/2025 por grupoecoanarquista

Resumen de La ecología de la libertad de Murray Bookchin

Enfoque general y contexto histórico.

Murray Bookchin (1921–2006) propuso en La ecología de la libertad una visión radical que vincula los problemas ecológicos con las estructuras sociales de dominación. Definió el anarquismo como “oposición a la dominación”, en lugar de la tradicional oposición al Estado y al capital. Desde esta perspectiva, el libro analiza cómo la noción de dominación de la naturaleza proviene en realidad de la dominación del hombre por el hombre. En otras palabras, el deterioro ecológico actual es una consecuencia directa de las jerarquías y relaciones de poder instauradas en la historia. Bookchin relata que este convencimiento central –que la “dominación de la naturaleza” surge de la dominación humana– guió sus investigaciones previas (por ejemplo, Nuestro medio ambiente sintético, 1963) y culmina en la necesidad de explicar el surgimiento de la jerarquía social y de identificar las prácticas para generar una sociedad ecológica verdaderamente armónica.

La ecología social de Bookchin integra los principios del anarquismo con el verde: no existe una diferencia real entre ambos –la ecología social es “una tentativa de ampliar el horizonte del anarquismo”–. En sus propios términos, Bookchin consideraba que los seres humanos tienen una relación sistémica con la naturaleza donde el orden natural es descentralizado y autorregulado (como una red o rizoma), sin necesidad de autoridades centralizadas. Solo cuando la sociedad introduce procesos centralistas y autoritarios surge la degradación ambiental: “Los humanos producirían problemas ambientales solo cuando introducen procesos centralistas y autoritarios en sus sociedades”. Así, para Bookchin el problema ecológico es esencialmente social y político, no simplemente técnico o “ambientalista”.

Crítica al ambientalismo.

Bookchin critica duramente el ambientalismo “estrecho, pragmático y socialmente neutro” de la época (años 80), que se concentraba en síntomas puntuales (contaminación, vertidos, residuos tóxicos, etc.) sin cuestionar el sistema social subyacente. Aunque reconoce la importancia de demandas como la lucha contra la contaminación o los alimentos químicos, denuncia que dicho ambientalismo proponía soluciones meramente instrumentales y tecnocráticas: adaptar la naturaleza a las necesidades de la sociedad existente. En sus palabras, estos planteos eran “lamentablemente inadecuados”, pues trataban la naturaleza solo como un depósito de recursos. Bookchin señala que el ambientalismo convencional no cuestiona la premisa básica de la sociedad capitalista –el imperativo de dominio y crecimiento– sino que intenta un “ajuste” técnico. En cambio, la ecología social de Bookchin reclama una transformación radical del orden social: los problemas ambientales están “profundamente arraigados en una sociedad irracional y antiecológica” y no pueden resolverse con reformas aisladas.

Las raíces históricas de la jerarquía y dominación.

Bookchin traza históricamente la aparición de la jerarquía como un proceso gradual ligado al surgimiento de la desigualdad social. En las sociedades primitivas igualitarias, las personas vivían en pequeños grupos cooperativos donde no existía la idea de dominar la naturaleza. En esos “pueblos ágrafos” prealfabetizados primaba una relación de simbiosis con el medio –“un sentido de simbiosis y de interdependencia comunal”– y no la creencia de que el ser humano debía dominar la tierra. Bookchin enfatiza que la idea de dominio sobre la naturaleza surgió solo tras la ruptura de esa igualdad primordial: con la aparición de estructuras jerárquicas, clases sociales y el Estado comenzó también el cambio de actitud hacia la naturaleza.

En su análisis, Bookchin dedica un capítulo a los orígenes de la jerarquía. Señala que posiblemente la primera forma de jerarquía fue la gerontocracia (dominio de ancianos sobre jóvenes), seguida por otras diferencias graduales (peso social de guerreros, chamanes, patriarcas, castas, etc.). Subraya que la jerarquía no surgió de golpe sino como un largo proceso histórico complejo. Además, advierte que las jerarquías no se limitan a las estructuras económicas: son sistemas “culturales, tradicionales y psicológicos de obediencia y mandato” que trascienden las nociones de clase o Estado. En muchos momentos los radicales (por ejemplo, marxistas) hablaban solo de “clases” y “Estado”, ignorando la profundidad del fenómeno jerárquico. Bookchin afirma que usar indebidamente jerarquía, clase y Estado de forma indiferente resulta “insidioso y oscurantista”. En su definición, la jerarquía incluye la dominación del viejo sobre el joven, del hombre sobre la mujer, de un grupo étnico sobre otro, etc.; es un complejo sistema de mando y obediencia donde las élites gozan de privilegios económicos, sociales y psicológicos, y que puede subsistir aún en sociedades sin clases formales.

Bookchin sostiene que estas relaciones jerárquicas impregnaron todo el tejido social y mental: al consolidarse la jerarquía se otorgó supremacía al trabajo productivo sobre lo manual, a la “realidad” sobre el placer, a la razón instrumental sobre otras expresiones humanas. Así, desmontar la jerarquía exige ir más allá de reformas superficiales. Incluso si eliminamos la injusticia social, el sistema de clases o el Estado, advierte Bookchin, seguiremos cargando con “los obstáculos de la jerarquía y la dominación”. Esto explica por qué combatir únicamente la explotación o la propiedad privada no es suficiente: hay opresiones fundadas en la edad, el género, la burocracia, etc., que requieren una perspectiva más amplia.

Sociedad orgánica y visiones sobre el trabajo.

Un tema clave es la sociedad orgánica, esto es, las culturas igualitarias anteriores a la jerarquía. Bookchin dedica un capítulo entero a resaltar sus características: en esas sociedades la unidad entre comunidad y naturaleza era vivida como algo real. Los pueblos preestatales experimentaban la naturaleza como parte de sí mismos, no como un objeto ajeno. Afirmaba que dichas culturas generaron inconscientemente valores ecológicos (cuidado mutuo, minimalismo, complementariedad) que hicieron posibles modos de vida ricos en solidaridad. Estos principios –el usufructo comunitario de los recursos, el respeto de las diferencias (edad, sexo, habilidad), el mínimo irreductible de derechos– garantizaban que ninguna persona quedara desprotegida, evitando la envidia o la acumulación despótica. La emergencia de la jerarquía, en cambio, trastocó estos patrones: el parentesco y la propiedad privada erosionaron la orientación hacia la libertad y el cuidado mutuo, dando paso a la división por clases y a la dominación del hombre sobre la naturaleza.

La tecnología es otro eje del análisis de Bookchin. A diferencia de algunos ecologistas que demonizan toda tecnología, él reexamina la evolución técnica a la luz de valores sociales. Sostiene que durante mucho tiempo la tecnología (y el trabajo humano) pudo ser liberadora, una expresión creativa del logos o razón que existe implícita en la naturaleza. Sin embargo, con la modernidad la razón fue reducida a mera racionalización instrumental. Bookchin propone recuperar una visión de la razón como lógica interna de la naturaleza –un “logos” secular– para repensar la técnica, el trabajo y la relación humano‑naturaleza. En última instancia, plantea que existen tecnologías e instituciones que pueden organizarse de forma no jerárquica. Por ejemplo, defiende el desarrollo de tecnología adecuada a escala humana (energías renovables pequeñas, sistemas descentralizados, etc.) en el marco de la autonomía comunitaria. En contraposición, critica la tecnofilia futurista y el fetichismo de la máquina de cierto ambientalismo superficial, alertando que sin un cambio social profundo la tecnología simplemente perpetuará las dinámicas de dominación existentes.

Distinciones conceptuales clave.

Bookchin articula varias distinciones fundamentales para aclarar su enfoque ético y político. Entre ellas figuran:

1) Jerarquía vs. Clase: Jerarquía es un concepto más amplio que clase. Bookchin advierte que utilizar jerarquía, clase y Estado como sinónimos es “insidioso y oscurantista”. La jerarquía incluye las estructuras sociales y culturales de obediencia (de ancianos sobre jóvenes, de hombres sobre mujeres, de élites burocráticas, etc.) que pueden existir aun en ausencia de clases formales. En cambio, la noción de clase remite específicamente a las divisiones económicas propias de la sociedad capitalista o clasista.

2) Justicia vs. Libertad: Bookchin subraya que los ideales de justicia y libertad no son equivalentes. Critica que la tradición socialista y anarquista ha clamado “¡Justicia!” como si fuera sinónimo de libertad. Para él, la verdadera libertad supone reconocer desigualdades legítimas (capacidades, responsabilidades, necesidades) y trasciende la mera igualdad formal. Cita a Proudhon y Marx al decir que la libertad presupone una igualdad sustantiva basada en el reconocimiento de diferencias entre las personas. Desde su punto de vista, centrarse solo en la justicia (igualdad ante la ley o en la recompensa) puede ocultar la lucha por la libertad real, que va más allá de la abolición de clases.

3) Moralidad vs. Ética: Otra distinción es entre moralidad y ética. Bookchin entiende la moralidad como patrones de conducta pre-reflexivos o tradicionales (“mandamientos sacrosantos” heredados) aún no analizados racionalmente por la comunidad. En cambio, la ética implica un examen racional de las razones que justifican nuestras acciones. Por ejemplo, los mandatos religiosos (morales) se basan en autoridad teológica, mientras la ética racional –el “imperativo moral” kantiano– requiere justificarse lógicamente, más allá de la mera fe. En suma, la moralidad se halla en la transición entre hábito inconsciente y crítica racional ética.

4) Placer vs. Felicidad: Bookchin distingue también entre placer inmediato y felicidad real. Define la felicidad como la satisfacción de nuestras necesidades vitales básicas (alimento, abrigo, seguridad, etc.), propias de nuestra condición biológica. En cambio, el placer es la satisfacción de deseos y “ilusiones” intelectuales, estéticas o sensuales. Advierte que muchas ideologías radicales subordinaron el placer (disfrute lúdico o sensual) a la noción de deber o sacrificio, llamándolo burgués o libertino. Sin embargo, Bookchin celebra la búsqueda utópica de placer creativo como un preludio necesario de la libertad: cuando el placer se socializa en actividades colectivas creativas, la humanidad comienza a trascender el ámbito estrecho de la justicia para penetrar el ámbito más amplio de la libertad. Además, en su introducción enfatiza que su énfasis está “más a la libertad que a la justicia, y más al placer que a la alegría”, indicando que prefiere liberar el potencial humano creativo por encima de la mera redistribución igualitaria formal.

Hacia una sociedad ecológica y libertaria.

La conclusión de Bookchin propone una sociedad ecológica basada en la democracia directa y el municipalismo libertario. El término sociedad ecológica lo reserva para una visión utópica estructurada en torno a la comunidad libre. En ella, las personas reconocerían que el ser humano está “biológicamente estructurado para vivir con los suyos” y para cuidar a su especie dentro de un grupo social amplio y libre. Estas cualidades (cooperación, mutualismo, cuidado mutuo) no serían atributos meramente naturales sino elementos constitutivos de la sociedad misma. La meta es rearmonizar la relación hombre-naturaleza partiendo de rearmonizar la relación entre los hombres.

Bookchin desarrolla este modelo en términos de comunas liberadas y confederaciones descentralizadas. Llama a este programa “municipalismo libertario”: promover asambleas locales con soberanía directa sobre la vida material y la planificación ecológica, ligadas por redes confederadas que eviten cualquier poder centralizado. En su texto propone prácticamente que la sociedad sea reescalarizada en barrios y comunas donde, mediante el uso de tecnologías apropiadas, se satisfagan las necesidades humanas sin violencia ni jerarquía. Por supuesto aclara que esto no implica un retorno irracional al mundo preindustrial: no se trata de que “el león se tumbe junto al cordero”, sino de superar la alienación urbana y reconectar con los ecosistemas locales. La sociedad ecológica no será estática ni idealizada: será el producto de luchas y transformaciones sociales donde la libertad, la ética ecológica y la creatividad humana configuran una nueva “matriz social” de convivencia.

Crítica al esoterismo ecológico.

Bookchin rechaza las interpretaciones místicas o espiritualistas de la ecología (“ecologismo profundo”, neopaganismo o romanticismos irreflexivos) que han ganado popularidad. Critica que muchas corrientes contraculturales exaltan el misticismo como forma de escapismo: estas doctrinas “celebran la incoherencia, el antirracionalismo y el misticismo” como si fuesen banderas de una intelectualidad contracorriente. Según Bookchin, la fascinación por “ecologías místicas” refleja una incapacidad para enfrentar los problemas reales –un desplazamiento de intereses que lleva al subjetivismo introspectivo– y puede sustituir una tiranía social por otra (por ejemplo, el nuevo “matriarcado” místico). Él defiende, por el contrario, una ecología basada en la razón crítica y la ética racional: el misticismo y el espiritualismo radical tienden a ser antinaturalistas y antihumanos, pues ignoran la base social e histórica de nuestros problemas ecológicos.

En síntesis, La ecología de la libertad plantea que no hay verdadero ecologismo sin lucha contra la jerarquía. Bookchin propone un pensamiento social-ecológico profundamente interconectado: los males ambientales se resuelven superando las relaciones de dominación humana, rearticulando la sociedad desde abajo y recuperando el potencial racional y creativo de la humanidad. Su tono es académico y riguroso, pero accesible, combinando antropología histórica, teoría política libertaria y reflexión ética. El libro deja así una perspectiva integral donde las soluciones ecológicas requieren transformar la sociedad en comunas libres, solidarias y descentralizadas, superando tanto el statu quo capitalista como cualquier escapismo místico.

Publicado en ECOANARQUISMO

La Revolución Española de 1936: Documentos archivados contra los mitos de los historiadores. Vadim Damier.

Publicada el 03/09/2025 - 04/09/2025 por grupoecoanarquista

En su artículo «La Revolución Española de 1936: Documentos archivados contra los mitos de los historiadores», el historiador ruso Vadim Damier ofrece una visión crítica de las interpretaciones dominantes sobre el papel del anarquismo en la Guerra Civil Española.
 
A través del análisis de documentos archivísticos, Damier cuestiona la narrativa convencional sobre los anarcosindicalistas en la Guerra Civil Española, mostrando una nueva perspectiva, fundamentada en evidencias históricas, que invita a reconsiderar las percepciones establecidas y a reconocer la complejidad de las decisiones y acciones del movimiento obrero anarquista durante ese período.-
 
 
Han pasado ochenta años desde el inicio de la Revolución española, y uno esperaría que después de todo este tiempo las pasiones se hubieran enfriado, dando paso a un análisis sobrio y más equilibrado de aquellos hechos pasados. Y, sin embargo, no se puede dejar de sentir por momentos que la guerra en España tuvo lugar ayer, al menos a juzgar por los debates que se desarrollan sobre este tema en los círculos científicos y pseudocientíficos de la propia España o, incluso, de Rusia.
 
Por supuesto, esto no es accidental. En cuanto a las relaciones sociales, la Revolución española fue uno de los acontecimientos más profundos del siglo XX, aunque sufrió una aplastante derrota. Sin embargo, demasiadas corrientes sociales y políticas, junto con los partidarios de una amplia variedad de puntos de vista, han interpretado la historia de la Guerra Civil española como la confirmación de sus propios conceptos y opiniones sociales sin tener en cuenta los hechos reales.
 
No en vano, esta politización extrema ha contribuido al surgimiento de multitud de mitos sobre la Guerra Civil española, que han sido absorbidos, reproducidos y repetidos por los historiadores hasta nuestros días. Especialmente desafortunados a este respecto son los «perdedores de la historia»: los anarcosindicalistas españoles. Para ellos, casi no hay quien interceda, a excepción de los activistas de su propio movimiento y algunos historiadores profesionales que casi se pueden contar con los dedos de una mano.
 
Los mitos sobre los anarquistas españoles y su papel en la Revolución y la Guerra Civil están muy extendidos y son tenaces. Van desde acusaciones de aventurerismo radical, violencia arbitraria, represión masiva, colectivización obligatoria, conspiraciones y el socavamiento del “frente antifascista” hasta afirmaciones de que la experiencia del anarquismo en España demostró la falta de solidez de las ideas anarquistas que casi conducen a la traición de la revolución.
 
En un breve artículo no hay espacio para examinar todos esos mitos. Desafortunadamente, los historiadores a menudo prefieren seguir el pensamiento establecido o depositar su confianza incondicional en la literatura de memorias (algunas de las cuales tienen un valor dudoso, mientras que otras, como las memorias de García Oliver, deben tratarse con cautela). Y esto se hace en lugar de referirnos a documentos archivarios, que nos permiten refutar fácilmente evaluaciones incorrectas y demostrar que muchas circunstancias deben considerarse de manera muy diferente y que muchos eventos procedieron de manera muy diferente a lo que se afirma en la literatura.
 
Me centraré en dos temas de la historia de la Revolución española y la Guerra Civil, y trataré de mostrar cómo una apelación a las fuentes de archivo puede cambiar esencialmente nuestras concepciones.
 
Primero: ¿Qué tipo de decisión tomaron los anarcosindicalistas españoles después de la derrota del motín militar en Barcelona del 19 al 20 de julio de 1936?
 
Casi sin excepción, los historiadores afirman que durante una serie de conferencias y reuniones de los activistas barceloneses y catalanes de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y la Federación Anarquista Ibérica (FAI), hubo un acuerdo casi unánime para abstenerse de proclamar el comunismo libertario, declinando así implementar las decisiones del Congreso de la CNT de mayo de 1936 en Zaragoza, a favor de la colaboración con las otras llamadas «fuerzas antifascistas». Es cierto que los historiadores difieren en cuanto a las fechas de estas reuniones y no tienen del todo claro qué se discutió exactamente en cada una de ellas. Sin embargo, los investigadores coinciden en que la mayoría de anarcosindicalistas y anarquistas aprobaron la negativa a proclamar el comunismo libertario, es decir, la realización de una revolución social anarquista. Y esto a pesar de la evidencia de varios testigos y participantes de los hechos (Abel Paz y Liberto Callejas, por ejemplo), que la “base” del movimiento tomó una posición diferente.
 
El asunto se complica por el hecho de que las actas de estas reuniones no se han conservado (aunque García Oliver afirma en sus memorias que tales actas fueron tomadas). Pero en los archivos de la CNT conservados en el Instituto de Historia Social de Ámsterdam hay un documento muy interesante que arroja una luz completamente diferente sobre los hechos. Este es el acta de una reunión ampliada del Comité Nacional de la CNT realizada el 29 de julio. Esta fue la primera reunión después del inicio del levantamiento militar, en la que se discutió la situación del país a escala nacional. En estos minutos encontramos:
 
“El delegado de la Regional Catalana describe la lucha sostenida por nuestra Organización, en Cataluña. De su informe se deduce que el triunfo ha obedecido solo y exclusivamente a la participación de los elementos de la C.N.T. y la F.A.I. En la actualidad, y como consecuencia del triunfo quienes llevan la hegemonía en todos los ordenes en Cataluña son ellos. En los pueblos los compañeros ordenan la vida en todos los sentidos (…)
 
Plante a seguido que la mayoría de la militancia parece dispuesta, como consecuencia del predominio de la Organización, ir a la instauración del Comunismo Libertario en toda Cataluña. Afirma que si columnas de compañesros (sic) que han salido para Zaragoza toman esta ciudad, entonces no habrá posibilidad de que la minoría sostenga como hasta aquí al grueso de la Organización. Irán, repite, a la instauración de nuestro ideario sin tener en cuenta las condiciones en que se desenbuelvan (sic) el resto de las Regionales” (1).
 
Este documento representa la mejor prueba de cómo los anarcosindicalistas evaluaron realmente la situación después de la victoria de Barcelona y cómo pretendían actuar. Implica no solo que la mayoría de los anarcosindicalistas catalanes abogaran por la declaración inmediata del comunismo libertario, sino también que el Pleno de julio no había tomado la decisión de abstenerse de proclamarlo. ¡La organización regional catalana de la CNT decidió sólo posponer este paso hasta la liberación de Zaragoza por parte de las milicias anarquistas! En otras palabras, se decidió no decidir nada todavía. Esta opción se hizo con la esperanza de que la situación cambiara para mejor.
 
Sin embargo, la CNT y la FAI habían caído en una trampa. Al poner todo en un solo factor y vincular el futuro de la revolución social a la posible liberación de una ciudad (sin importar la importancia), los anarcosindicalistas se encontraron encaminándose por una pendiente resbaladiza que conducía a un callejón sin salida.

Pronto iban a experimentar conmoción y consternación cuando resultó que no podían tomar Zaragoza. De repente tuvieron que poner un nuevo rumbo en condiciones imprevistas. Tuvieron que decidir si proclamar el comunismo libertario y proceder a la revolución anarquista, a pesar del fracaso de sus planes anteriores, o transformar su decisión sobre un período interino de “cooperación antifascista” en una estrategia permanente hasta el final de la guerra.


Según otro mito más, la mayoría de los miembros de la CNT y la FAI posteriormente apoyaron el curso de la “unidad antifascista”, al que se opuso sólo una pequeña camarilla de radicales. Pero las actas de los plenos, conferencias y del congreso regional catalán de la CNT (febrero-marzo de 1937) de los archivos de la CNT y la FAI en Ámsterdam muestran un panorama diferente. La influencia de la «posición radical» aumentó gradualmente a principios de 1937, cuando los anarcosindicalistas se vieron cada vez más arrinconados, con la colectivización restringida y los trabajadores desarmados. En un congreso regional extraordinario de la CNT catalana, los delegados de base se quejaron de que se estaban tomando decisiones políticamente significativas sin consultar a sus sindicatos. En la votación, los candidatos “radicales”, los partidarios de acabar con las concesiones a los aliados “antifascistas” y retirarse del gobierno, obtuvieron más del 40 por ciento de los votos (2).
 
Delegados de numerosos sindicatos criticaron la actuación del gobierno de la república española en los términos más enérgicos posibles, acusándolo de negarse a destinar fondos a Cataluña y sabotear el aprovisionamiento del frente de Aragón. Se culpó a los ministros de la CNT por no cumplir con las decisiones de su organización. Por ejemplo, un representante sindical de las profesiones liberales declaró que si el Comité Nacional consideraba necesario colaborar, debía hacerlo de manera honrada y sincera.
 
Un delegado del sindicato metalúrgico de Barcelona señaló que hasta ese momento las cosas iban a favor de la UGT a costa de la CNT, y que esta evolución estaba perjudicando la marcha de la revolución. Dijo que los ministros de la CNT y el Comité Regional Catalán de la CNT estaban influenciado por los marxistas y por la Esquerra, y expresó la opinión de que los anarcosindicalistas no necesitaban representación en el gobierno central, y que la colaboración antifascista debería ser directa, no mediada. Para la clase trabajadora, el triunfo del fascismo o del marxismo conduciría a las mismas consecuencias desastrosas, declaró, citando el ejemplo de Rusia.
 
El apoyo a esta posición fue expresado por el sindicato ferroviario de Lérida, los zapateros de Sitges, los trabajadores de la industria de distribución de Barcelona y los trabajadores de los servicios públicos de Barcelona (ambos grupos también acusaron al Comité Nacional de la CNT de violar las reglas confederales y retener información a los sindicatos). Los obreros de la construcción de Barcelona anunciaron que si la colaboración no se podía realizar de forma honorable, debería interrumpirse. Un representante de los trabajadores de los servicios públicos de Barcelona pidió la pronta convocatoria de un pleno nacional de la CNT, en el que los ministros rendirían cuentas de sus acciones y donde se tomaría una decisión sobre qué hacer a continuación. Un delegado del sindicato de trabajadores de las profesiones liberales de Barcelona señaló que los órganos revolucionarios formados después del 19 de julio habían cedido sus funciones a las estructuras gubernamentales. Exigió la destitución de los ministros de la CNT si la revolución seguía en suspenso, y planteó el tema así: “Hay que preguntarnos si estamos en revolución. Si es así hay que ir a la creación de los organismos adecuados” (3).
 
El ala radical del movimiento instó a que no se pospusiera la revolución hasta la victoria, sino a que se le permitiera continuar su curso mientras simultáneamente libraba la guerra. La evidencia de la mayor radicalización de las masas anarcosindicalistas proviene del pleno de los grupos anarquistas de Barcelona reunidos del 11 al 12 de abril de 1937, cuyas actas fueron publicadas por el historiador Agustín Guillamón. En este pleno participaron representantes de la “Juventud Libertaria” y los “Comités de Defensa” de los barrios. El pleno exigió la retirada de los anarquistas de todos los órganos gubernamentales y declaró que «toda forma de gobierno es por esencia reaccionaria y, por ende, contraria a toda revolución social». Pidió la convocatoria el 1 de mayo en Valencia de un pleno peninsular de la FAI para desarrollar propuestas concretas y la coordinación de las fuerzas necesarias para implementar estas decisiones (4).
 
Cabe mencionar que los opositores a los anarquistas en el «campo republicano» se prepararon para un enfrentamiento decisivo. El historiador ruso Alexey Masterkov ha descubierto un informe del especialista militar soviético coronel Terekhin en el Archivo Militar del Estado Ruso (RGVA). Terekhin informó a Moscú que a principios de mayo de 1937 el estado mayor republicano envió tropas blindadas en Valencia y en la carretera a Barcelona, basándose en denuncias “sobre la preparación de un motín a gran escala en las regiones de Barcelona y Valencia y las ciudades entre ellas» (5).
 
Todos estos documentos nos obligan a reevaluar las nociones sobre el supuestamente robusto “frente antifascista” que fue socavado por los “radicales”. De hecho, esta alianza antifascista fue percibida como antinatural tanto por las masas anarcosindicalistas como por el liderazgo de los comunistas y republicanos. En este sentido, los sucesos de mayo de 1937 deben ser vistos no como una especie de «ruptura», sino como el resultado lógico e inevitable de la creciente contradicción entre los puntos de vista y las posiciones de fuerzas y tendencias incompatibles, que ya había resultado en una “guerra civil dentro de la guerra civil” con miles de bajas.
 
 
REFERENCIAS:
 
(1) Acta de la reunión del Comité Nacional celebrada el día 29 de julio de 1936, p. 1 // Instituto Internacional de Historia Social (IISG, Ámsterdam). Archivos CNT (España). 79B. Actas y resoluciones, plenos y reuniones. 1936. No. 1. Acta de la reunión del Comité Nacional, 29/07/1936.
 
(2) 12a. Sesión del Congreso regional de sindicatos de Cataluña, págs. 4-5 / IISG (Ámsterdam). Archivos CNT (España). Archivo de la Confederación Regional del Trabajo de Cataluña. 34A. Actas, dictámenes e informes. 1936-1938. No. 2. Actas de congresos y plenos regionaless, 1936-1938.
 
(3) Acta de la octava sesión del Congreso regional de sindicatos de Cataluña, págs. 3-11 / IISG (Ámsterdam). Archivos CNT (España). Archivo de la Confederación Regional del Trabajo de Cataluña. 34A. Actas, dictámenes e informes. 1936-1938. No. 2. Actas de congresos y plenos regionales. 1936-1938.
 
(4) Para materiales del pleno, ver: Agustín Guillamón, Los Comités de Defensa de la CNT en Barcelona (1933-1938). De los Cuadros de defensa a los Comités revolucionarios de barricada, las Patrullas de control y las Milicias populares, (Barcelona: Aldarull Edicions), 2011, pp. 181–207.
 
(5) Archivo Militar Estatal Ruso (RGVA). Fondo 35082, inventario 1, expediente 73, p.162–160 (la numeración de las páginas está invertida). El autor agradece al historiador militar Alexey Masterkov por proporcionar una copia de este documento.
 
Publicado en ruso: “Istoricheskaya Ekspertiza”. 2016. No.3. pp.145–151
 
Extraído de:
https://www.aitrus.info/node/5754

Publicado en ANARCOSINDICALISMO

La quimera del poder popular: una forma de integración al sistema. Patrick Rossineri.

Publicada el 31/08/2025 - 31/08/2025 por grupoecoanarquista

Patrick Rossineri. Publicado en el Periódico ¡Libertad! Nº 52, julio-agosto 2009.

Al menos como es entendido en general por la izquierda, el “Poder popular” sería una propuesta para construir el socialismo mediante un modelo de democracia participativa, que reestructuraría la organización sobre la que se sustenta el Estado.

El poder popular estaría fundado en la vieja idea de Rousseau de voluntad general, transfiriendo las atribuciones del gobierno al pueblo, instituido en organizaciones asamblearias de base y eligiendo mediante el voto a los representantes en el gobierno popular.

Esta política requiere la toma del gobierno para impulsar la transferencia antes mencionada, pero de forma gradual para transformar la democracia representativa en participativa, y alcanzar el socialismo por el camino del poder popular. Es decir, se plantea un objetivo supuestamente revolucionario por un camino reformista, aderezado de jerga nacionalista, socialista y antiimperialista. Este fue un experimento que quedó trunco en Chile en 1973 por el golpe de Pinochet contra el gobierno de Salvador Allende, y forma parte del canon ideológico de la Venezuela de Hugo Chávez y la Cuba post-bloque socialista, que recupera la consigna guevarista de desarrollar en el pueblo los “gérmenes de socialismo”. Este tipo de proyectos reformistas y autoritarios, defendido por la izquierda nacionalista y burguesa, han sido repudiados desde siempre por los anarquistas y sus teóricos más influentes, Bakunin y Malatesta, entre otros.

Sin embargo, desde hace un tiempo muchos compañeros libertarios latinoamericanos (argentinos, uruguayos, colombianos y brasileños) han publicado declaraciones acerca de la necesidad de que los anarquistas “construyamos el poder popular” luchando por la socialización del poder a fin de que no se convierta en la posesión de unos pocos. La idea que se propone apuntaría a construir un movimiento libertario anti-dogmático, aterrizado en la realidad y conectado con las luchas populares.

Estas formulaciones, como bien presuponen sus autores, podrían parecer “una contradicción irresoluble” a todo “luchador o luchadora de la libertad”. En realidad no lo parece, sino que es una contradicción irresoluble. Pero antes de responder por qué lo es, veamos en qué consiste esta propuesta.

En un documento titulado Anarquismo y Poder Popular, de la Red Libertaria Mateo Kramer de Colombia (http://redlibertariapopularmk.entodaspartes.net/), se hace la siguiente pregunta:

“¿Debe el poder ser entendido únicamente como una imposición autoritaria, como un poder sobre? ¿No se puede comprender el poder de otra forma, es decir, como un poder-hacer colectivo, un poder-construir en conjunto? Son los de arriba, aquellos que mandan, los que nos han hecho creer que el poder es un “objeto” del cual ellos tienen posesión, una “cosa” despegada de las relaciones sociales, un aparato trascendente de sujeción. Pero, en cambio, nosotros y nosotras, los y las de abajo, concebimos el poder de otra forma: no como una “cosa”, sino como una “relación”, como un poder social alternativo y liberador. Así, nuestro poder es principalmente una capacidad colectiva de imaginar y de crear en el aquí y ahora una nueva sociedad.”

Aquí surge una confusión en la pregunta que va a afectar a todo el análisis posterior. El término poder tiene múltiples acepciones, significados e interpretaciones, por su carácter polisémico. Podemos hablar de poder como una relación de dominio, como la capacidad de hacer, como posesión de algo, fuerza, capacidad de provocar efectos de verdad, mando, coerción, y finalmente, el gobierno de un país.

Claramente en la pregunta se confunde la acepción de relación de dominio (primera pregunta) con la acepción capacidad de hacer (segunda pregunta). Para mayor embrollo, el razonamiento prosigue proponiendo dejar de ver al poder como un objeto o instrumento y tomarlo como una relación, pero desdeñando que las relaciones de poder sean relaciones de dominio, y nuevamente proponiendo un poder como “capacidad colectiva de imaginar” (es decir, una competencia y no una relación).

Luego de semejante enredo, que no por enmarañado deja de ser de una simpleza y una frivolidad pasmosa, sería lícito preguntarse si todo se reduce a preferir una acepción por otra o a considerar que los anarquistas siempre han sido tan obtusos como para haber confundido siempre el poder con una “cosa” y nunca haberse percatado de que era una relación de dominio. Como si el hecho de pensar al poder en su aspecto relacional lo convirtiera en “un poder social alternativo y liberador”, y no en una relación asimétrica de dominio. El capitalismo, entre otras cosas, también es una relación social asimétrica (de explotación y dominio), y seguramente a estos compañeros no se les ocurriría olvidar este aspecto para proponer un “capitalismo social alternativo y liberador”.

En realidad, los anarquistas negamos el poder político, la capacidad de dominio de una institución, un grupo o un individuo sobre otras personas, el poder como sinónimo de gobierno. Es decir, toda la teoría anarquista se funda sobre una crítica al poder y los efectos que produce, expresado objetivamente en los medios, instituciones, dispositivos e instrumentos materiales a través de los que se ejerce el dominio, pero también subjetivado en relaciones asimétricas donde unos deciden y mandan mientras que otros obedecen y ejecutan. Los anarquistas nunca propusieron el poder popular, ni el poder para una clase, precisamente porque apuntaban a ese aspecto relacional del poder, donde si una clase o un grupo (aunque fuese mayoritario) ejercieran poder sobre otro, se convertiría en otra relación de dominio (asimétrica). Quien posee el poder ejerce control sobre la conducta de quien los sufre. No existen relaciones de poder simétricas, porque cuando existe simetría y reciprocidad en una relación social, es porque la relación de poder ha dejado de existir.

En el documento también se afirma que, “para que este poder colectivo sea popular, el agente no puede ser otro que el pueblo, ese sujeto plural que se define por la reunión de las clases subalternas, de los marginales, de los desposeídos, de los excluidos”. Más allá de la obviedad de la proposición, se percibe una valoración de lo popular como positivo per sé, lo cual puede ocasionar ciertos conflictos. Lo popular no está exento de acarrear ciertas lacras sociales, como el sexismo, el nacionalismo o el racismo, por mencionar las más habituales. Si algo fuese definido como popular tan solo porque lo produce el agente “pueblo”, y si definimos al pueblo gramscianamente como clases subalternas, deberíamos también aceptar que dentro de ese pueblo hay gran cantidad de elementos sociales, culturales, políticos y económicos burgueses incrustados, que incluyen tanto al ama de casa, al vendedor ambulante y al obrero, como al policía de la esquina, al dueño de una verdulería o a un barrabrava futbolero. La esencia popular es precisamente ese carácter policlasista, que conjuga elementos revolucionarios y conservadores, proletarios y burgueses, libertarios y autoritarios.

Si -como sostienen- el poder popular es una nueva forma de relación, y apunta a poner “en marcha un nuevo ethos,” creando “otro mundo posible, un mundo distinto que se enfrenta al que ya conocemos,” y al mismo tiempo “es una praxis que en la misma medida en que va transformando los lugares de vida de las personas crea un bloque contrahegemónico, un bloque que entra en confrontación directa con el orden imperante,” entonces el poder popular planteado de esta forma comienza a tener puntos en común con el poder popular según lo ha entendido históricamente la izquierda. Este poder se presenta como una anticipación de la sociedad futura, como una práctica gradualista, que apunta a reemplazar al Estado y al capital. Lo que no se explica es como una cultura horizontal y libertaria, participativa e incluyente pueda tener cabida en una sociedad que es su negativo rotundo, en que los medios de comunicación, educación, explotación y represión están en manos de quienes detentan realmente el poder. Claro que existen prácticas solidarias, ayuda mutua, cooperación, altruismo y actitudes libertarias en el seno del pueblo, pero esto es más inherente a la condición humana que al ethos popular. Es sencillamente una ilusión creer que por propugnar el poder popular (como quiera que esto se entienda) vamos a estar más cerca de la auto-liberación de las masas. El sistema capitalista ha demostrado una gran capacidad de absorción de todos los movimientos populares, de todo signo: Venezuela y Cuba son un muy buen ejemplo de esto. Cuando excepcionalmente los gobiernos que realmente ejercen el poder conceden la posibilidad de que la gente practique alguna forma de autogestión, siempre es bajo el permiso y supervisión directa o indirecta, cuando no el interés, del Estado.

Es un error plantear que, “el anarquismo que quiere socializar los medios de producción, también quiere socializar el poder y evitar que éste se convierta en el privilegio de unos pocos”, precisamente porque eso sería socializar la asimetría, haciendo del poder el “privilegio de la mayoría”, y donde aquello que una mayoría denominada “popular” imponga al resto “menos popular” su particular visión de lo que debe ser. Es una peligrosa ingenuidad suponer que dicho poder popular crearía “espacios alternativos de vida colectiva, lugares materiales y virtuales que escapan al control del capitalismo y de la autoridad”. Más aun cuando todas las experiencias históricas han demostrado exactamente el contrario, y nunca pudo coexistir un espacio libertario por mucho tiempo en una sociedad estatal sin enfrentarse con ella (como en Ucrania o Kronstadt y la revolución española), o siendo absorbido por el capitalismo y el Estado, como en Cuba o en la Venezuela bolivariana, donde el Poder Popular funciona como un mecanismo de autorregulación capitalista.

Contrariamente a lo que sostiene la Red Libertaria, Mateo Kramer dice, los anarquistas debemos aspirar a destruir toda forma de poder, sin dejar de organizarnos igualitaria y libremente, propugnando que el pueblo se autolibere. Porque las perspectivas políticas del populismo y el socialismo antiburgués siempre serán reformistas, aspirando a lo sumo a un capitalismo gestionado por la clase obrera, mediante cooperativas, sindicatos, partidos políticos o el “Estado Popular”.

Ser anarquista implica estar en contra del poder en todas sus formas, no solamente en contra de “algunas formas de poder”. El poder colectivo no es ausencia de poder, del mismo modo que un capital colectivo no es ausencia de capital. El ser anarquista no puede reducirse a enfrentarse al poder burgués, sus agentes económicos, culturales y políticos. No podemos hacer del pueblo o el poder popular un adorado fetiche, del que presuponemos revolucionario per sé. De lo contrario, pondremos al pueblo en el trono, para ser su propio opresor, alienado de sí mismo. Un Poder Popular negador de la liberación humana y que, parafraseando a Bakunin, no va a ser menos prepotente porque lleve inscrito el rótulo de “poder del pueblo”.

Publicado en ANARQUISMO

Sobre el sionismo. Emma Goldman.

Publicada el 31/08/2025 - 04/09/2025 por grupoecoanarquista

Emma Goldman (1869-1940) fue una de las anarquistas y pensadoras radicales más influyentes de finales del siglo XIX y principios del XX. Nacida en el Imperio Ruso (actual Lituania), emigró a los Estados Unidos a los 16 años, huyendo de un padre estricto y atraída por las promesas de libertad. Las ejecuciones tras los hechos de la Revuelta de Haymarket en 1887 la radicalizaron políticamente, convirtiéndola en una ferviente defensora del anarquismo.

Dotada de un carisma y una poderosa oratoria, Goldman se convirtió en una conferenciante incansable, difundiendo ideas sobre la libertad individual, el anticapitalismo, el ateísmo, la emancipación de la mujer y el amor libre. Editó la revista anarquista Mother Earth y defendió apasionadamente causas como la libertad de expresión, los derechos de los trabajadores y el control de la natalidad, lo que le valió múltiples arrestos y encarcelamientos.

Se opuso firmemente a la Primera Guerra Mundial y a la conscripción, postura que culminó con su arresto en 1917 y su posterior deportación a Rusia en 1919 junto con otros cientos de radicales. Inicialmente entusiasta de la Revolución Rusa, pronto se desilusionó con el autoritarismo bolchevique, criticándolo en su obra Mi desilusión con Rusia (1923).

Pasó sus últimos años viajando y escribiendo, siempre activa en la lucha por la justicia social. Murió en Toronto (Canadá) en 1940 y está enterrada en Chicago, cerca de los mártires de Haymarket. Su legado perdura como un icono de la resistencia anticapitalista, el feminismo radical y la lucha por la libertad individual frente al poder del Estado.

Este artículo corresponde a una carta de Goldman al editor de «España y el Mundo» de 1938.

«Estimado camarada,

Me ha interesado el artículo «Palestina y la política socialista», de nuestro buen amigo Reginald Reynolds en «España y el Mundo» del 29 de julio. Hay mucho en él con lo que estoy totalmente de acuerdo, pero mucho más que me parece contradictorio para un socialista y casi anarquista. Antes de señalar estas incoherencias, quiero decir que el artículo de nuestro amigo se presta a la impresión de que es un antisemita rabioso. A decir verdad, varias personas me han preguntado cómo es posible que «España y el Mundo» haya publicado un artículo tan antisemita. Su sorpresa era aún mayor de que Reginald Reynolds fuera culpable de tal tendencia. Conociendo al escritor me sentí bastante seguro al asegurar a mis amigos judíos que Reginald Reynolds no tiene ni una partícula de sentimiento antisemita, aunque es muy cierto que su artículo desgraciadamente da esa impresión.

No tengo nada en contra de nuestro buen amigo por sus acusaciones contra los sionistas. De hecho, durante muchos años me he opuesto al sionismo como el sueño de los judíos capitalistas de todo el mundo de un Estado judío con todos sus adornos, como gobierno, leyes, policía, militarismo y demás. En otras palabras, una maquinaria de Estado judío para proteger los privilegios de unos pocos frente a la mayoría.

Sin embargo, Reginald Reynolds se equivoca cuando hace creer que los sionistas fueron los únicos que respaldaron la emigración judía a Palestina. Tal vez no sepa que las masas judías de todos los países y especialmente de los Estados Unidos de América han contribuido con enormes cantidades de dinero para el mismo fin. Han dado sin escatimar sus ganancias con la esperanza de que Palestina pueda ser un asilo para sus hermanos, cruelmente perseguidos en casi todos los países europeos. El hecho de que haya muchas comunas no sionistas en Palestina demuestra que los obreros judíos que han ayudado a los judíos perseguidos y acosados no lo han hecho porque sean sionistas, sino por la razón que ya he expuesto, que se les deje en paz en Palestina para que echen raíces y vivan su propia vida.

Al camarada Reynolds le molesta la afirmación de los judíos de que Palestina fue su patria hace dos mil años. Insiste en que esto no tiene importancia frente a los árabes que han vivido en Palestina durante generaciones. No creo que ninguna de las dos reivindicaciones tenga gran importancia, a menos que uno crea en el monopolio de la tierra y en el derecho de los gobiernos de todos los países a mantener alejados a los recién llegados.

Seguramente Reginald Reynolds sabe que el pueblo árabe tiene tanto que decir sobre quién debe o no debe entrar en su país como los desfavorecidos de otras tierras. De hecho, nuestro amigo lo admite cuando afirma que los señores feudales árabes habían vendido la tierra a los judíos sin el conocimiento del pueblo árabe. Por supuesto, esto no es nada nuevo en nuestro mundo. En todas partes, la clase capitalista posee, controla y dispone de sus riquezas a su antojo. Las masas, ya sean árabes, inglesas o cualquier otra, tienen muy poco que decir al respecto.

Al reivindicar el derecho de los árabes a impedir la inmigración judía desde Palestina, nuestro buen amigo es culpable de la misma violación del socialismo que su camarada John McGovern. Sin duda, este último se convierte en el campeón del imperialismo británico, mientras que Reginald Reynolds patrocina los derechos capitalistas árabes. Eso ya es bastante malo para un socialista revolucionario. Peor aún es la incoherencia de abogar por el monopolio de la tierra, al que sólo los árabes deberían tener derecho.

Tal vez mi educación revolucionaria ha sido tristemente descuidada, pero me han enseñado que la tierra debe pertenecer a quienes la cultivan. A pesar de su profunda simpatía por los árabes, nuestro camarada no puede negar que los judíos de Palestina han labrado la tierra. Decenas de miles de ellos, jóvenes e idealistas profundamente devotos, han acudido en masa a Palestina para labrar la tierra en las condiciones pioneras más duras. Han recuperado tierras baldías y las han convertido en campos fértiles y jardines florecientes. Ahora bien, yo no digo que por ello los judíos tengan más derechos que los árabes, pero que un ardiente socialista diga que los judíos no tienen nada que hacer en Palestina me parece un socialismo bastante extraño.

Además, Reginald Reynolds no sólo niega a los judíos el derecho de asilo en Palestina, sino que también insiste en que Australia, Madagascar y África Oriental estarían justificados para cerrar sus puertos contra los judíos. Si todos estos países están en su derecho, ¿por qué no los nazis en Alemania o Austria? De hecho, todos los países. Por desgracia, nuestro camarada no sugiere ni un solo lugar donde los judíos puedan encontrar paz y seguridad.

Supongo que Reginald Reynolds cree en el derecho de asilo para los refugiados políticos. Estoy seguro de que resiente tanto como yo la pérdida de este gran principio, que una vez fue orgullo y gloria de Inglaterra. Entonces, ¿cómo puede conciliar sus sentimientos sobre los refugiados políticos con su denegación de asilo a los judíos? Debo decir que estoy perplejo.

Nuestro amigo habla con vehemencia de la independencia nacional de los árabes y de todos los demás pueblos bajo dominio británico. No me opongo a la lucha por ella, pero no veo las mismas bendiciones en la independencia nacional bajo el régimen capitalista. Todos los avances que se reclaman para ella son, como las reclamaciones de democracia, un engaño y una trampa. Hay que señalar algunos de los países que han logrado la independencia nacional. Polonia, por ejemplo, los Estados bálticos o algunos de los países balcánicos. Lejos de ser progresistas en el verdadero sentido, se han vuelto fascistas. La persecución política no es menos severa que bajo el zar, mientras que el antisemitismo, antes fomentado desde arriba, ha infestado desde entonces todos los estratos de la vida social de estos países.

Sin embargo, ya que nuestro amigo defiende la independencia nacional, ¿por qué no ser coherente y reconocer el derecho de los sionistas o de los judíos en general a la independencia nacional? En todo caso, su precaria condición, el hecho de que no se les quiera en ninguna parte, debería darles derecho al menos a la misma consideración que nuestro camarada concede tan encarecidamente a los árabes.

Sé, por supuesto, que muchos de los judíos no pueden pretender ser refugiados políticos. Por el contrario, la mayoría de ellos han permanecido indiferentes ante la persecución de obreros, socialistas, comunistas, sindicalistas y anarquistas, siempre que su propio pellejo estuviera a salvo. Al igual que la clase media en Alemania y Austria, han explotado a los trabajadores y han sido antagónicos a cualquier intento por parte de las masas de mejorar su condición. Algunos judíos alemanes tuvieron la temeridad de decir que no se opondrían a expulsar a los «OstJuden» (judíos procedentes de Polonia y otros países). Todo eso es cierto, pero el hecho es que desde el ascenso de Hitler al poder todos los judíos sin excepción han sido sometidos a la persecución más diabólica y a las indignidades más horribles, además de ser despojados de todas sus posesiones. Por lo tanto, parece extraño que un socialista niegue a estos desafortunados la oportunidad de echar raíces en nuevos países, donde comenzar una nueva vida.

El último párrafo de «Palestina y la política social» culmina el clímax. El autor escribe: «¿Qué importa quién hace una demanda o por qué se hace, o quién paga la factura si esa demanda es justa? Rechazar una demanda justa es tacharnos de amigos de la tiranía y la opresión; aceptarla y trabajar por ella no sólo es nuestro deber, sino la única política que desenmascarará las pretensiones de nuestros enemigos.»

La cuestión es, querido Reginald Reynolds, ¿quién va a decidir qué es una «justa reivindicación»? A menos que uno se haga culpable de la acusación que el escritor lanza contra los judíos, «la intolerable arrogancia de la gente que considera a su propia raza como superior», uno no puede muy bien decidir si la demanda de los nativos por el monopolio de su país es más justa que la desesperada necesidad de millones de personas que están siendo lentamente exterminadas.

En conclusión, quiero decir que mi actitud ante toda la trágica cuestión no viene dictada por mis antecedentes judíos. Está motivada por mi aversión a la injusticia y a la inhumanidad del hombre hacia el hombre. Es por ello que he luchado toda mi vida por el anarquismo, el único que acabará con los horrores del régimen capitalista y situará a todas las razas y pueblos, incluidos los judíos, sobre una base de libertad e igualdad. Hasta entonces, considero muy incoherente que los socialistas y los anarquistas discriminen de cualquier forma a los judíos.»

Emma Goldman. 26 de agosto de 1938.

Publicado en ANARQUISMO, ANARQUISTAS CLÁSICOS

Seis tesis sobre municipalismo libertario. Murray Bookchin.

Publicada el 31/08/2025 - 04/09/2025 por grupoecoanarquista

El texto «Seis tesis sobre el municipalismo libertario» es un manifiesto conciso y programático del pensador y activista social estadounidense Murray Bookchin (1921-2006). Representa la cristalización de sus ideas políticas más maduras, en las que sintetiza décadas de reflexión sobre ecología, anarquismo y teoría política. Bookchin propone el municipalismo libertario como una alternativa revolucionaria y viable al Estado-nación capitalista y al socialismo de estado autoritario, ofreciendo un camino hacia una sociedad verdaderamente libre, igualitaria y ecológica.

Resumen de las Seis Tesis.

1.  La Política vs. lo Político: Bookchin establece una distinción fundamental. «Lo político» se refiere al ámbito profesionalizado y estatizado del gobierno, donde el poder es delegado a unos pocos. En cambio, la «Política» (con mayúscula) es la práctica de la ciudadanía activa, la gestión directa de la comunidad a través de asambleas populares face-to-face. El municipalismo libertario busca recuperar este segundo concepto.

2.  El Municipio como Arena de Lucha: El escenario central para el cambio no es el Estado ni el lugar de trabajo de forma aislada, sino el municipio o comuna. Es en la comunidad donde convergen todos los aspectos de la vida (social, económico, ecológico) y donde la gente, como ciudadanos, puede ejercer un poder directo. Bookchin ve la comuna como la célula base de una nueva sociedad confederada.

3.  La Democracia Face-to-Face: La propuesta institucional central es la asamblea popular de vecinos. En estas asambleas, los ciudadanos deliberan y deciden directamente los asuntos que les afectan. Los delegados elegidos para tareas específicas o para coordinar con otras comunidades tendrían mandatos revocables y estarían sujetos a instrucciones precisas, evitando así la formación de una clase política profesional.

4.  Confederación y Poder Dual: Las asambleas municipales libres no existirían de forma aislada. Se confederarían entre sí en niveles regionales y más amplios para gestionar asuntos de mayor escala. Este poder popular confederado crearía un «poder dual» frente al Estado-nación, desafiando su autoridad de forma gradual y construyendo una nueva estructura política desde la base.

5.  La Oposición al Estado-Nación y al Capitalismo: Bookchin argumenta que el Estado-nación y el capitalismo son inherentemente centralizadores, jerárquicos y anti-ecológicos. Son incompatibles con una democracia real. Por lo tanto, el municipalismo libertario es abiertamente confrontacional; su objetivo no es tomar el poder estatal, sino disolverlo y reemplazarlo por la confederación de municipios libres.

6.  El Sujeto Revolucionario: Frente al marxismo clásico que centraba la fuerza del cambio en el proletariado industrial, Bookchin postula que el agente de esta transformación será un «pueblo» diverso (no una sola clase), unido por intereses comunitarios y ecológicos. Este sujeto será producto de una lucha educativa y organizativa para crear una esfera pública libertaria y una ciudadanía activa.

En conclusión, el texto es una llamada a la organización a nivel local para construir un contrapoder popular que, mediante la democracia directa y la confederación, aspire a transformar radicalmente la sociedad, disolver el Estado y armonizar la relación entre la humanidad y la naturaleza.

Publicado en ECOANARQUISMO

¿Qué es el anarquismo? Vadim Damier.

Publicada el 30/08/2025 - 30/08/2025 por grupoecoanarquista

El anarquismo es un conjunto tanto de principios generales y conceptos fundamentales que prevén la abolición del Estado y la eliminación de toda autoridad política, económica, espiritual o moral de la vida social, como de métodos prácticos para llevar a cabo esta idea.

Etimológicamente, ἀν (an) y ἄρχή (arkhé) son palabras griegas que juntas significan literalmente «sin dominio». «Arkhe» es poder, no en el sentido de organización como tal, sino en el sentido de dominación, imposición, gobierno desde arriba. «Anarquía» significa «sin Estado, sin dominio y sin violencia sobre la sociedad»; así es como debería traducirse aproximadamente esta palabra al español.

LA BASE FILOSÓFICA DEL ANARQUISMO.

No existe una única filosofía del anarquismo como tal. Los teóricos anarquistas, a lo largo de la historia de este movimiento, en última instancia solo coincidían en la idea de la necesidad de eliminar el poder de la vida de las personas. Los anarquistas pueden compartir los mismos objetivos e ideas sobre el camino para alcanzarlos, pero las bases filosóficas y los argumentos pueden ser completamente diferentes. Basta con comparar las opiniones de al menos algunos de los principales teóricos del anarquismo.

Así, por ejemplo, Bakunin se inclinaba por la tradición neohegeliana, aunque integraba elementos de otras visiones filosóficas. Kropotkin, por el contrario, se autodenominaba positivista, aunque tenía poco que ver con el positivismo en el sentido tradicional. Partía de una concepción filosófico-ética de la vida, más bien biológica: dedicó mucha atención a criticar el darwinismo social con su elogio de la «lucha por la existencia», oponiéndole una tradición que se remonta a Lamarck y supone la adaptación a la naturaleza y la armonía con ella.

Si examinamos las posiciones de los anarquistas de la segunda mitad del siglo XX o de quienes participaron en el movimiento de 1968, encontraremos partidarios de las más diversas visiones filosóficas: adherentes de la Escuela de Frankfurt, existencialismo, situacionismo, seguidores de las ideas de Michel Foucault, etc. Todos los anarquistas que había entre ellos compartían el mismo objetivo: afirmar y difundir el modelo anarquista de sociedad y la idea del camino revolucionario para la transición hacia él. Kropotkin intentó hacer un gran y heroico esfuerzo: se propuso formular el «anarquismo científico», como él lo llamaba, aunque es dudoso que tal construcción pudiera realmente erigirse. Por lo tanto, probablemente sería incorrecto hablar de una única filosofía del anarquismo.

Sin embargo, se puede afirmar que, de una forma u otra, todos los tipos de anarquismo tienen una base filosófica común. Y esta surgió mucho antes del propio anarquismo, en la Europa medieval, cuando entre los escolásticos estalló el famoso debate filosófico entre nominalistas y realistas, es decir, entre quienes consideraban que los conceptos generales existen realmente (realistas) y quienes creían que solo existe lo singular, lo particular, y los conceptos generales son solo una designación común, una suma de lo particular e individual (nominalistas).

Si trasladamos este debate al problema de la existencia humana, la cuestión principal de toda la filosofía no sería la cuestión de la primacía de la materia o la conciencia. Sonaría diferente: ¿es primario el individuo, la individualidad, o una cierta comunidad en la que el ser humano entra quizás desde su nacimiento y a cuyas leyes está obligado a someterse?

ANARQUISMO Y LIBERALISMO.

Dos ideologías aparentemente diametralmente opuestas, como el anarquismo y el liberalismo, en la cuestión de la primacía del individuo o la sociedad, parten de la misma premisa: para ellos, la personalidad humana es primaria. Pero aquí es donde comienzan las principales divergencias, porque surge la siguiente pregunta: ¿cómo se relacionan estas personalidades entre sí? Después de todo, el ser humano no vive solo, es un ser social. Y como vive en sociedad, debe construir de alguna manera sus relaciones con otras personas.

¿Cuáles son los principios de estas relaciones? Aquí es donde el anarquismo y el liberalismo divergen de la manera más radical. El liberal dirá que la personalidad es egoísta: las personas son por naturaleza tales que construirán relaciones basadas en la jerarquía, el dominio, e inevitablemente los fuertes por naturaleza oprimirán a los más débiles en todas las relaciones humanas. Por lo tanto, para el liberalismo, cierta jerarquía es natural e inevitablemente se establecerá en la sociedad humana. Así, los liberales, por mucho que critiquen al Estado, en esencia también son «arquistas», es decir, partidarios del dominio. Incluso si no se ejerce en forma estatal, si cada persona es un Estado para sí misma, entonces incluso el liberal más extremo aceptaría finalmente tal forma de dominio.

El anarquista, por el contrario, parte de otro principio. Considera que todas las personas, precisamente en virtud de su existencia, tienen desde el principio derechos iguales a la vida, simplemente porque llegaron a este mundo, aunque no se les preguntó si lo querían o no. Y si alguien es más fuerte y otro más débil, alguien es más talentoso en algunas áreas y otro es inferior en otras, esto no es culpa ni mérito de las mismas personas que poseen esas cualidades, sino que son las circunstancias, una cierta situación vital establecida. Esto no debe afectar el derecho de estas personas a la vida, a tener igualdad de oportunidades para vivir en armonía entre sí y con la naturaleza, y para satisfacer sus necesidades en pie de igualdad.

El anarquismo, en este sentido, no uniformiza al ser humano; no es la idea de que todas las personas deban vivir igual porque todas tienen las mismas necesidades. El anarquismo aboga por la igualdad de lo diferente; este es su principio fundamental. Precisamente por eso, los anarquistas consideran, a diferencia de los liberales, que las personas pueden unirse y formar sociedades no según el principio del dominio mutuo, sino sobre la base de la interacción, el acuerdo racional y la organización armoniosa de las relaciones entre sí y con el mundo circundante. Esta es la base filosófica que será común a todos los verdaderos anarquistas, independientemente de las escuelas filosóficas a las que pertenezcan o de las opiniones filosóficas que sostengan.

LA LIBERTAD EN EL ANARQUISMO.

Lo más importante para el anarquismo es el concepto de libertad humana. ¿Qué es la libertad para el anarquismo? Existen innumerables definiciones de libertad. Todas se pueden dividir en concepciones de «libertad de» y «libertad para». La «libertad de» es, por ejemplo, lo que entendemos por libertades civiles: libertad de prohibiciones, restricciones, persecuciones, represiones, imposibilidad de expresar su opinión, imposibilidad de hacer algo. Por supuesto, esta libertad es reconocida por los anarquistas, pero es, por así decirlo, una «libertad negativa».

Pero, a diferencia del liberalismo y de cualquier democracia en general, los anarquistas no se limitan a esto. Ellos tienen concepciones de la libertad positiva, la «libertad para». Es la libertad de autorrealización: la posibilidad para el ser humano de realizar su potencial interior, que lleva dentro, sin restricciones externas. Es la posibilidad de construir libremente su propia vida en armonioso acuerdo con otras personas igualmente libres. Es decir, para el anarquista, la libertad no es algo que termina donde comienza la libertad del otro.

La libertad en la concepción del anarquismo es inseparable. La libertad de una persona presupone la libertad de otra persona y no puede ser limitada por ella. Resulta que la libertad de cada uno es una condición para la libertad de todos. Y la libertad de todos, a su vez, es una condición para la libertad de cada uno. La autorrealización, la posibilidad de llegar a acuerdos, asegurando el curso del desarrollo de la sociedad, esta es la base de la libertad positiva anarquista. En este sentido, todo anarquista es un poco voluntarista. Después de todo, parte de la base de que el desarrollo de la sociedad puede estar determinado por decisiones acordadas de las propias personas, y no por «leyes» externas a ellas.

Los anarquistas suelen considerar que no existen leyes férreas de la historia. No debe haber nada que no dependa absolutamente de la voluntad humana. Los anarquistas creen que el desarrollo de la sociedad en su conjunto, si hablamos de las reglas de su funcionamiento, depende única y exclusivamente de las propias personas. Es decir, si las personas se ponen de acuerdo sobre cómo debe desarrollarse la sociedad, serán capaces de hacer todo lo que quieran. Naturalmente, pueden existir ciertas limitaciones, digamos dictadas por la naturaleza, y el anarquismo no lo niega. Pero en general, los anarquistas reconocen, de una forma u otra, el voluntarismo colectivo.

LIBERTAD, IGUALDAD, FRATERNIDAD.

Todos los principios del anarquismo encajan en la tríada de la Gran Revolución Francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Sin embargo, aunque la Revolución Francesa lo proclamó, la realidad de la misma Francia contemporánea, aunque haya inscrito este lema en su escudo, difiere fundamentalmente del contenido de los principios proclamados.

La sociedad contemporánea considera que existe ante todo la «libertad de», y su contenido principal es la libertad de restricciones al emprendimiento. Afirma que la igualdad es ante todo igualdad ante la ley, y nada más, y la fraternidad es algo completamente abstracto, que más bien recuerda los mandamientos de Jesucristo, o simplemente una fórmula carente de sentido práctico. Después de todo, la sociedad moderna se basa en la competencia, y si una persona es competidora de otra, difícilmente puede ser llamada hermano.

Aunque la Gran Revolución Francesa no la hicieron los anarquistas y no fueron ellos quienes formularon el lema, esta tríada corresponde en mayor medida al ideal anarquista, y no cada parte por separado, sino precisamente en la conjunción e interrelación de estos conceptos. En el anarquismo, la libertad no existe sin igualdad. Como dijo el teórico anarquista Bakunin, «la libertad sin igualdad es privilegio e injusticia, y la igualdad sin libertad es un cuartel». Libertad sin igualdad es libertad de los desiguales, es decir, la construcción de jerarquía. Igualdad sin libertad es igualdad de esclavos, pero es irreal, porque si hay esclavos, hay un amo que no es en absoluto igual a ellos. La verdadera fraternidad es incompatible con la competencia, que se deriva de la libertad entendida como libertad de empresa y de la igualdad ante la ley. En el anarquismo, libertad e igualdad no se contradicen. Son principios fundamentales del anarquismo.

ANARQUISMO Y POLÍTICA.

Los anarquistas suelen negar la política, diciendo que se basa en la idea de una organización social basada en el dominio. Algunos prefieren autodenominarse antipolíticos. La razón por la que se rechaza el poder unipersonal, ya sea monárquico o dictatorial, es bastante simple. Como formuló en su momento Mark Twain con agudeza: «la monarquía absoluta sería la mejor forma de organización social si el monarca fuera la persona más inteligente, más bondadosa de la tierra y viviera para siempre, pero esto es imposible». El despotismo no sirve porque el déspota tiene sus propios intereses y actuará en nombre de esos intereses. Las personas bajo un sistema despótico no son libres y, por lo tanto, no pueden ser aceptadas por el anarquismo.

Con la democracia hay otro problema. A primera vista, el anarquismo no debería negar la democracia, porque la democracia es el poder del pueblo y el propio pueblo decide cómo debe desarrollarse la sociedad. ¿Dónde está el problema? Herbert Marcuse dijo una vez: «La libertad de elegir amo no elimina la existencia de amos y esclavos». La democracia también es «cracia», es «arqué». La democracia también es poder y dominio del hombre sobre el hombre, es decir, una sociedad de desiguales.

Cualquier democracia representativa parte de la base de que el pueblo solo es competente para elegir a sus dirigentes. Luego, los dirigentes proponen un programa de acción u otro, que el pueblo aprobará en las elecciones votando por un partido u otro, después de lo cual este grupo de personas competentes recibe el derecho de gobernar la sociedad en nombre de la propia sociedad.

La soberanía es indivisible: esta es la posición fundamental de cualquier teoría del Estado. El órgano superior siempre puede anular la decisión del inferior. La primera posición de estas teorías es la representatividad, el gobierno en nombre de las personas. La segunda posición es el centralismo, es decir, la toma de decisiones no de abajo hacia arriba, sino de arriba hacia abajo, no mediante la recopilación y ajuste de impulsos de base, sino mediante la formulación de tareas nacionales generales. Estos dos momentos son característicos de cualquier democracia representativa, y el anarquismo los niega.

Los seguidores del anarquismo oponen a esto la anarquía, es decir, la autogestión general como sistema. De hecho, el concepto de «anarquía» puede ser reemplazado por el concepto de «autogestión». Ninguna decisión que afecte los intereses de un grupo determinado de personas puede ni debe ser tomada contra la voluntad de esas personas y sin que ellas participen en la toma de decisiones. Este es el principio de la autogestión.

A lo largo de los diferentes períodos de existencia del anarquismo como corriente social, la institución de la autogestión se ha llamado de diferentes maneras. Se trata de una reunión de personas a las que afecta directamente un problema determinado. En la actualidad, en la mayoría de los grupos anarquistas se acostumbra a llamar a estas reuniones asambleas.

Los anarquistas suelen enfrentarse a este problema: su terminología no siempre se «traduce» a la terminología dominante de la sociedad contemporánea, y hay que buscar conceptos de significado cercano. Por eso, algunos anarquistas dicen que abogan por la «democracia directa», aunque esto es incorrecto, porque democracia ya es «cracia», poder, dominio.

En su momento, el anarcosindicalista Rudolf Rocker definió el poder como «monopolio de la toma de decisiones», al igual que la propiedad es monopolio de la posesión. Si existe un monopolio para tomar decisiones que afectan a otras personas, eso ya es poder, incluso si la decisión es tomada por mayoría de votos y refrendada por referéndum. En este sentido, los anarquistas no son partidarios de la democracia directa. Son partidarios de la autogestión.

ANARQUISMO Y ANARQUÍA.

Usualmente, las palabras «anarquía» y «anarquismo» en la percepción común se asocian con la violencia, con la coacción violenta de las personas para vivir según un modelo dictado. En realidad, esta opinión dista mucho de la verdad. El anarquismo parte ante todo de la libertad de la personalidad humana y, en consecuencia, no se puede obligar a nadie a ser su partidario. Por supuesto, los anarquistas cuentan con que sus ideales serán compartidos tarde o temprano por la mayoría de las personas, que aceptarán este modelo. Pero el anarquismo es algo estrictamente voluntario, sin ninguna coacción para aceptarlo.

Existe la comprensión de la anarquía como caos. Periódicamente, cualquier conflicto se llama anarquía: ausencia de orden, poder, discusión de problemas. En otras palabras, se asocia la anarquía con el caos y la violencia. Esta es una de las interpretaciones erróneas que tienen poco que ver con la teoría anarquista. Estos mitos fueron creados en gran medida por los opositores del anarquismo para desacreditar esta idea.

El filósofo alemán Immanuel Kant, que no era anarquista y consideraba este ideal irrealizable, dio sin embargo una definición completamente justa: «La anarquía no es caos, es orden sin dominio». Esta es hasta hoy la definición más precisa del concepto. Se trata de un modelo que supone la existencia autodeterminada, autogestionada de las personas en sociedad sin coacción ni violencia sobre ellas.

Todos los partidarios de la organización estatal de la sociedad -desde los comunistas-estatistas radicales de «izquierda» hasta los nazis de «derecha»- son «arquistas», es decir, «partidarios del poder», defensores de la existencia del poder del hombre sobre el hombre.

Los anarquistas, como seguidores de la forma de organización social sin Estado, forman un espectro tan amplio como la diversidad de estatistas. Se autodenominan anarquistas personas adherentes a corrientes muy diversas, y representan el propio anarquismo de manera diferente pero a todos y todas los une su identificación con la lucha proletaria por su emancipación de la opresión y explotación del Estado y el capitalismo y, mas temprano o más tarde, confluyen en la organización anarquista obrera.

LA AUTOGESTIÓN EN EL ANARQUISMO.

Por comunidad se entiende la asamblea de residentes de un barrio, un distrito, trabajadores de una empresa, etc. Es decir, cualquier grupo de personas que de una forma u otra se enfrenta a un problema o quiere hacer algo debe, desde el punto de vista de los anarquistas, tomar decisiones en su asamblea general. Diferentes anarquistas tienen actitudes diferentes hacia el proceso de toma de decisiones, pero todos, de una forma u otra, aspiran idealmente al principio de consenso. Esto es necesario para que las personas puedan discutir todas las cuestiones con calma, sin presión, sin prisa, sin apremios, para llegar a una decisión que satisfaga a todos en cierta medida… Pero esto no siempre es posible.

No se puede llegar a una decisión unánime sobre todos los temas. En caso de desacuerdo, son posibles diferentes opciones. En la vida real podemos citar la experiencia de las cooperativas de consumo, las colectividades en Aragón y Valencia durante la Revolución Española, los primeros kibutz, la comuna de Niederkaufungen y varias otras… He aquí, por ejemplo, una posibilidad: las cuestiones fundamentales se resuelven por consenso, las secundarias mediante votación. Aquí, de nuevo, son posibles diferentes variantes. La minoría puede igualmente aceptar cumplir la decisión contra la que se pronunció, por supuesto, si su desacuerdo no es de carácter totalmente fundamental. Si lo es, entonces puede salir libremente de la comunidad y crear la suya. Al fin y al cabo, uno de los principios de las comunidades anarquistas es la libertad de entrar y salir de ella, es decir, nadie puede obligar a una persona o grupo de personas a pertenecer a esta comunidad. Si no están de acuerdo en algo, pueden salir libremente.

Si hay desacuerdos graves, se toma una decisión temporal por mayoría durante un plazo determinado. Al cabo de un año, la cuestión se vuelve a plantear, la posición de las personas puede haber cambiado durante ese tiempo, y podrán llegar a algún consenso.

Existe otra variante: la mayoría y la minoría cumplen sus decisiones, pero la minoría habla solo en su nombre, es decir, existe plena autonomía de cualquier grupo, incluido cualquier grupo dentro de la comunidad anarquista.

El anarquismo postula la autogestión no solo a nivel de base. Este principio debe actuar «de abajo hacia arriba» y abarcar de una forma u otra a toda la sociedad. Este principio de autogestión no existe sin el segundo principio, igualmente fundamental, que se llama federalismo.

La comunidad anarquista como base de la sociedad humana no puede ser demasiado numerosa: es difícil imaginar la toma de decisiones general por asamblea dentro de grandes estructuras. Los antiguos griegos ya decían que la polis debía ser «abarcable». Por lo tanto, el principio de autogestión está indisolublemente ligado al principio de federalismo.

¿Qué es el federalismo en el sentido contemporáneo? Los estatistas dicen que es un principio de organización estatal según el cual diversas partes del Estado pueden elegir sus propios órganos de gobierno respetando las leyes comunes. Para los anarquistas, el federalismo es algo diferente. Es la toma de decisiones «de abajo hacia arriba» mediante la coordinación de los impulsos que vienen de abajo. Según este principio, el «arriba» no puede anular la decisión del «abajo». El «arriba» (o mejor dicho, el «centro») no ordena, no dirige; solo coordina las decisiones que vienen «desde abajo», de las asambleas. De hecho, con esto ya no hay ni «arriba» ni «abajo». Solo hay coordinación «desde abajo», ajuste de decisiones.

Si hay una cuestión concreta que afecta los intereses de una comunidad determinada y que esta comunidad puede resolver por sus propios medios, sin recurrir a ayuda externa de otras comunidades, entonces dicha cuestión se resuelve de manera absolutamente autónoma y soberana por la propia comunidad. Aquí nadie puede ordenarle cómo resolver este asunto.

Si la cuestión afecta también a otros, rebasa el marco puramente local, entonces es necesario coordinación y esfuerzos conjuntos de varias comunidades. Estas comunidades deben coordinar sus decisiones y llegar a una opinión común. ¿De qué manera? Esto ocurre mediante delegados elegidos por las asambleas generales. El delegado no tiene nada que ver con el diputado. Se elige de manera puntual para cumplir una tarea concreta: transmitir a la conferencia de delegados de todas las comunidades interesadas el punto de vista de su grupo. El delegado no decide nada por sí mismo y no tiene derecho a violar la decisión de la asamblea que lo envió. Cada comunidad local puede tanto aceptar la decisión acordada en la conferencia como rechazarla. En este sentido, la sociedad anarquista se diferenciará de la contemporánea, que tiende a tomar decisiones lo más rápido y eficientemente posible. La elaboración, la comprensión común y la participación de todos son mucho más importantes que la velocidad.

ANARQUISMO Y ECONOMÍA.

La mayoría de los anarquistas son opositores radicales tanto a la economía de mercado por un lado, como a la planificación centralizada por el otro. El anarquismo supone un principio completamente diferente de economía, producción y satisfacción de necesidades. Funcionan los mismos dos postulados de autogestión: autonomía de la comunidad de base y federalismo. Si una comunidad puede producir con sus propios medios un producto para su propio consumo, debe hacerlo sin la intervención de nadie.

En su momento, el teórico anarquista Kropotkin formuló otro principio. Para la economía contemporánea lo primario es la producción; el consumo es secundario, pues las personas no pueden consumir más de lo que producen. En la sociedad anarquista, la cuestión se plantea de otra manera: el consumo dirige la producción. Ante todo se identifican las necesidades de las personas reales. Es decir, se produce una «planificación», pero se trata nuevamente de una planificación «desde abajo», de determinar lo que realmente necesita no un mercado abstracto, sino personas concretas y vivas. Y son ellas mismas quienes lo deciden, no especialistas ni burócratas. Así, esta lista resumida de lo necesario para los habitantes de la comunidad se transmite a los productores como una especie de «encargo a largo plazo».

En cualquier comunidad existen sus medios de producción. También son autogestionados y autónomos. Este «encargo a largo plazo» es para ellos. El resultado de tal «planificación» es una hoja resumen: qué cantidad de producto debe producirse, qué puede satisfacerse localmente y qué requiere la participación de otras comunidades o coordinación con ellas, así como qué puede proporcionarse a ellas para satisfacer sus necesidades. De este modo federalista, las comunidades se «coordinan» con otras al nivel que sea necesario. La cuestión del dinero en tal sociedad anarquista desaparece, porque se produce precisamente lo necesario para el consumo. Esto ya no es comercio ni intercambio, sino distribución.

Para el anarquismo también es importante el aspecto ecológico. La agenda ecológica ocupó un lugar importante en la teoría del anarquismo desde que Murray Bookchin lo incorporara en la década de 1970. Sin embargo, en cierto sentido esto se deriva de las propias bases de la doctrina anarquista, porque si los anarquistas predican la armonía entre las personas, es natural que también prediquen la armonía con el mundo circundante.

ANARQUISMO Y CULTURA.

Muchos autores han intentado investigar una hipotética reorganización de la economía que permitiría reducir la jornada laboral a cuatro o cinco horas, liberando a las personas que trabajan en sectores no ecológicos o que hoy se dedican a actividades innecesarias en un sistema anarquista: comercio, gestión, finanzas, guerra y servicio policial. Si el tiempo de trabajo se reduce, aumenta el tiempo libre, es decir, se amplían las condiciones para la autorrealización y la actividad cultural. En esta área, el anarquismo no propone nada rígidamente definido. La esfera de la cultura es de plena autonomía. Aquí actúan exclusivamente los gustos de las propias personas, sus preferencias personales. Si las preferencias culturales de las personas son completamente diferentes, es mejor que se separen.

Se pueden admitir cualquier forma de convivencia en igualdad de condiciones y cualquier forma de sexualidad si solo afectan las relaciones de dos personas. Pero hacia las prácticas BDSM, según la lógica del anarquismo, debería tenerse una actitud negativa, porque el dominio en cualquiera de sus formas, aunque sea lúdico, es inaceptable para el anarquismo.

ANARQUISMO Y ÉTICA.

Es conocida la fórmula proclamada por los jesuitas y repetida por los bolcheviques: el fin justifica los medios. Para los anarquistas es absolutamente inaceptable. El anarquista considera que el fin no puede contradecir al medio, ni el medio al fin. Esta es la base misma de la ética anarquista. Sobre los principios de la armonía, los anarquistas pretenden construir las relaciones en su propia comunidad y con el mundo circundante. No es casualidad que Kropotkin escribiera toda su vida un libro sobre ética.

Los anarquistas oponen la ética a la ley. ¿Por qué critican los anarquistas el sistema jurídico? El hecho es que cualquier ley está respaldada por la inevitabilidad del castigo ante su contravención, basada en el derecho asignado al Estado de vengarse. Un anarquista aún puede comprender el derecho de «vindicación», pero la existencia de un instituto profesional de ejecución de castigos desestabiliza y envenena a la propia sociedad. Desde el punto de vista psicológico surge una situación insana: la sociedad humana resulta basada en el miedo y se apoya en él.

El anarquismo prefiere prevenir la infracción. Si esta se comete de todos modos, es necesario evaluar cada caso concreto, y no guiarse por una ley única para todos independientemente de lo que cause y explique una u otra infracción. Es posible que, si una persona comete algo completamente terrible y se le considera peligroso para los demás, sea expulsado de la comunidad. Se convertirá en un paria, algo así como el ostracismo medieval. La mayoría de los anarquistas reconocen el derecho a la autodefensa personal y de la comunidad, aunque con esto no están de acuerdo, por ejemplo, los anarquistas pacifistas.

La defensa debe ser realizada por las mismas personas que viven en estas comunidades. Esto supone sustituir al ejército y la policía por una milicia popular voluntaria.

CONCLUSIÓN.

En los debates sobre la sociedad anarquista se discute a menudo el problema de la falta de preparación psicológica del mundo actual para un modelo tan libre y armonioso de organización social. El sociólogo Zygmunt Bauman llamó a la sociedad contemporánea una “sociedad agorafobica”, es decir, una sociedad donde en las personas hay miedo a las asambleas, incapacidad para resolver problemas y actuar juntos, e ineptitud para el consenso. Las personas prefieren esperar pasivamente que otros resuelvan sus problemas por ellas: el Estado, los funcionarios, los dueños… En la sociedad anarquista, por el contrario, el ser humano debe ser muy activo, dispuesto al diálogo y a la acción independiente. Esto no es fácil. Pero no hay otro camino. De lo contrario, el mundo puede enfrentar el colapso del ser humano social como especie sociobiológica y una catástrofe ecológica. El camino hacia un mundo libre no está predeterminado. Requiere una revolución en la conciencia y una revolución social.

La revolución social anarquista es la eliminación de los obstáculos en el camino hacia una comunidad solidaria de este tipo y la restauración de la sociedad a partir del conjunto atomizado y caótico de individuos disociados de hoy. Por revolución en el anarquismo se entiende no el cambio de gobiernos y gobernantes, no la toma del poder, no un acto político en sentido estricto, sino un profundo vuelco social que abarca el período desde el inicio de la autoorganización de las personas desde abajo en la lucha por sus derechos e intereses concretos hasta la extensión de las nuevas estructuras libres de autoorganización a toda la sociedad. En el curso de este proceso se produce la apropiación por parte de la nueva comunidad libre y autoorganizada que surge paralelamente de todas las funciones del Estado. Pero el objetivo final es inmutable: el surgimiento de la sociedad anarquista.

Publicado en ANARQUISMO

Las comunas libres en el pensamiento de Kropotkin y López Arango. Pedro Peumo.

Publicada el 30/08/2025 - 30/08/2025 por grupoecoanarquista

Piotr Kropotkin, uno de los pensadores más influyentes del comunismo anárquico, imaginó un modelo de organización social basado en «comunas libres»: agrupaciones voluntarias de individuos que se federan para gestionar colectivamente la producción, el consumo y otros aspectos de la vida social. Frente al Estado centralizado y la propiedad privada, Kropotkin propone una red de comunas autónomas que cooperen libremente entre sí, sin jerarquías ni imposiciones externas. Esta visión se desarrolla especialmente en obras como «La conquista del pan» y «Campos, fábricas y talleres», donde describe cómo estas comunas podrían surgir de manera espontánea y evolucionar orgánicamente, adaptándose a las necesidades y deseos de sus miembros. En palabras de Kropotkin:

«Una vez abolida la propiedad privada, una vez la gran masa de riquezas sociales puesta en común, las asociaciones libres, agrupándose según sus afinidades, coordinarán su trabajo para proveer a las necesidades de todos. […] No se necesitará de gobierno centralizado ni de un Estado director; la libre agrupación y federación de comunas serán suficientes para organizar la vida social».

«Cada ciudad, cada pueblo, cada aldea se gobernará a sí misma; federándose libremente con otras comunas, las cuales se unirán por pactos voluntarios en federaciones regionales y nacionales, todas ellas libremente constituidas.»

«La comuna no es una unidad territorial impuesta desde fuera: nace de la libre voluntad de los individuos, organizados para satisfacer directamente sus necesidades. No será el municipio de los registros oficiales, sino la libre federación de todos aquellos que deseen unirse para la producción, el consumo, la educación, la defensa común.»

«Las comunas del futuro no serán moldeadas según un plan preconcebido; crecerán, se desarrollarán, como los organismos vivos, por la libre acción de los individuos, por la iniciativa local y por la federación espontánea».

«El porvenir pertenece a las comunidades locales, que combinando el trabajo manual con la actividad intelectual, se organizarán libremente para producir todo lo necesario para su consumo y para intercambiar libremente los excedentes.»

Este fue el modelo de sociedad que inspiró a las organizaciones obreras anarquistas, las sociedades de resistencia y las federaciones obreras regionales que se organizaron en la Asociación Continental Americana de los Trabajadores, ACAT-AIT en 1929, desde las cuales se criticó duramente la idea de un sindicalismo puro (supuestamente desideologizado) y legalista, y se proyectaba una organización comunista anárquica de la sociedad donde los sindicatos serían disueltos para pasar a ser las comunas libres las que dirigieran todos los aspectos de la sociedad.

Emilio López Arango, uno de los primeros secretarios de la ACAT-AIT escribiría al respecto:

«No es posible olvidar este principio elemental de nuestra ideología: la organización comunista de una sociedad de hombres libres, debe tener por base a la comuna. El sindicalismo no tiene en cuenta la existencia de esos grupos autónomos de individuos, verdaderas células del organismo social, porque para los ‘materialistas históricos’ las diferenciaciones éticas y étnicas están subordinadas al entrelazamiento creado entre los pueblos de una región o de varias regiones por una industria cualquiera. De lo que resulta que la base de la organización sindicalista está en el principio de centralización industrial —y no en la descentralización de esas monstruosas empresas y trusts financieros que destruyen las características del comunalismo—, con lo que se llegaría, después de la revolución, a crear un Estado sindicalista cuyas células estarían representadas por cada una de las ramas industriales injertadas en el tronco capitalista.»

«La comuna libre será la expresión social de la federación de individuos libres, asociados voluntariamente para la satisfacción de sus necesidades y el ejercicio pleno de su autonomía, sin otra ley que el pacto libremente acordado ni otra autoridad que la solidaridad.»

«La comuna no será un organismo de poder, sino un centro de producción y distribución; no legislará sobre los hombres, sino que coordinará las actividades sociales. Toda tendencia a convertirla en autoridad será el germen de una nueva tiranía.»

«La comuna libre no será el resultado de un decreto ni de una constitución; será la obra viva de la acción revolucionaria de los trabajadores que, destruyendo el aparato de opresión, reconstruirán la sociedad sobre la base de la ayuda mutua y el acuerdo voluntario.»

«El sistema económico de la comuna libre presupondrá la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, la supresión del salario y del mercado, y la organización directa del consumo y la producción por los propios productores.»

(De «Ideario», recopilación de textos de Emilio López Arango aparecidos en el periódico «La Protesta» y de «El anarquismo en el movimiento obrero», escrito por López Arango y Diego Abad de Santillán).

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Anarquismo y cosmopolitismo. Vadim Damier.

Publicada el 30/08/2025 - 30/08/2025 por grupoecoanarquista

En primer lugar, aclaremos algunas cuestiones relativas a la esencia del asunto. Convengamos en que si las personas entienden cosas diferentes con una sola palabra, lo más probable es muy probable que sostengan un diálogo de sordos. O que no logren nada en absoluto. He aquí un ejemplo: una persona puede considerar que el color verde es rojo, incluso podría cruzar la calle con el semáforo en rojo, creyendo que está en verde. Como resultado, sencillamente la atropellará un auto.

La elección de la palabra puede ser casual. Pero una vez elegida, significa una cosa bastante definida.

Se supone que existe una comprensión «aceptada» o «establecida» de qué es el «verde» y cuáles son las manifestaciones, cualidades, atributos del «verde». Lo mismo ocurre con cualquier otro concepto. Por ejemplo, con el concepto de «anarquismo».

El anarquismo como sistema de ideas y puntos de vista* se formó en un período histórico determinado, cuando se formuló su esencia. Como tal sistema, posee ciertos principios, «cualidades» y una lógica interna. Esto significa que todos los esfuerzos de varios frikis «innovadores» por declarar anarquismo a algo que contradice esta lógica son, en esencia, insostenibles, como declarar que el color rojo es verde. No me refiero ahora a que ciertos detalles, recetas, tácticas, etc., sean inmutables. Ellas sí son modificables. Lo inmutable es la lógica interna, la esencia. Sin ella, la estructura se desmorona.

A tales postulados esenciales del anarquismo pertenece la idea del cosmopolitismo, formulada en una vieja canción anarquista:

“Nuestra patria es el mundo entero, nuestra ley es la libertad”.

¿Por qué? Porque esto se desprende de la lógica interna misma del anarquismo como fusión de libertad, solidaridad e igualdad; como concepción del desarrollo creativo del principio personal en armonía y ayuda mutua con otras personas.

Un anarquista, por definición, no puede identificarse con el Estado (ya sea multinacional o un Estado-nación), no puede hablar de la unidad de intereses entre «los de arriba» y «los de abajo», porque es un an-arquista. Como partidario de la igualdad, no puede construir jerarquías de «mejores» y «peores», de privilegiados y todos los demás. Es un enemigo mortal de cualquier privilegio, y por lo tanto, también de los privilegios para «los suyos»: «su» grupo, «su» pueblo, «su» estado, «su» patria.

Como adherente a la solidaridad, no puede considerar que los «intereses» de «sus» coterráneos o conciudadanos sean más importantes para él que los intereses de otras personas.

Como persona que comparte el principio y los valores del libre desarrollo de la personalidad humana, no puede reconocer su subordinación al dictado del «todo» (nación, pueblo, comunidad etnocultural), pues el «todo» para él es una unión libre, voluntaria, una federación. Él no se somete a la comunidad, a sus reglas, normas, costumbres, leyes establecidas, sino que elabora sus normas junto con sus compañeros.

La adhesión innata o ambiental, a priori (original, inicial) a tal o cual nación, cultura, religión, etc., le priva de la libertad de elección, le pone grilletes. Una persona, según la lógica del anarquismo, puede y debe moldearse a sí misma, elegir su propio círculo social, cultura, normas (por supuesto, coordinándose con otros, pero de tal manera que nadie más tenga más derechos que ella misma).

Está claro que el deseo de tener un amo de «los suyos» no tiene nada que ver con el anarquismo. Pero incluso el propio concepto de «los suyos», desde el punto de vista del anarquismo, es muy cuestionable e ilógico. Pues es intrínsecamente insolidario y anti-igualitario.

¿Qué significa la existencia de «lo suyo»? «Lo suyo» es aquello que está delimitado de «lo ajeno», de «el otro», de “lo diferente”. Presupone que la solidaridad manifestada se distribuye de manera desigual, inequitativa, injusta. Que con unos («los suyos», «su pueblo», etc.) eres «más» solidario que con otros. Que, por lo tanto, te son más iguales que otros.

Si una persona piensa: que muera «lo ajeno», con tal de que sobreviva «lo suyo»; si, viendo que se ahogan un representante de «su» pueblo y el de un pueblo extranjero, corre a salvar solo al suyo, por ser el representante de “su” pueblo, ¡no puede ser considerado un anarquista!

Permítanme hacer una salvedad para evitar malentendidos. No me refiero ahora a la situación de personas que se aman, amigos íntimos, en general personas que se conocen muy bien. Eso es ya un asunto personal, donde el corazón no obedece mandatos. Está claro que por un ser amado o un amigo una persona está dispuesta a hacer lo que no haría por nadie más. Tampoco hablo de una pequeña comunidad de personas que se conocen muy bien: esto es, en esencia, un caso particular de la situación con los amigos. Tampoco me refiero, digamos, a una organización anarquista, que, por supuesto, se basa ante todo en el apoyo mutuo y solidaridad. Esta es una excepción que confirma la regla, pues tal organización tiende precisamente a extenderse a toda la humanidad. Hablo ahora del principio general.

El cosmopolitismo característico del anarquismo no es una aspiración a la «ciudadanía mundial» o a un «gobierno mundial». Es la expresión de una vieja verdad: que «la tierra en el planeta es en todas partes tierra», que «la Tierra no es de nadie» o, si se quiere, «es de Dios». Es seguir el viejo mandamiento del amor al hombre y a la humanidad (aunque alguna vez se expresara con la fórmula religiosa de que todos somos iguales a imagen y semejanza de un mismo Dios). Es la expresión lógica y última de la aspiración de las personas a la igualdad y la solidaridad, el presentimiento de un tiempo en que todos serán iguales y solidarios entre sí y no habrá ni «suyo» ni «ajeno».

Ante el cosmopolitismo a menudo se experimenta miedo, y de dos tipos. El primero es «estatista»: los cosmopolitas son enemigos de los Estados y las fronteras. Esto a los anarquistas no hace falta explicárselo. El segundo es «culturalista»: el temor de que los cosmopolitas quieran fusionar todas las culturas en un extraño conglomerado gris y sin rostro. Este miedo no tiene fundamento. Los anarquistas (por definición, cosmopolitas) siempre reconocen la igualdad en la diversidad. Están en contra de la unificación, pero a favor de la federación. Pero algo es cierto: el cosmopolitismo sí duda del valor de que una persona se identifique con una sola cultura específica. Ante todo, porque en este caso la persona o bien no elige en absoluto su base cultural, sino que simplemente la «hereda» (¡esto es predestinación, no libertad!), o bien elige una cultura como se elige una mercancía en el mercado: si quieres la tomas, si no, no. Con este enfoque es imposible tomar «la nariz de Iván Ivánovich» y unirla a «los ojos de Iván Nikifórovich«**; hay que tomar todo el complejo etnocultural existente en su conjunto, o rechazarlo por completo. Y cada uno de esos complejos incluye no solo normas y tradiciones de solidaridad y ayuda mutua, sino también muchos aspectos sumamente desagradables asociados con la dominación, la desigualdad y la opresión.

Si somos anarquistas consecuentes, debemos proclamar el principio de libertad, es decir, que la persona puede y «debe» moldearse a sí misma y a su entorno. Y no «heredar» o identificarse con algo simplemente porque habla tal o cual idioma o porque en su pasaporte figura tal o cual «nacionalidad». En este caso, cada persona realiza, por así decirlo, un acto de creación de sí misma, como individuo y como “entidad” sociocultural, a partir de diversos elementos, “bloques de construcción”, de lo que ve o encuentra a su alrededor, realizando una especie de síntesis individual de culturas. Por supuesto, teóricamente, puede formarse a sí mismo y su propia identidad cultural a partir de los elementos de una sola cultura, limpiándola de los elementos de dominación, opresión e injusticia inherentes a toda cultura “nacional”. Todo está en sus manos como “creador”. ¡Pero qué limitada y estrecha sería su elección cultural en este caso! Sin mencionar que inmediatamente surgirá la pregunta sobre su motivación. ¿Por qué eligió elementos precisamente de “esta” cultura y no de otra? ¿Porque le es más cercana? ¿Y por qué le es más cercana? ¿Porque vive aquí, porque habla el mismo idioma que hablan otros representantes de esta cultura? De partida esto significa que su elección no es del todo libre, no es del todo consciente; ya sigue un estereotipo determinado que, en esencia, no eligió él mismo. Lo hizo porque «así es como debe ser», «así es como se hace», «así es como es natural», «así es como siempre se ha hecho». O, por el contrario, manifestándose en contra de esto (es decir, también, en última instancia, dependiente de “lo dado», no libremente).

Al reconocer, como anarquistas, la libre autocreación de la persona, llegamos lógicamente a la idea de que la autosíntesis realizada por la persona misma debe ser lo más amplia, rica y variada posible. Una sociedad libre necesita personalidades integrales, desarrolladas, dotadas de amplitud de miras e intelecto. Y eso significa, familiarizadas con los fundamentos de todo el complejo cultural de la humanidad.

Supongamos, dirá algún escéptico. Pero tal síntesis siempre debe comenzar por algo. Al menos por el idioma que habla la persona. Por aquellos elementos de conocimiento y cultura que recibe en la infancia. Y estos son diferentes para cada uno. ¿Cómo se puede entonces afirmar la validez del cosmopolitismo como una síntesis libre y voluntaria?

La respuesta a esta pregunta se puede encontrar en el autor italiano Guy Scarpetta. Él distinguió entre el cosmopolitismo como meta («el mundo entero y todas las culturas del mundo están cerca de mí») y el cosmopolitismo como proceso de emancipación y síntesis individual, es decir, como la creación gradual, secuencial y consciente de uno mismo y de la propia cultura a partir de elementos de diferentes culturas. Esto último está ligado a la formación de una personalidad creativa y armoniosa; una persona de una sociedad anarquista, con la que Kropotkin soñaba…

Pero de eso hablaremos en otra ocasión.

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*No quiero escribir ideología, porque coincido básicamente con Marx y Engels en esto: «la ideología es una falsa conciencia».

** La expresión rusa “¡Es como querer unir la nariz de Iván Ivánovich a los ojos de Iván Nikifórovich!” es una metáfora satírica sobre la imposibilidad de combinar elementos incompatibles, extraída del cuento «La historia de cómo Iván Ivánovich se peleó con Iván Nikifórovich» (1835) de Nikolái Gógol. Ambos personajes, Iván Ivánovich: delgado, meticuloso, hipócrita; e Iván Nikifórovich, obeso, grosero, indolente, eran personajes absolutamente antagónicos, por lo que unir sus rasgos físicos sería como crear un monstruo grotesco, no un ser funcional. La frase se usa generalmente para explicar soluciones burocráticas que fuerzan integraciones imposibles. (Nota del T.)

Publicado en ANARQUISMO

El apoyo mutuo. Pitr Kropotkin.

Publicada el 30/08/2025 - 30/08/2025 por grupoecoanarquista

El apoyo mutuo: un factor en la evolución es un libro que trata el tema del apoyo mutuo y la cooperación dentro del proceso evolutivo, escrito por el anarcocomunista ruso Piotr Kropotkin durante su exilio en Inglaterra. Los distintos capítulos fueron publicados originalmente entre 1890 y 1896 como una serie de ensayos en la revista literaria mensual británica The Nineteenth Century, y el texto completo fue publicado en 1902.

Escrita en parte como respuesta al darwinismo social y en particular al ensayo «La lucha por la existencia», de Thomas H. Huxley, el libro de Kropotkin se basó en su experiencia del día a día en expediciones científicas en Siberia para ilustrar el fenómeno de la cooperación. Tras examinar las pruebas de la cooperación en comunidades de animales no humanos, y de «salvajes» y «bárbaros», en las ciudades medievales autónomas, y en la época moderna, llega a la conclusión de que la cooperación y la ayuda mutua son tan importantes en la evolución de la especie, como lo es la competencia, en caso de no ser más.

Presentamos aquí un brevísimo resumen con citas textuales del autor.

Sobre los estudios de Charles Darwin y Thomas Henry Huxley.

[…] De la gran masa de datos zoológicos que ha reunido infiere, pues, que aunque es cierta la lucha entre especies diferentes y entre grupos de una misma especie, en términos generales debe decirse que la pacífica convivencia y el apoyo mutuo reinan dentro del grupo y de la especie, y, más aún, que aquellas especies en las cuales más desarrollada está la solidaridad y la ayuda recíproca entre los individuos tiene mayores posibilidades de supervivencia y evolución. El principio del apoyo mutuo no constituye, por tanto, para Kropotkin, un ideal ético ni tampoco una mera anomalía que rompe las rígidas exigencias de la lucha por la vida, sino un hecho científicamente comprobado como factor de la evolución, paralelo y contrario al otro factor, el famoso «struggle for life». Es claro que el principio podría interpretarse como pura exigencia moral del espíritu humano, como imperativo categórico o como postulado o fundacional de la sociedad y de la cultura. Pero en ese caso habría que adoptar una posición idealista o, por lo menos, renunciar al materialismo mecanicista y, al naturalismo antiteológico que Kropotkin ha aceptado. Si tanto se esfuerza por demostrar que el apoyo mutuo es un factor biológico, es porque sólo así quedan igualmente satisfechas y armonizadas sus ideas filosóficas y sus ideas socio-políticas en una única Weltanschauung, acorde, por lo demás, con el espíritu de la época. […]

[…] La concepción huxleyana de la lucha por la vida, aplicada a la historia y la sociedad humana, tiene una expresión anticipada en Hobbes, que presenta el estado primitivo de la humanidad como lucha perpetua de todos contra todos. Esta teoría, que muchos darwinistas como Huxley aceptan complacidos, se funda, según Kropotkin, en supuestos que la moderna etnología desmiente, pues imagina a los hombres primitivos unidos sólo en familias nómadas y temporales. Invoca, a este respecto, lo mismo que Engels, el testimonio de Morgan y Bachofen. La familia no aparece así como forma primitiva y originaria de convivencia sino como producto más bien tardío de la evolución social. Según Kropotkin, la antropología nos inclina a pensar que en sus orígenes el hombre vivía en grandes grupos o rebaños, similares a los que constituyen hoy muchos mamíferos superiores. También estudia, valiéndose de relatos de viajeros y estudios etnográficos, las tribus primitivas que aun habitan fuera de Europa (bosquimanos, australianos, esquimales, hotentotes, papúes etc.), en todas las cuales encuentra abundantes pruebas de altruismo y espíritu comunitario entre los miembros del clan y de la tribu. Adelantándose en cierta manera a estudios etnográficos posteriores, intenta desmitologizar la antropofagia, el infanticidio y otras prácticas semejantes (que antropólogos y misioneros de la época utilizaban sin duda para justificar la opresión colonial). Pone de relieve, por el contrario, la abnegación de los individuos en pro de la comunidad, el débil o inexistente sentido de la propiedad privada, la actitud más pacífica de lo que se suele suponer, la falta de gobierno.[…]

El «Apoyo Mutuo», de Kropotkin, es uno de los grandes libros del mundo. Un hecho que evidencia tal afirmación es el que está siendo continuamente reeditado y que también constantemente se encuentra agotado. Es un libro que siempre ha sido difícil de conseguir, incluso en bibliotecas, pues parece estar en demanda perenne. Cuando Kropotkin decidió marchar a Siberia, en julio de 1862, la geografía, zoología, botánica y antropología de esta región era escasamente conocida. Allí, su trabajo de investigación en este tema fue sobresaliente. Las publicaciones resultantes de sus observaciones meteorológicas y geográficas fueron publicadas por la Sociedad Geográfica Rusa, y por este trabajo Kropotkin recibió una de sus medallas de oro. La teoría kropotkíniana sobre el desarrollo de la estructura geográfica de Asia representó una de las grandes generalizaciones de la geografía científica, y es suficiente como para darle un lugar permanente en la historia de esta ciencia. Kropotkin mantuvo a lo largo de toda su vida un interés activo por esta ciencia, y, además de muchas conferencias sobre el tema y artículos en revistas científicas y publicaciones de carácter general, escribió artículos geográficos en la Geografía Universal de Reclus, en la Enciclopedia Chambers y en la Enciclopedia Británica.

Lo que Kropotkin encontró inaceptable y contradictorio era el extremismo evolucionista representado por Huxley en su «Manifiesto de la lucha por la existencia». Ello le iba a la filosofía de la época, el laissez-faire, como anillo al dedo. A Kropotkin no le gustaban sus implicaciones, ni políticas ni en cuanto al evolucionismo. Habiendo ya dedicado durante varios años mucha reflexión a estas materias, Kropotkin decidió contestar a Huxley con amplitud. Hoy «El apoyo mutuo» es el más famoso de los muchos libros de Kropotkin. Es un clásico. El punto de vista que representa se ha abierto camino lenta, pero firmemente, y, en verdad, poco lejos estamos del momento en que se convierta en parte del canon generalmente aceptado de la biología evolucionista. A la luz de la investigación científica, en los muchos campos que toca «El apoyo mutuo» desde su publicación, los datos de Kropotkin y la discusión que basa en ellos se mantienen notablemente en pie. Los trabajos de ecólogos como Allen y sus alumnos, de Wheeler, Emerson y otros, de antropólogos, demasiado numerosos como para nombrarlos, sobre pueblos primitivos y sin literatura, y de naturalistas, han servido abundantemente cada uno en su campo para confirmar las principales tesis de Kropotkin. Nuevos datos pueden llegar a ser obtenidos, pero ya podemos ver con seguridad que todos ellos servirán mayormente para apoyar la conclusión de Kropotkin de que «en el progreso ético del hombre, el apoyo mutuo —y no la lucha mutua— ha constituido la parte determinante».

El apoyo mutuo en animales y humanos.

[…] Por lejos del patio de la granja que se hubiesen trillado las parvas de trigo, los gorriones de dicho patio siempre aparecían con los buches repletos de granos. Cierto es que los gorriones guardan sus dominios con gran celo de la invasión de extraños, como, por ejemplo, los gorriones del jardín de Luxemburgo, París, que atacan con fiereza a todos los otros gorriones que tratan, a su vez, de aprovechar el jardín y la generosidad de sus visitantes; pero dentro de sus propias comunidades o grupos practican con extraordinaria amplitud el apoyo mutuo a pesar de que a veces se producen riñas, como sucede, por otra parte, entre los mejores amigos. La caza en grupos y la alimentación en bandadas son tan corrientes en el mundo de las aves que apenas es necesario citar más ejemplos: es menester considerar estos dos fenómenos como un hecho plenamente establecido. En cuanto a la fuerza que dan a las aves semejantes asociaciones, es cosa bien evidente. Las aves de rapiña más grandes suelen verse obligadas a ceder ante las asociaciones de los pájaros más pequeños. Hasta las águilas —aun la poderosísima y terrible águila rapaz y el águila marcial, que se destacan por una fuerza tal que pueden levantar en sus garras una liebre o un antílope joven— suelen verse obligadas a abandonar su presa a las bandadas de milanos, que emprenden una caza regular de ellas, no bien notan que alguna ha hecho una buena presa.[…]

[…] Las aldeas se agrupan en clanes o tribus; varios clanes constituyen la confederación; y finalmente, varias confederaciones se constituyen a veces en una liga cuyo fin principal es la protección armada. Los kabilas no conocen autoridad alguna fuera de su djemda o asamblea de la comuna aldeana. Participan en ella todos los hombres adultos, y se reúnen simplemente bajo el cielo abierto, o bien en un edificio especial que tiene asientos de piedras. Las decisiones de la djemda, evidentemente, deben ser tomadas por unanimidad, es decir, el juicio se prolonga hasta que todos los presentes están de acuerdo en tomar una decisión determinada, o en someterse a ella. Puesto que en la comuna aldeana no existe autoridad que pueda obligar a la minoría a obedecer, la discusión y el acuerdo se convierten en la única forma de gobierno real. Todo extranjero que aparece en la aldea kabila tiene derecho, en invierno, a refugiarse en una casa, y sus caballos pueden pastar durante un día en las tierras comunales. En caso de necesidad, puede, además, contar con un apoyo casi ilimitado. Así, durante el hambre de los años 1867-1868, los kabilas aceptaban y alimentaban, sin hacer diferencia de origen, a todos los que llegaban con hambre, sin recurrir a auxilio del gobierno y sin quejarse por la carga; la consideraban como su deber natural.[…]

[…] De aquellos que viven en la estepa de Kudinsk, en el Lena superior, y que evitaron más que otros la influencia rusa, tenemos en ellos una muestra bastante buena de los bárbaros en estado de transición de la ganadería a la agricultura. Estos buriatos viven, hasta ahora, en «familias indivisas», es decir, que a pesar de que cada hijo después de su casamiento se va a vivir a una choza separada, sin embargo las chozas de por lo menos tres generaciones se encuentran dentro de un recinto, y la familia indivisa trabaja en común en sus campos y posee en común sus bienes domésticos, el ganado y también los «teliátniki» (pequeños espacios cercados en los que guardan el pasto tierno para alimentar a los terneros). Comúnmente cada familia se reúne para comer en su choza; pero cuando se asa carne, todos los miembros de la familia indivisa, de veinte a sesenta personas, banquetean juntos. Varias de tales grandes familias, que viven en grupo, y también familias de menor proporción, asentadas en el mismo lugar, forman un «ulus» o comuna aldeana. Varios «ulus» componen un clan —más exactamente una tribu— y cada cuarenta y seis «clanes» de la estepa de Kudinsk están unidos en una confederación. En caso de necesidad, provocada por tales o cuales circunstancias especiales, varios «clanes» ingresan en uniones menores, pero más estrechas. Estos buriatos no reconocen la propiedad privada agraria, que los «ulus» poseen la tierra en común, o más exactamente, la posee toda la confederación, y de ser preciso se procede a la redistribución de las tierras entre los diferentes «ulus», en la asamblea de todo el clan, y entre los cuarenta y seis clanes en la asamblea de la confederación.[…]

[…] El apoyo mutuo atraviesa como un hilo rojo toda la vida de los kabilas, y si uno de ellos, durante un viaje fuera de los límites de la tierra natal, encuentra a otro kabila necesitado, debe prestarle ayuda, aunque para esto tuviera que arriesgar sus propios bienes y su vida. Si tal cosa no fuera prestada, la comuna a que pertenece el que ha sido damnificado por semejante egoísmo, puede quejarse y entonces la comuna del egoísta lo indemniza inmediatamente.[…]

[…] Dicho más brevemente, ni las fuerzas abrumadoras del estado centralizado, ni las doctrinas de mutuo odio y de lucha despiadada que provienen, ordenadas con los atributos de la ciencia, de los filósofos y sociólogos obsequiosos, pudieron desarraigar los sentimientos de solidaridad humana, de reciprocidad, profundamente enraizados en la conciencia y el corazón humanos, puesto que este sentimiento fue criado por todo nuestro desarrollo precedente. Aquello que ha sido resultado de la evolución, comenzando desde sus más primitivos estadios, no puede ser destruido por una de las fases transitorias de esa misma evolución. Y la necesidad de ayuda y apoyo mutuos que se ha ocultado quizá en el círculo estrecho de la familia, entre los vecinos de las calles y callejuelas pobres, en la aldea o en las uniones secretas de obreros, renace de nuevo, hasta en nuestra sociedad moderna y proclama su derecho, el derecho de ser, como siempre lo ha sido, el principal impulsor en el camino del progreso máximo.[…]

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  • Industrialismo o Comunalismo. Emilio López Arango
  • Ecología de la libertad. Murray Bookchin.
  • La Revolución Española de 1936: Documentos archivados contra los mitos de los historiadores. Vadim Damier.
  • La quimera del poder popular: una forma de integración al sistema. Patrick Rossineri.
  • Sobre el sionismo. Emma Goldman.
  • Seis tesis sobre municipalismo libertario. Murray Bookchin.
  • ¿Qué es el anarquismo? Vadim Damier.
  • Las comunas libres en el pensamiento de Kropotkin y López Arango. Pedro Peumo.
  • Anarquismo y cosmopolitismo. Vadim Damier.
  • El apoyo mutuo. Pitr Kropotkin.
  • Estatismo y anarquía. Mijail Bakunin.
  • Nosotros los verdes, nosotros los anarquistas. Murray Bookchin.
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