BREVE HISTORIA DEL ANARQUISMO
¿Te han dicho alguna vez que el anarquismo es sinónimo de caos, bombas y música punk? ¿O que es una idea bonita pero ingenua, un sueño adolescente que choca contra la supuesta “naturaleza humana”? Prepárate, porque este libro —o más bien, este viaje— viene a dinamitar esos prejuicios, uno a uno, con el rigor de la historia y la pasión de quien cree que otro mundo no solo es posible, sino urgentemente necesario.
Imagina por un momento un mundo sin jefes. Sin políticos profesionales que decidan por ti. Sin patrones que se enriquezcan con tu sudor. Un mundo donde las comunidades se organizan desde abajo, en asambleas, donde lo que importa no es el capital que acumulas, sino la solidaridad que practicas. Suena a utopía, ¿verdad? Eso es justo lo que el poder establecido quiere que pienses. Nos han vendido una caricatura del anarquismo porque temen su potencia. Porque, en el fondo, saben que su proyecto de dominación se desmorona ante una pregunta simple y radical: ¿Quién necesita amos?
Este texto no es una reliquia polvorienta ni un manual dogmático. Es un relato vivo, una brevísima historia que recorre más de siglo y medio de luchas, sueños y derrotas de una idea tan poderosa como malentendida. Desde las barricadas de la Comuna de París hasta las colectividades agrarias de la España revolucionaria; desde los sindicatos de panaderos anarquistas en Buenos Aires que paralizaban ciudades con sus huelgas, hasta las redes de apoyo mutuo que resurgieron en las pandemias del siglo XXI.
Acompañaremos a gigantes como Emma Goldman, “la mujer más peligrosa de América”; al científico rebelde Piotr Kropotkin, que demostró que la cooperación —y no la competencia— es la verdadera ley de la evolución; y a pensadores contemporáneos como Murray Bookchin, que nos recuerdan que la jerarquía y la dominación no son el único destino posible para la humanidad.
Pero esto no es solo historia. Es también una brújula. En un presente de crisis climática, desigualdad obscena y guerras interminables, las preguntas anarquistas resuenan con una fuerza renovada: ¿Cómo nos organizamos sin caer en nuevos autoritarismos? ¿Cómo construimos una sociedad basada en la libertad real y no en el permiso del poderoso? ¿Cómo pasamos de la protesta a la propuesta?
Así que agarra tu mate, tu café o lo que te mantenga despierto. Este viaje no promete respuestas fáciles, pero te garantiza que nunca más volverás a ver el mundo con los mismos ojos. Porque, como bien sabían aquellos obreros anarquistas que enseñaban a leer con folletos de Kropotkin en los arrabales: la verdadera revolución no se decreta, se teje en el día a día. Y está en nuestras manos hacerla posible. ¿Aceptas el desafío?
CAPÍTULO I.
LOS ORÍGENES DEL ANARQUISMO
La historia del anarquismo se remonta a ideas ancestrales, pero como movimiento formal emerge en el siglo XIX. Rastros del pensamiento anarquista se encuentran en sociedades prehistóricas y antiguas, donde estructuras sin Estado predominaban, en tribus igualitarias, o en filosofías como el taoísmo chino, que abogaba por la no-intervención. También podemos encontrar ciertos rasgos anarquistas entre algunos pueblos amerindios o de las llanuras siberianas.
Sin embargo, el anarquismo propiamente tal surge en Europa y América, en un contexto histórico de transformaciones radicales.
La Revolución Francesa (1789-1799) influyó decisivamente en el anarquismo al proporcionar el primer ejemplo moderno de un pueblo derrocando por la fuerza el Antiguo Régimen (monarquía, aristocracia e Iglesia), demostrando que el cambio social radical era posible mediante la acción directa y la insurrección popular. Figuras como los Enragés (los enfurecidos) y, especialmente el revolucionario “Graco” Babeuf, con su «Conspiración de los Iguales», prefiguraron la crítica anarquista al nuevo Estado burgués y la propiedad privada, argumentando que la revolución había sido traicionada al sustituir una élite opresora por otra.
Los anarquistas extrajeron una lección crucial de la Revolución Francesa: que cualquier poder estatal, incluso uno surgido de una revolución, se convierte en una institución de dominación, lo que llevó a pensadores como Proudhon y Bakunin a concluir que la verdadera emancipación requería la abolición no solo de la monarquía, sino de todo Estado.
Durante la Primera Revolución Industrial (1760-1840) y Segunda Revolución Industrial (1870-1914) la explotación laboral despiadada —con jornadas extenuantes, salarios de miseria y el uso generalizado de mano de obra infantil—, el hambre endémica fruto de la desprotección del proletariado, el hacinamiento en insalubres barrios obreros y la obscena concentración de la riqueza en manos de una nueva burguesía industrial, generaron un profundo y masivo descontento. Este caldo de cultivo de injusticia fue el terreno fértil donde germinaron las ideologías socialistas que cuestionaban radicalmente el capitalismo naciente. El propio anarquismo emergería como una de las respuestas más radicales a esta realidad.
LA COMUNA DE PARÍS
La Comuna de París fue un ejemplo de autogestión obrera en la capital francesa desde el 18 de marzo hasta el 28 de mayo de 1871. Surgió como una reacción espontánea de la población parisina tras la derrota de Francia en la Guerra Franco-Prusiana y el colapso del Segundo Imperio de Napoleón III. El vacío de poder, sumado a la humillante paz aceptada por el nuevo gobierno republicano conservador (situado en Versalles) y su intento de desarmar a la Guardia Nacional de París —compuesta mayoritariamente por trabajadores—, desencadenó una insurrección. La Comuna se erigió entonces sobre los principios de la soberanía popular, el federalismo y la justicia social, convirtiéndose en el primer experimento de autogobierno obrero de la historia.
Durante sus escasos 72 días de existencia, la Comuna implementó una serie de medidas radicales y pioneras. Decretó la separación de la Iglesia y el Estado, estableció la educación laica y gratuita, abolió el trabajo nocturno en las panaderías, devolvió las herramientas empeñadas por los artesanos y promovió la autogestión de las fábricas abandonadas por sus dueños, que habían huido de la ciudad. Gobernó a través de una asamblea de delegados elegidos por sufragio universal, revocables en cualquier momento y que recibían un salario equivalente al de un obrero. Aunque fue un movimiento plural en el que convergieron jacobinos, blanquistas y socialistas de diversas tendencias, su espíritu autogestionario y antiestatal marcó un hito fundamental para el desarrollo del movimiento anarquista.
La participación anarquista fue crucial, aunque numéricamente minoritaria respecto a otras corrientes. Los anarquistas, entonces influenciados por las ideas de Pierre-Joseph Proudhon (fallecido en 1865) y la creciente agitación de Mijaíl Bakunin, vieron en la Comuna la materialización práctica de sus ideales: la abolición del Estado centralista y su sustitución por una federación de comunas libres y autónomas.
Louise Michel: Sin duda, la figura anarquista más emblemática de la Comuna. Maestra, poeta y revolucionaria, se convirtió en una activista incansable. Combatió en las barricadas como soldado de la Guardia Nacional, organizó ambulancias para los heridos y defendió con fervor la causa comunera. Tras la caída de la Comuna, fue deportada a Nueva Caledonia, donde abrazó definitivamente el anarquismo. Su coraje y dedicación la convirtieron en una leyenda y en el símbolo de la mujer revolucionaria.
Élisée Reclus: Este renombrado geógrafo y teórico anarquista participó activamente en la defensa de París como miembro de la Guardia Nacional. Aunque no formó parte del Consejo de la Comuna, su compromiso fue total. Fue hecho prisionero durante la Semana Sangrienta y su condena a deportación fue conmutada gracias a la intervención de personalidades internacionales, pero fue exiliado de por vida de Francia.
Los proudhonianos: Aunque Proudhon había muerto años antes, su influencia era profunda en los sectores obreros parisinos. Sus seguidores, partidarios del mutualismo y el federalismo, tuvieron una presencia significativa en la Comuna y fueron impulsores de muchas de sus medidas sociales y económicas, especialmente las relacionadas con la organización del trabajo y la banca.
La Comuna fue brutalmente reprimida durante la Semana Sangrienta (21-28 de mayo de 1871), en la que decenas de miles de comuneros fueron ejecutados sumariamente, arrestados o deportados. Sin embargo, su legado perduró. Para los anarquistas como Bakunin y luego Piotr Kropotkin, la Comuna fue la prueba viviente de que el proletariado podía gobernarse a sí mismo sin amos ni Estado, aunque también extrajeron una lección crucial: su fracaso se debió a la falta de una organización revolucionaria previa y a no haber ido lo suficientemente lejos, especialmente al no expropiar completamente a la burguesía (ej. el Banco de Francia). Además desde un punto de vista defensivo se actuó con excesiva moderación.
La Comuna de París e convirtió para los anarquistas en un «preludio» de la revolución social por venir y en un modelo eterno de autogestión obrera.
LA PRIMERA INTERNACIONAL (1864-1872)
Para entender el devenir del movimiento obrero anarquista internacional y el desarrollo del anarquismo y su expresión práctica más importante, el anarcosindicalismo, es crucial remontarse a este primer gran intento de unir a las fuerzas proletarias de diferentes países.
La Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) o “Primera Internacional”, fundada en Londres en 1864, fue un punto de inflexión porque por primera vez los obreros socialistas del mundo se encontraron reunidos en una misma organización.
La Primera Internacional estableció algunas resoluciones clave que moldearon el movimiento obrero durante la segunda mitad del siglo XIX. Entre las principales se encuentran:
– Lucha política y económica: Abogó por la acción política independiente de la clase obrera y apoyó la organización de sindicatos y huelgas para mejorar salarios y condiciones.
– Jornada de 8 horas: Defendió esta demanda fundamental para limitar la explotación capitalista.
– Solidaridad internacional: Promovió el apoyo mutuo entre trabajadores de diferentes países durante conflictos laborales.
– Propiedad colectiva: Avanzó hacia la postura de que los medios de producción (capital, trabajo y tierras) debían ser propiedad colectiva de la sociedad.
Dentro de esta Internacional, se desarrolló un conflicto fundamental entre dos visiones opuestas de la revolución y la sociedad futura: por un lado los marxistas, seguidores de Marx y Engels, que podemos calificar de “ala autoritaria”; y por otro, los antiautoritarios, o el “ala libertaria”, que agrupaba a los “jóvenes proudhonianos”, seguidores del pensador francés, a los seguidores de Mijaíl Bakunin y James Guillaume, y otros grupos con propuestas revolucionarias.
Los desacuerdos centrales que condujeron a la escisión pueden resumirse en varios ejes de confrontación:
– Naturaleza de la AIT: Los antiautoritarios visualizaban la Internacional como una red de coordinación para movimientos social-revolucionarios autónomos, sin una dirección centralizada. Los marxistas, por el contrario, defendían la necesidad de un órgano unificador y centralizador que dirigiera estratégicamente al proletariado (primero como el “Consejo General” de la AIT, y luego surgiría la idea de un “partido político obrero”).
– Interpretación de la Historia: La perspectiva marxista se fundamentaba en el materialismo histórico, que interpreta la historia como una sucesión de luchas de clases entre los propietarios de los medios de producción y los desposeídos (ejemplificada en la oposición esclavo-latifundista, siervo-señor feudal y, finalmente, proletario-burgués). Los anarquistas, en cambio, ponían el acento en la libertad del individuo concreto y su capacidad para superar las determinaciones históricas, no solo por contradicciones que se fundan en una situación económica, sino también y principalmente moral.
– Estrategia revolucionaria y el Estado: El marxismo propone una fase transitoria conocida como la «dictadura del proletariado», un Estado controlado por la clase obrera que emergería tras una revolución dirigida por un partido en una sociedad capitalista avanzada. Los anarquistas se oponen radicalmente a cualquier forma de autoridad, aunque fuese temporal. Abogan por una revolución espontánea e inmediata que destruya todo aparato estatal, sin distinguir entre un Estado burgués y uno obrero, confiando en la acción directa de las masas trabajadoras en su conjunto.
– Participación política: Una diferencia práctica crucial fue (y es hasta hoy) la postura frente a la política electoral. Los marxistas aceptaban participar en los procesos electorales donde fuera posible como una herramienta de lucha. Los antiautoritarios rechazaban por completo involucrarse en lo que consideraban el «juego político burgués», privilegiando en su lugar la creación de sindicatos y asociaciones de trabajadores al margen de los partidos políticos.
– Evaluación de la Comuna de París (1871): Si bien fue celebrada por ambos como un heroico levantamiento proletario, fue evaluada de forma diametralmente opuesta: para Marx, su fracaso demostró la necesidad de que el proletariado se organizase en un partido fuerte y centralizado capaz de tomar y, crucialmente, conservar el poder del Estado para defender la revolución; en cambio, para Bakunin, la Comuna fue la prueba perfecta de su teoría, ya que encarnó la espontaneidad revolucionaria y la abolición inmediata del Estado, y su derrota no se debió a la falta de un partido, sino a no haber destruido completamente el aparato estatal y al autoritarismo de sus propios líderes.
El conflicto fue irreconciliable. Los marxistas acusaban a los anarquistas de ser disruptivos y “pequeñoburgueses”; los anarquistas acusaban a los marxistas de ser autoritarios y de querer instaurar una nueva tiranía.
En 1872, en el Congreso de la Internacional reunido en La Haya, Marx logró la expulsión de Bakunin y Guillaume y trasladó el Consejo General de la Internacional a Nueva York, lo que a la postre significó su fin. La facción antiautoritaria, mayoritaria en los países latinos (España, Italia, Francia, Suiza), se reorganizó inmediatamente y celebró su propio congreso en Saint-Imier (Suiza), dando vida a una Internacional antiautoritaria que persistiría hasta 1877.
Esta escisión marcó la ruptura definitiva entre el socialismo autoritario (que derivaría en la socialdemocracia y el marxismo-leninismo), y el socialismo libertario (anarquismo y anarcosindicalismo).
LA INTERNACIONAL ANTIAUTORITARIA DE SAINT-IMIER (1872-1877)
Los delegados expulsados y las federaciones que se oponían a las resoluciones del Congreso de La Haya (española, italiana, la federación del Jura suiza y secciones francesas y belgas) se reunieron días después, del 15 al 16 de septiembre de 1872, en Saint-Imier, una localidad suiza del Jura. En este congreso de protesta, acordaron:
– Rechazar en bloque todas las resoluciones del Congreso de La Haya.
– Declarar la disolución de facto del Consejo General de Nueva York para sus federaciones.
– Fundar una nueva estructura internacional, basada en principios federativos y anti-autoritarios, que mantuvo el nombre de Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT).
Esta nueva organización, conocida históricamente como la Internacional Antiautoritaria o Internacional de Saint-Imier, se convirtió en la verdadera heredera del impulso inicial de la AIT para las federaciones anarquistas y colectivistas europeas. Funcionó como una red de federaciones autónomas coordinadas a través de congresos anuales y sin un poder central.
Las resoluciones fundacionales de Saint-Imier en 1872 sentaron la base doctrinal y organizativa de toda la Internacional anti-autoritaria. Son consideradas los textos fundacionales del anarquismo organizado.
1) Pacto de Solidaridad entre las Federaciones (Resolución sobre el Pacto Federal). Esta es la resolución clave que funda la nueva Internacional sobre el principio de la autonomía y la federación, negando cualquier autoridad superior.
«Considerando:
Que la tendencia autocrática y centralizadora del Consejo General de Londres ha provocado funestas divisiones en la Internacional;
Que este Consejo, lejos de trabajar por la unión, se ha esforzado, por medio de maniobras indignas, por crear en su seno la discordia, pretendiendo sustituir los grandes principios de la Asociación por sus ideas personales;
Las federaciones española, italiana, jurasiana y americanas, representadas en el Congreso de Saint-Imier, declaran:
Que destruyen por completo los estatutos generales de Londres y privan de todo título a los consejos generales y a los congresos generales futuros.
Que las federaciones y secciones anteriores se reconstituirán sobre la base de la autonomía de las federaciones y secciones y del pacto libre.
Que convierten en lazo de solidaridad entre los trabajadores el siguiente pacto: ‘Pacto de amistad, de solidaridad y de defensa mutua entre las federaciones libres’.»
2) Resolución sobre la Política del Proletariado (La abstención política). Esta es quizás la resolución más famosa y doctrinal. Define la posición anarquista clásica de rechazo a la participación en la política electoral y estatal, y propone la huelga y la organización económica como el verdadero camino revolucionario.
«Considerando:
Que el proletariado no debe proponerse la conquista de los poderes políticos, sino su destrucción;
Que toda organización de un poder político llamado provisorio y revolucionario para llevar a esa destrucción no puede ser más que un engaño más y sería tan peligroso para el proletariado como todos los gobiernos que existen hoy;
Que la negación de toda colaboración política es el primer deber del proletariado;
El Congreso declara:
Que la destrucción de todo poder político es el primer deber del proletariado.
Que toda organización de un poder político llamado provisorio y revolucionario para operar esa destrucción no puede ser más que un engaño más y sería tan peligroso para el proletariado como todos los gobiernos existentes hoy.
Que, rechazando todo compromiso para llegar a la realización de la Revolución social, los proletarios de todos los países deben establecer, fuera de toda política burguesa, la solidaridad de la acción revolucionaria.»
3) Resolución sobre la Organización de la Resistencia (La Huelga General). Aunque el concepto de «huelga general» aún no estaba totalmente desarrollado, esta resolución plantea la acción directa económica (la huelga) como el instrumento principal de lucha y el embrión de la futura organización social, un principio central del anarcosindicalismo futuro.
«Considerando que la huelga es un arma preciosa en la lucha, pero que no hay que hacerse ilusiones sobre sus resultados económicos y que no hay que ver en ella más que un producto de la antagonismo entre el trabajo y el capital, que necesariamente lleva a una lucha más completa y definitiva;
El Congreso invita a todas las federaciones a estudiar seriamente los medios de organización de las huelgas desde el punto de vista práctico, y a publicar en sus periódicos y en folletos los resultados de su estudio para que el proletariado no se lance a la huelga sin una organización y un objetivo serios.»
4) Resolución sobre la Unidad de la Asociación. Esta resolución enfatiza que, a pesar de la escisión, el verdadero espíritu de la AIT reside en las federaciones autónomas y no en un Consejo General, defendiendo la unidad basada en la libre federación y no en la autoridad.
«El Congreso de delegados de la Federación española, la Federación italiana, la Federación jurasiana y las secciones francesas y americanas, declara que la verdadera unidad de la Internacional consiste en la identidad de principios y de tendencias, y no puede en modo alguno existir ni subsistir desde el momento en que se pretende someter a las federaciones a un poder director cualquiera.»
Estas resoluciones se convirtieron en la piedra angular del movimiento anarquista organizado durante las décadas siguientes, sentando las bases para el desarrollo del anarcosindicalismo, influyendo profundamente en la historia del movimiento obrero revolucionario.
La Internacional de Saint-Imier celebró varios congresos (Ginebra 1873, Bruselas 1874, Berna 1876, Verviers 1877) donde se profundizaron sus principios. Sin embargo, la represión estatal tras la Comuna de París y la incapacidad de poder establecer una comunicación eficaz entre los delegados (muchos de ellos presos) llevó a su disolución formal en el Congreso de Verviers de 1877, que fue inmediatamente seguido por un intento fallido de unificación con socialistas no marxistas en un congreso en Ginebra.
La herencia de la Internacional de Saint-Imier influyó en las ideas anarcosindicalistas que se esparcieron a fines del siglo XIX por todos los rincones del mundo, y su tradición es la que reivindica directamente la AIT, que será fundada en 1922.
LA PROPAGANDA POR EL HECHO
A finales del siglo XIX se desarrolló la estrategia conocida como «propaganda por el hecho». Este fenómeno, caracterizado por el uso de la violencia individual contra representantes e instituciones del orden establecido, surgió como respuesta a la creciente frustración ante la persistencia de la explotación económica y la represión estatal contra el movimiento obrero.
La formulación teórica de esta práctica se consolidó durante el Congreso Social Revolucionario de Londres de 1881, una reunión de anarquistas y socialistas revolucionarios a la que asistieron connotados representantes del anarquismo como Piotr Kropotkin, Louise Michel y Errico Malatesta, quienes defendieron que la acción violenta directa poseía un valor propagandístico superior al discurso teórico. Sostenían que un acto de audacia, amplificada por la prensa, demostraría la vulnerabilidad del sistema y serviría de catalizador para la movilización popular.
La aplicación de estos postulados generó una oleada de atentados durante la década de 1890, particularmente en Francia. La trayectoria de François-Claudius Ravachol resultó paradigmática: sus ataques con explosivos en 1892 contra magistrados que habían reprimido protestas obreras, seguidos de su ejecución y posterior mitificación, ilustran la lógica de esta estrategia. Eventos posteriores, como el atentado de Auguste Vaillant en la Cámara de Diputados (1893) y el ataque de Émile Henry en el Café Terminus (1894), radicalizaron aún más esta práctica, buscando conscientemente víctimas civiles entre la burguesía.
Sin embargo, el balance final de la «propaganda por el hecho» evidenció su carácter contraproducente. Lejos de inspirar una insurrección generalizada, provocó el rechazo de amplios sectores populares y facilitó la implementación de legislaciones represivas (las «leyes scélérates» en Francia). Internamente, provocó divisiones dentro del movimiento anarquista, y más tarde voces como Kropotkin o Malatesta criticaron la sustitución de la organización colectiva por el heroísmo individual del que se hacía propaganda.
El asesinato de la emperatriz Isabel de Austria (Sisi), en 1898, de una estocada en el corazón por Luigi Lucheni marcó el punto culminante y declive de esta estrategia. Su legado histórico muestra la compleja relación entre violencia política, propaganda y movilización social, constituyendo un capítulo significativo en la historia de los movimientos revolucionarios modernos.
FIGURAS Y VOCES CLAVE EN ESTE CAPÍTULO
Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865): Fue un tipógrafo y filósofo francés autodidacta, es considerado el «padre del anarquismo». Su famosa afirmación «¿Qué es la propiedad? ¡Es el robo!» sentó las bases de la crítica antiautoritaria. Acuñó el término «anarquía» para describir su visión de un orden social sin gobernantes, basado en el mutualismo: un sistema donde los trabajadores se organizarían en asociaciones libres y cooperativas, intercambiando bienes y servicios basados en el coste del trabajo a través de «bancos del pueblo», eliminando así la explotación capitalista y el Estado coercitivo.
Mijaíl Bakunin (1814-1876): Este revolucionario ruso, fue el gran propagandista y estratega del anarquismo colectivista. Exiliado durante gran parte de su vida, su principal aporte fue la feroz oposición al marxismo autoritario, prediciendo que una «dictadura del proletariado» se convertiría en una nueva tiranía. Abogó por la acción directa y la insurrección espontánea de las masas para destruir el Estado, defendiendo que los medios de producción fueran colectivizados y gestionados por los propios trabajadores a través de asociaciones libres y federaciones desde abajo.
Piotr Kropotkin (1842-1921): Geógrafo y naturalista que aportó una base científica y ética al movimiento con su teoría del anarco-comunismo. Basándose en la biología y la antropología, desarrolló la teoría de «El Apoyo Mutuo», argumentando que la cooperación, no la competencia, es el principal motor de la evolución natural y humana. Propuso una sociedad donde la abolición de la propiedad privada llevaría a la distribución de los bienes según el principio «de cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades», eliminando no solo el Estado, sino también el mercado.
Errico Malatesta (1853-1932): De oficio electricista, fue un incansable activista y organizador italiano, dedicó su vida a la propaganda y la creación de movimientos anarquistas de base. Su principal aporte fue pragmático: enfatizó la importancia de la organización anarquista específica (grupos de afinidad) para orientar la lucha popular espontánea hacia la revolución social, evitando que se desvíe. Defendió un anarquismo flexible centrado en la acción y la práctica, con el objetivo inmediato de instaurar el comunismo anárquico mediante la expropiación y la libre asociación.
CAPÍTULO II
EL AUGE DEL ANARCOSINDICALISMO
En este capítulo examinaremos el auge y la consolidación del anarcosindicalismo como fuerza transformadora en el movimiento obrero internacional, desde finales del siglo XIX hasta las primeras décadas del XX. A través de un recorrido que abarca desde las luchas por la jornada de ocho horas —simbólicamente encapsuladas en el episodio de los Mártires de Chicago— hasta la formidable experiencia de la Revolución Española de 1936, se explora cómo esta corriente no solo disputó condiciones laborales, sino que impulsó un proyecto de sociedad antiautoritaria y autogestionaria.
Analizaremos el decisivo —y a menudo invisibilizado— papel del anarquismo en América Latina, donde organizaciones como la FORA argentina y la ACAT construyeron una poderosa cultura de resistencia obrera, enfrentando represión, cooptación estatal y el avance de ideologías rivales. Asimismo, abordaremos la fundación de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) en 1922, que articuló una red global de organizaciones sindicales libertarias opuestas tanto al capitalismo como al autoritarismo bolchevique.
Este capítulo no solo narra episodios históricos, sino que reflexiona sobre la vigencia de un ideal: la capacidad de la clase trabajadora para autoorganizarse y ejercer su poder directo, sin intermediarios ni jerarquías.
EL PRIMERO DE MAYO
El Primero de Mayo, reconocido internacionalmente como el Día del Trabajador, conmemora un evento central en la historia del movimiento obrero moderno: la lucha por la jornada laboral de ocho horas y, de manera particular, los sucesos ocurridos en Chicago en 1886 que culminaron con la ejecución de un grupo de sindicalistas anarquistas conocidos como los Mártires de Chicago.
La consigna “ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso, ocho horas de ocio” se convirtió en el eje central de las demandas del movimiento obrero internacional. La Federación Americana del Trabajo (AFL) convocó una huelga general para el 1 de mayo de 1886, centrada en lograr este objetivo.
La huelga del 1 de mayo en Chicago fue masiva y pacífica. Sin embargo, la tensión se agravó los días siguientes. El 3 de mayo, durante una confrontación en la fábrica McCormick, la policía disparó contra los huelguistas, resultando en varias muertes.
Como protesta por aquella represión, se convocó una concentración al día siguiente en la plaza de Haymarket. El mitin transcurría de forma tranquila y comenzaba a dispersarse debido a la lluvia cuando un contingente policial avanzó para disolverlo. En ese momento, una bomba fue lanzada contra los agentes, matando a uno de ellos instantáneamente e hiriendo a varios. La policía respondió abriendo fuego indiscriminadamente contra la multitud, en un episodio de caos y violencia cuyas víctimas exactas nunca se precisaron.
La respuesta estatal fue una durísima represión contra el movimiento anarquista y sindical. Ocho destacados activistas —August Spies, Albert Parsons, Adolf Fischer, George Engel, Louis Lingg, Michael Schwab, Samuel Fielden y Oscar Neebe— fueron enjuiciados. No existían pruebas que los vinculasen con la fabricación o el lanzamiento del artefacto; su verdadero “delito” eran sus ideas radicales y su liderazgo en la protesta laboral. El proceso judicial estuvo plagado de irregularidades y se consideró una farsa, un juicio político destinado a decapitar al movimiento obrero.
Todos fueron declarados culpables. Spies, Parsons, Fischer y Engel fueron condenados a la horca; Lingg se suicidó en su celda; Schwab y Fielden recibieron cadena perpetua y Neebe, quince años de prisión. Las palabras de August Spies ante el tribunal quedaron para la historia: “La voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora”.
Tres años después, en 1889, el congreso fundacional de la Segunda Internacional Socialista, reunido en París, designó el 1 de mayo como el Día Internacional del Trabajador. Se hizo así en homenaje a “los mártires de Chicago” y para universalizar la lucha por la jornada de ocho horas, transformando una tragedia estadounidense en un símbolo de unidad y resistencia obrera global.
La presión popular y las evidencias de la injusticia cometida llevaron, en 1893, al nuevo gobernador de Illinois, John Peter Altgeld, a indultar a los tres activistas que permanecían en prisión (Fielden, Neebe y Schwab), reconociendo públicamente que el juicio había sido ilegítimo y basado en prejuicios y mentiras.
La historia de los Mártires de Chicago trasciende el hecho histórico concreto. Encarna la brutal represión que enfrentaron los trabajadores en su lucha por derechos básicos y la instrumentalización del sistema judicial para perseguir disidencias políticas. Simultáneamente, demuestra la capacidad de resiliencia del movimiento obrero para transformar una derrota judicial y una tragedia humana en un potente símbolo de lucha internacional que perdura hasta hoy. El Primero de Mayo es, por tanto, el resultado de esa dialéctica entre la represión y la resistencia, y un recordatorio permanente de que la conquista de derechos laborales se edificó, en gran medida, sobre la sacrificio de quienes osaron desafiar el orden establecido.
EL MOVIMIENTO OBRERO ANARQUISTA
LATINOAMERICANO (1901-1941)
La historia del movimiento obrero en América Latina es inconcebible sin el papel central—y a menudo dominante—que desempeñaron las ideas anarquistas desde finales del siglo XIX hasta los años 1940. Este movimiento constituyó la columna vertebral que articuló la resistencia de la clase trabajadora frente a la explotación brutal de la incipiente industrialización y el capitalismo agroexportador.
El fermento anarquista en Latinoamérica tuvo sus raíces en la masiva ola de inmigración europea que arribó a las costas del Cono Sur y el Caribe. Italianos, españoles y, en menor medida, franceses, alemanes y portugueses, trajeron consigo no solo su fuerza de trabajo, sino también las ideas políticas que fermentaban en el Viejo Mundo: entre ellas, el socialismo, el sindicalismo y, muy significativamente, el anarquismo bakuninista y el comunismo anárquico de Kropotkin.
Estos inmigrantes se enfrentaron a realidades laborales despiadadas: jornadas de 14 y 16 horas, salarios miserables, condiciones insalubres y nulas protecciones legales. Inicialmente, la respuesta organizativa fue el mutualismo, siguiendo el modelo de las sociedades de socorros mutuos. Organizaciones como la Sociedad Tipográfica Bonaerense (1857) en Argentina buscaban paliar la miseria mediante cajas de auxilio para enfermedades, accidentes o funerales. Aunque no eran entidades de lucha, sentaron las bases de la asociación obrera.
No obstante, la radicalización fue inevitable. A partir de la década de 1880, el anarquismo de la propaganda por el hecho y el comunismo anárquico comenzaron a ganar terreno. La idea de que la emancipación obrera no vendría de la caridad mutual, sino de la lucha directa contra el patrón y el Estado, caló hondo. Se fundaron los primeros periódicos anarquistas, herramientas esenciales para la difusión ideológica: La Protesta Humana (luego conocida como La Protesta) en Argentina, A Plebe en Brasil, y Regeneración en México, impulsado por la seminal figura de Ricardo Flores Magón.
En 1896, un año antes que apareciera La Protesta Humana se publicó en Buenos Aires el primer periódico comunista anárquico de mujeres del mundo: La Voz de la Mujer (bajo el lema “Ni dios, ni patrón, ni marido”), inaugurando una tradición de publicaciones femeninas en que destacaría también el periódico Nuestra Tribuna de 1922, editado por Juana Rouco Buela.
El salto cualitativo del anarquismo latinoamericano fue su transición de los círculos de propaganda a la construcción de organizaciones sindicales de masas. La estrategia que se impuso consistió en crear un movimiento que viera en el sindicato tanto la herramienta de lucha cotidiana como el embrión de la futura sociedad comunista libertaria.
El hito más emblemático de este proceso fue sin duda la fundación en 1901 de la Federación Obrera Argentina (FOA), rebautizada en 1904 como Federación Obrera Regional Argentina (FORA). El uso deliberado del término «Regional» subrayaba su compromiso con el internacionalismo y el rechazo a los estados-nación, considerados artificios de las clases dominantes.
En su V Congreso (1905), la FORA adoptó una resolución histórica: la proclamación abierta del comunismo anárquico como objetivo final de la lucha sindical. Por primera vez en la historia del movimiento obrero mundial, un congreso sindical aprobaba y recomendaba “la propaganda e ilustración más amplia (…) para inculcar en los obreros los principios económicos y filosóficos del comunismo anárquico”, con el fin de alcanzar “la completa emancipación” y “la evolución social que se persigue”. Así, el comunismo anárquico se convertía en la doctrina oficial de la FORA.
Por esa misma época empiezan a aparecer figuras épicas como las de Simón Radowitzky, el joven de mirada límpida que en 1909 ajustició al jefe de policía Falcón como venganza por la masacre de obreros, o la de Emilio López Arango, panadero, militante de la FORA, organizador y rebelde consuetudinario devenido en periodista y alma máter del periódico La Protesta.
Las editoriales de López Arango, afiladas como cuchillos, no solo desnudaban la hipocresía patronal, sino que polemizaban con furia libertaria contra los desvíos del propio movimiento. López Arango creía en la Sociedad de Resistencia como arma de construcción masiva, en la prensa como taller de conciencias, en la educación obrera como trinchera irreductible, y sobre todo en la FORA como el taller donde se forjaría el futuro comunista anárquico
La FORA no fue un simple sindicato, sino un fenómeno cultural y social. Organizó huelgas generales masivas y exitosas, como la de 1907 por la liberación de Radowitzky o la protesta revolucionaria de 1919, que solo pudo ser detenida con una masacre en la “Semana Trágica”. Pero su acción trascendió lo reivindicativo: promovió ateneos libertarios, bibliotecas populares, grupos naturistas, escuelas racionalistas —inspiradas en Ferrer i Guardia—, campañas por la emancipación de la mujer y el amor libre. Creó, en definitiva, una contracultura obrera integral opuesta a la cultura oficial del Estado y la Iglesia. Este modelo se replicó, con matices, en toda la región, con la creación de:
– La Federación Obrera Regional Uruguaya (FORU) en 1905;
– La Confederação Operária Brasileira (COB) y La Federación Obrera Regional Paraguaya (FORP) de 1906;
– La IWW chilena “comunista anárquica” (1910) y la Federación Obrera Regional de Chile (FORCH) de 1913 (refundada en 1926), y su unión en la Confederación General del Trabajo (1932);
– La Unión Obrera Colombiana de 1913;
– La Federación Obrera Regional Peruana (FORP) de 1919;
– La Confederación General de Trabajadores (CGT) mexicana de 1921;
– La Federación Regional de Trabajadores del Ecuador (FRTE) de 1922;
– La Federación Obrera Local (FOL) boliviana de 1926, y luego la Confederación Obrera Regional Boliviana (CORB) en 1930.
El gran auge de las federaciones obreras produjo un aumento también de fenómenos contradictorios que intentaron poner freno o destruir el Movimiento Obrero Anarquista.
– La Represión Brutal: Los Estados latinoamericanos, aliados con la oligarquía terrateniente, respondieron con una violencia feroz. Las leyes de Residencia (Argentina y Chile) permitían expulsar a extranjeros «indeseables». Las masacres de obreros se volvieron trágicamente comunes: Santa María de Iquique (Chile, 1907), la Semana Roja (Argentina, 1909), la Patagonia Trágica (Argentina, 1921), y la brutal persecución contra la IWW y la FORCH en Chile en la década de 1920 y 1930 son ejemplos de un baño de sangre destinado a decapitar al movimiento.
– El Ascenso del Marxismo-Leninismo: La Revolución Rusa de 1917 generó inicialmente simpatía, pero pronto se convirtió en un competidor formidable. Los partidos comunistas, afiliados a la Tercera Internacional (Komintern), comenzaron una estrategia de «entrismo» en los sindicatos. Su modelo de partido de vanguardia, centralismo democrático y la búsqueda de la toma del poder estatal era antagónico al federalismo, la autonomía obrera y el antiestatismo anarquista. Disputas internas, divisiones (como la creación de la FORA Sindicalista o «autónoma» frente a la FORA anarquista en Argentina) y la competencia de los sindicatos y partidos marxistas fueron quitando espacio al anarquismo.
– Sindicalismo legal: La integración de los sindicatos políticos reformistas, católicos, socialdemócratas y leninistas en la legalidad estatal, a través de leyes laborales produjeron una masiva afiliación a estos sindicatos y a los partidos políticos “obreros”, “comunistas” y “socialistas”, donde se estableció una relación clientelar con el proletariado.
– Cambios Socioeconómicos: La creciente industrialización por sustitución de importaciones y la integración de sectores obreros en el sistema a través de reformas laborales (como las impulsadas por gobiernos populistas) crearon un nuevo escenario donde la estrategia revolucionaria del anarquismo perdió tracción frente al reformismo y la política electoral.
En este contexto de retroceso, pero también de resistencia, surge el último gran proyecto de unidad libertaria continental: la Asociación Continental Americana de Trabajadores (ACAT), fundada en Buenos Aires en 1929.
La ACAT nació con un doble propósito:
1. Reagrupar a las fuerzas anarcosindicalistas y sindicalistas revolucionarias que se mantenían fieles a los principios de la acción directa, el federalismo y la lucha de clases, frente al avance del comunismo autoritario de Moscú y el reformismo socialdemócrata.
2. Crear una alternativa continental a la Confederación Sindical Latinoamericana (CSLA), controlada por el Komintern, y a la Federación Sindical Internacional (FSI) de Ámsterdam, de tendencia socialdemócrata.
La ACAT se declaraba heredera de los principios de la Primera Internacional y se estructuraba sobre la base del federalismo, la autonomía de las organizaciones adheridas y la acción directa como método de lucha. Rechazaba toda colaboración con los partidos políticos y el Estado, y proponía la huelga general revolucionaria como camino hacia la emancipación total. En su etapa de mayor apogeo, la ACAT reunió a una veintena de organizaciones obreras de todo el continente.
Su órgano oficial fue La Continental Obrera, publicado entre 1929 y 1941.
Sin embargo, la ACAT nació en un momento extremadamente adverso. La Gran Depresión de 1929 golpeó duramente a América Latina, aumentando el desempleo y la represión. El ascenso de regímenes autoritarios y militares en la década de 1930 (como el de Uriburu en Argentina o de Ibáñez en Chile) clausuró el espacio para la acción sindical libre. Además, la ACAT adoleció de la misma debilidad crónica del movimiento anarquista: la dificultad para mantener una organización estable y coordinada a escala continental sin caer en centralismos, en un contexto de persecución feroz y con recursos limitados.
La Guerra Civil Española (1936-1939) movilizó todas las energías del movimiento anarquista mundial en solidaridad con la CNT-FAI, desviando atención y recursos de los proyectos locales. Finalmente, la ACAT no pudo resistir el embate de los nuevos tiempos, trasladó su Secretariado desde Buenos Aires a Montevideo y finalmente a Santiago de Chile, disolviéndose de facto a mediados de la década de 1930.
El Movimiento Obrero Anarquista latinoamericano, y proyectos como la ACAT, dejaron un legado imborrable:
– La Conquista de Derechos: Fue el principal actor en la conquista de la jornada de 8 horas, el descanso dominical, y numerosas mejoras laborales.
– La Cultura de la Autoorganización: Instauró la huelga general, el piquete y la asamblea como órgano soberano.
– Una Ética y una Praxis: Su compromiso con la ética, el internacionalismo, el antiimperialismo, el anticlericalismo y la emancipación humana integral sigue inspirando a luchas sociales contemporáneas.
– Una Advertencia Histórica: Su historia es también una lección sobre los peligros de la represión estatal, la cooptación por parte del Estado y los partidos, y las dificultades de mantener la unidad y la coherencia ideológica.
LA REVOLUCIÓN DE LOS SOVIETS LIBRES EN RUSIA (1917)
Desde la perspectiva anarquista, articulada por Volin en su libro «La Revolución Desconocida», la Revolución Rusa constituyó un proceso dual: por un lado, una auténtica revolución social desde abajo a través de los soviets libres, y por otro, una contrarrevolución política dirigida por los bolcheviques.
La Revolución de Febrero de 1917 (del 8 al 16 de marzo en el calendario gregoriano) puso fin al Imperio Ruso. Esta insurrección, iniciada con huelgas y manifestaciones en el Día Internacional de la Mujer, forzó la abdicación del zar Nicolás II. En el vacío de poder resultante, surgió de forma masiva y espontánea el fenómeno de los soviets libres: consejos de obreros, campesinos y soldados que se organizaron desde la base. Estas asambleas, electas localmente, se organizaron en asambleas, practicaron el control obrero de la producción y la autogestión, rechazando la representación partidista y la dirección estatal como camino hacia una sociedad sin clases.
Los soviets funcionaban como instituciones transitorias de autogestión para resolver el abastecimiento, la defensa y la coordinación económica, articulándose mediante congresos federativos sin un poder legislativo centralizado. Su fuerza radicaba en su legitimidad directa y su vocación descentralizadora. Sin embargo, la intervención de partidos políticos en los soviets y la creación de una “Guardia Roja” bolchevique (precursora del Ejército Rojo), por sobre las milicias del pueblo, allanaron el camino de la contrarrevolución.
Frente a este poder horizontal, el Partido Bolchevique ejecutó lo que los anarquistas consideramos una contrarrevolución (en octubre de 1917). Apoyándose inicialmente en la consigna «Todo el poder a los soviets», los bolcheviques se alzaron como una nueva élite burocrática. Centralizaron el poder, usurparon la autonomía de los soviets, impusieron la disciplina militar y resucitaron la dominación estatal, instaurando un «capitalismo de Estado».
La represión violenta de la Comuna de Kronstadt en 1921 y la traición al Ejército Negro de Nestor Makhno en Ucrania simbolizan el momento definitivo en que el emergente Estado-Partido aplastó la revolución social para perpetuar su dictadura. El resultado no fue la emancipación proletaria, sino el surgimiento de una nueva clase explotadora: la burguesía estatal bolchevique. Así, la revolución libertaria, masiva y creativa, fue silenciada y permaneció, en gran medida, como la «revolución desconocida».
LA MAJNÓVSCHINA (1918-1921)
La Majnóvschina, también llamada la revolución majnovista, fue un movimiento revolucionario de campesinos y guerrilleros anarquistas que surgió en Ucrania entre 1918 y 1921, en el caos de la Guerra Civil Rusa. Liderado por el carismático estratega Néstor Majnó, su ejército insurgente, el Ejército Negro, luchó simultáneamente contra los Blancos (contra-revolucionarios monárquicos), los nacionalistas ucranianos, y finalmente contra el Ejército Rojo bolchevique.
El movimiento se organizó en torno a los principios anarquistas de autogestión, federalismo libre y acción directa. En los territorios que liberaban, se promovían asambleas libres de campesinos y trabajadores (soviets libres), donde las comunidades decidían de forma autónoma sobre la economía y la organización social, sin autoridad central impuesta. La tierra era colectivizada voluntariamente y la producción se organizaba de forma comunal.
La Majnóvschina fue importante porque fue uno de los intentos más vastos y exitosos de poner en práctica los ideales anarquistas a gran escala, demostrando que una sociedad organizada horizontalmente era posible, incluso en medio de una guerra cruel. Además, su lucha final contra los bolcheviques evidenció la incompatibilidad fundamental entre el proyecto libertario de autogobierno y el proyecto autoritario de dictadura del partido único. La traición y posterior represión bolchevique contra los majnovistas marcó un punto de no retorno en la historia del movimiento revolucionario.
El legado de la Majnóvschina es profundo y contradictorio. Por un lado, haber constituido un ejército demostró ser una estrategia errada desde un punto de vista anárquico, no porque haya sido derrotado en batalla, lo que depende de una multiplicidad de factores, sino porque separa la necesidad de defensa de la revolución de la revolución social misma, a través de la creación de un cuerpo aparte que se va progresivamente jerarquizando y volviéndose cada vez más autoritario, mientras se aleja cada vez más del pueblo. Podríamos decir que cuando los anarquistas forman un ejército ya han perdido la guerra (y la revolución) antes de entrar en batalla.
Sin embargo, por otro lado, el recuerdo de la Majnóvschina perdura como un faro de inspiración. Se erige como un símbolo de la capacidad de autoorganización de las masas populares, la resistencia frente a opresiones de todo signo y la búsqueda incansable de una libertad real.
LA ASOCIACIÓN INTERNACIONAL DE
LOS TRABAJADORES (AIT) DE 1922.
La historia de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) es la historia del anarcosindicalismo organizado a nivel internacional. No es una historia de masas gigantescas ni de conquistas de poder político, sino una crónica de resistencia, coherencia ideológica, lucha en los lugares de trabajo y una persistente defensa de los principios libertarios frente a la opresión del Estado y el capital, tanto de la derecha como de la izquierda política. Su trayectoria está marcada por momentos de enorme influencia y otros de casi desaparición, pero su legado y sus ideas permanecen vigentes.
El final de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa de 1917 crearon un clima de esperanza y efervescencia revolucionaria por todo el mundo. Los sindicatos revolucionarios, inspirados por las ideas anarquistas, crecieron enormemente:
– En Argentina la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), vigente desde 1901, encabeza un Movimiento Obrero Anarquista continental.
– En 1905 nace en Brasil la Confederação Operária Brasileira (COB), a semejanza de la FORA.
– En España, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), fundada en 1910, llegó a tener cerca de un millón de afiliados.
– En Italia, la Unione Sindacale Italiana (USI), de 1912, superaba los 500,000 miembros.
– En Portugal, la Confederação Geral do Trabalho (CGT), fundada en 1919, se transformó en una fuerza poderosa.
– En Alemania, la Freie Arbeiter-Union Deutschlands (FAUD) de 1919, participó activamente en la Revolución alemana de 1918-1923
– En Francia, los grupos que luego darían lugar a la Confédération Générale du Travail Syndicaliste-Révolutionnaire (CGT-SR), creada en 1926, formarían parte de los fundadores de la AIT.
– En Japón, la Jiyu Rengo Dantai Zenkoku Kaigi (Libre Federación de los Sindicatos Anarquistas) de 1926 adquiere visos sorprendentes en el área laboral.
Estas organizaciones compartían el rechazo al parlamentarismo y a la participación en el juego político burgués. Creían en la acción directa, la huelga general y la organización autónoma de la clase obrera para derrocar el capitalismo y el Estado e instaurar el comunismo libertario.
Sin embargo, pronto surgió una nueva división en el seno del movimiento obrero internacional: la Tercera Internacional o Komintern, creada en Moscú en 1919 bajo el liderazgo de Lenin. Inicialmente, muchos sindicatos revolucionarios simpatizaron con la Revolución Rusa. Pero pronto se hizo evidente que la Komintern no buscaba la unidad sindical, sino la creación de «sindicatos rojos» controlados por los partidos comunistas, que actuarían como «correas de transmisión» de las directrices del Partido y del Estado soviético.
La gota que rebalsó el vaso fue la imposición, en el II Congreso de la Internacional Comunista (1920), de las «21 Condiciones» para adherirse a ella. Una de estas condiciones exigía la subordinación absoluta de los sindicatos al partido comunista. Esto era inaceptable para los anarcosindicalistas, para quienes la autonomía de la clase obrera y sus organizaciones económicas era un principio sagrado. La represión bolchevique contra los marineros de Kronstadt y los anarquistas rusos en 1921 terminó de convencerles de que la Rusia soviética era un capitalismo de Estado tan opresivo como el que decía combatir.
Fue en este contexto de doble oposición (al capitalismo y al bolchevismo) que las organizaciones anarcosindicalistas decidieron reagruparse a nivel internacional para coordinar su lucha y defender sus principios.
Del 25 de diciembre de 1922 al 2 de enero de 1923, delegados de organizaciones sindicales de diez países (Alemania FAUD, Argentina FORA, Chile IWW, España CNT, Francia CGT-SR, Italia USI, México CGT, Noruega NSF, Portugal CGT, Suecia SAC) se reunieron en Berlín y fundaron la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) – International Workers Association en inglés, bajo las siglas IWA-AIT.
Los principios fundacionales, plasmados en una declaración, eran claramente anarcosindicalistas:
– Lucha de clases: Reconocimiento de la lucha de clases como motor de la historia y método de acción del proletariado.
– Acción directa: Rechazo de la lucha parlamentaria y política. La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos, a través de la acción directa en el terreno económico (huelgas, boicots, sabotaje, etc.).
– El sindicato como órgano de lucha y de construcción de la nueva sociedad: El sindicato revolucionario no es solo para luchar contra el capitalismo, sino la célula base para la construcción de la futura sociedad socialista-libertaria, organizando la producción y distribución.
– Federalismo y autonomía: Organización desde la base, de abajo hacia arriba, basada en el federalismo y la autonomía de las organizaciones adheridas. La Internacional es una coordinadora, no un centro director.
– Oposición al Estado y a toda dictadura: Rechazo explícito del Estado en todas sus formas, incluida la «dictadura del proletariado». La revolución debe destruir todo poder estatal.
– Solidaridad internacional: Compromiso con el apoyo mutuo y la solidaridad entre los trabajadores de todos los países.
La AIT se erigió así en la alternativa libertaria tanto a la socialdemócrata Federación Sindical Internacional (FSI/IFTU) como a la comunista Internacional Sindical Roja (Profintern).
Durante los años 20, la AIT tuvo una actividad intensa. Sus secciones más poderosas eran, sin duda, la CNT española, la FORA argentina y la COB brasilera. La AIT sirvió como plataforma de solidaridad internacional, apoyando huelgas y campañas de sus secciones, y denunciando la persecución de anarquistas y sindicalistas en todo el mundo, incluida la URSS.
Sin embargo, el ascenso de los fascismos y los regímenes autoritarios en Europa, y los golpes de Estado y la represión gubernamental en Latinoamérica golpeó brutalmente a la AIT, cuyas secciones eran a menudo las primeras en ser reprimidas por su carácter revolucionario y antiestatal.
La represión no solo vino de la derecha. En la Unión Soviética, los anarcosindicalistas fueron perseguidos, encarcelados y ejecutados por el régimen estalinista.
LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA DE 1936-1937
La Revolución Española de 1936-1937 no fue un simple episodio dentro de la Guerra Civil. Fue, ante todo, uno de los experimentos de transformación social más profundos y radicales que ha conocido la historia, impulsado desde la base por los principios del anarcosindicalismo y el comunismo libertario. Fue la materialización, efímera pero tangible, de un mundo nuevo gestado en el seno de las organizaciones de la clase obrera, principalmente la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) y la FAI (Federación Anarquista Ibérica).
El golpe de Estado fascista del 18 de julio de 1936 no encontró un pueblo sumiso, sino un pueblo organizado. Allí donde el Estado republicano se derrumbó, la respuesta no vino de una nueva autoridad central, sino de la autoorganización popular. Los comités revolucionarios, surgidos de las asambleas de vecinos y militantes sindicales, tomaron las riendas de la vida cotidiana. Las milicias confederales, compuestas por trabajadores y campesinos en armas, fueron la fuerza que detuvo el avance fascista en gran parte del territorio, demostrando que la defensa de la libertad no requiere de un ejército jerarquizado, sino de un pueblo decidido.
La verdadera esencia de la revolución fue la transformación económica y social inmediata. Siguiendo el principio anarcosindicalista de la autogestión, los trabajadores colectivizaron la tierra y la industria.
En el Campo: En amplias zonas de Aragón, Levante y Andalucía, los latifundios fueron expropiados y convertidos en colectividades agrarias. La tierra pasó a ser de quien la trabajaba, organizándose en asambleas donde se decidía qué cultivar, cómo distribuir los excedentes y cómo organizar la vida comunal. Se abolieron el dinero y la propiedad privada en muchas de ellas, instaurando economías basadas en el trueque y el apoyo mutuo. La productividad aumentó, demostrando la viabilidad de un modelo económico no capitalista.
En la Ciudad: En Cataluña, corazón industrial de la república, alrededor del 80% de la industria fue colectivizada bajo control obrero, desde grandes textiles hasta barberías. Las fábricas fueron gestionadas por consejos de trabajadores, eliminando a la patronal y a los intermediarios. La CNT coordinaba la producción a través de federaciones industriales, planificando la economía de abajo arriba, no por decreto de un ministerio.
Esta experiencia fue la práctica viva de los ideales por los que el movimiento libertario llevaba décadas luchando: una sociedad sin clases, sin Estado y sin explotación, donde la libre federación de productores asociados reemplazaría al gobierno de los hombres sobre los hombres.
En amplias zonas de Cataluña, Aragón, Levante y Andalucía, los trabajadores, liderados por la CNT, colectivizaron tierras y fábricas, socializaron la salud y la educación, y organizaron la vida económica y social sobre principios libertarios, sin Estado y sin patronos. Fue la puesta en práctica a gran escala de los ideales de la AIT.
La AIT movilizó a sus secciones restantes (la SAC sueca, la CNT-F en Francia, la FAUD en el exilio, etc.) para organizar el apoyo internacional: envío de dinero, medicinas, alimentos, y la formación de grupos de voluntarios extranjeros (aunque la mayoría lucharon en las brigadas internacionales de inspiración comunista, un contingente significativo, como la Columna Durruti internacional, estaba formado por anarcosindicalistas).
El mayor enemigo de la revolución libertaria no solo se encontró en el bando franquista, sino dentro de la propia República. La revolución social fue sistemáticamente saboteada y, finalmente, aplastada por una contrarrevolución estatista. Esta fue encarnada por los republicanos liberales, socialistas, y especialmente por el Partido Comunista de España (PCE) —con el crucial apoyo de la URSS de Stalin—, así como por los gobiernos de Largo Caballero, Negrín y la Generalitat de Cataluña.
Bajo la doctrina estalinista, se priorizó la victoria militar sobre Franco por encima de todo. Según esta lógica, para ganarse el apoyo de las democracias occidentales era necesario reconstruir un Estado fuerte, un ejército regular jerarquizado y restaurar el orden burgués. La revolución social era vista como un «lujo inconveniente» que espantaba a las potencias capitalistas.
Este proyecto contrarrevolucionario chocó frontalmente con la revolución libertaria y se materializó en una serie de acciones represivas:
– La priorización fue la reconstrucción del Estado republicano y la desarticulación de las estructuras revolucionarias: desarmar a las milicias anarquistas, deshacer las colectivizaciones y arrebatar el control a los comités populares mediante la militarización forzosa.
– Se lanzó una campaña de difamación contra los anarquistas, tachándolos de «incontrolados» e incluso de «fascistas».
– Se envió a la Guardia de Asalto (policía), ya bajo influencia comunista, para desmantelar violentamente las colectividades agrarias en Aragón.
El punto de ruptura definitivo fueron los Sucesos de mayo de 1937 en Barcelona. El asalto por parte de fuerzas gubernamentales —dominadas por el PCE— al edificio de Telefónica, controlado por la CNT, desencadenó una lucha callejera que culminó con la represión del movimiento revolucionario y su ilegalización de facto. Este evento marcó el principio del fin de la revolución.
La victoria final de Franco en 1939 supuso un golpe catastrófico para el movimiento anarquista internacional (AIT), cuya sección más grande y poderosa, la CNT, fue aniquilada. Sus militantes fueron asesinados, encarcelados o forzados a un exilio masivo.
La derrota final en la Guerra Civil Española en 1939 fue una doble derrota: la del pueblo republicano frente al fascismo, y la de la revolución social frente al autoritarismo estatista y capitalista.
La Revolución Española demostró la capacidad de la clase trabajadora para autoorganizarse, gestionar la economía y defender su libertad sin amos ni gobernantes. Pero también nos legó una lección crucial, a menudo señalada por los análisis anarquistas: la imposibilidad de colaborar con las estructuras del Estado y las fuerzas autoritarias sin ser absorbidos y destruidos por ellas. La participación de la CNT-FAI en los gobiernos de la Generalitat y de la República, con la esperanza de ganar la guerra, terminó por diluir la fuerza revolucionaria y desarmarla políticamente, facilitando su aniquilación.
FIGURAS Y VOCES CLAVE EN ESTE CAPÍTULO
Emilio López Arango (1894-1929): De oficio panadero y periodista, fue un destacado anarquista argentino de origen español. Miembro clave de la FORA. Su principal aporte fue su intenso trabajo como editor del periódico La Protesta y su firme defensa del Movimiento Obrero Anarquista, argumentando que los sindicatos debían ser el instrumento de lucha económica y social pero que debían dar paso a las comunas libres durante la revolución social. Escribió numerosos folletos y artículos que ayudaron a formar a generaciones de militantes, siempre enfatizando el carácter obrero y autónomo del movimiento.
Néstor Majnó (1888-1934): Fue un anarquista de origen campesino que lideró la Majnóvschina. Su activismo antizarista lo llevó a prisión, donde se radicalizó. Tras ser liberado en 1917, organizó el Ejército Negro, una guerrilla que combatió a las Potencias Centrales, los nacionalistas ucranianos y al Ejército Blanco, promoviendo simultáneamente la autogestión y los soviets libres. Al oponerse al Ejército Rojo bolchevique, fue derrotado en 1921. Murió exiliado en París, convertido en un símbolo de la resistencia libertaria.
Volin (1882-1945): Seudónimo de Vsevolod Mijáilovich Eichenbaum. Fue un prominente intelectual y activista anarquista ruso. Participante en la Revolución de 1905, tras su fracaso se exilió en Francia, donde se impregnó de las ideas anarcosindicalistas. Regresó a Rusia en 1917 y colaboró con el movimiento makhnovista en Ucrania. Tras la represión anarquista, fue exiliado en 1920 y pasó el resto de su vida en Francia y Estados Unidos.
Rudolf Rocker (1873-1958): Escritor, historiador y anarcosindicalista alemán. Su aporte fundamental es la síntesis teórica entre el anarquismo y el sindicalismo revolucionario, articulada en su obra magna “Anarcosindicalismo: Teoría y práctica”. Rocker argumentó que los sindicatos eran organizaciones de clase naturales para combatir el capitalismo y, tras la revolución, serían la base para construir una sociedad federalista libertaria. También aportó una profunda reflexión sobre la relación entre la liberación nacional y la social.
Buenaventura Durruti (1896-1936): Legendario militante anarquista español, símbolo de la acción directa y el compromiso revolucionario. Miembro de «Los Solidarios» y luego de la FAI, su principal aporte al anarquismo fue encarnar el ideal del obrero revolucionario consecuente. Durante la Guerra Civil, su columna miliciana (la Columna Durruti) se convirtió en el epicentro de la resistencia popular y la revolución social en el frente de Aragón. Su muerte trágica en Madrid lo transformó en un mártir inmortal y en el ejemplo máximo del internacionalismo proletario y la ética del «hacerlo uno mismo».
CAPÍTULO III. HACIA LA RECONSTRUCCIÓN DEL ANARQUISMO
La Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría sumieron a la AIT y al anarquismo internacional en un período muy difícil. La mayoría de las secciones originales de la AIT habían sido destruidas, mientras que la SAC de Suecia se adaptó a un modelo reformista, lo que desencadenó su salida de la AIT.
La AIT se mantuvo viva gracias al esfuerzo de un pequeño núcleo de militantes en el exilio, principalmente de la CNT española y de la italiana USI. Celebró congresos de manera irregular, pero su actividad era limitada. Su papel principal fue el de custodiar la memoria y los principios del anarcosindicalismo, denunciando tanto el bloque capitalista como el bloque soviético.
Un momento traumático para la organización fue la escisión de la CNT española en 1945. Un sector, representado por el Secretariado Intercontinental en el exilio (con sede en Toulouse), defendía una postura independiente y abstencionista en las elecciones sindicales convocadas por el franquismo. Otro sector, mayoritario dentro de España, abogaba por una estrategia de infiltración en los sindicatos verticales franquistas (el «entrismo»). La AIT reconoció al sector que luchaba por mantenerse independiente (CNT-AIT), lo que mantuvo una orgánica sana pero se debilitó el movimiento.
A partir de los años 1960 hubo un lento resurgir de la AIT con la aparición de nuevos grupos anarcosindicalistas, a menudo pequeños pero muy activos, en países como el Reino Unido (Direct Action Movement, luego Solidarity Federation), los Países Bajos, Estados Unidos (WSA), y más tarde en países de Europa del Este tras la caída del Muro de Berlín, como la Związek Syndykalistów Polski (ZSP-AIT), o la Конфедерация революционных анархо-синдикалистов (КРАС / KRAS-AIT).
LA INTERNACIONAL DE FEDERACIONES ANARQUISTAS (IFA)
La Internacional de Federaciones Anarquistas (IFA) es la organización internacional que agrupa a federaciones anarquistas de distintos países, basándose en los principios de apoyo mutuo, federalismo y autogestión. Su historia es la de un esfuerzo por reconstruir una organización anarquista internacional tras la Segunda Guerra Mundial.
Su origen directo se sitúa en una conferencia internacional celebrada en Carrara, Italia, en 1968, un año de gran efervescencia revolucionaria. Allí, varias federaciones europeas, principalmente la Federación Anarquista Italiana y la Federación Anarquista Francesa, decidieron fundar la IFA para coordinar la lucha anarquista a nivel global, superando el aislamiento y la represión sufridos durante el fascismo y la guerra.
La IFA no es una organización centralizada, sino una red federativa donde cada organización miembro mantiene su total autonomía. Su función principal es la de servir como herramienta de comunicación, debate y acción coordinada entre sus secciones. Se rige por el principio de que las decisiones se toman por consenso en sus congresos internacionales, asegurando la unidad táctica y estratégica sin imposiciones.
A lo largo de su historia, la IFA ha participado en campañas de solidaridad internacional con presos políticos, ha apoyado luchas obreras y movimientos de liberación antiautoritarios, y ha publicado análisis y propaganda desde una perspectiva anarquista organizada. Su presencia e influencia han variado, con periodos de mayor actividad y otros de relativa latencia, siempre vinculados a la fuerza de sus federaciones miembros.
Su legado perdura como el principal esfuerzo continuado del anarquismo organizado por mantener una estructura internacionalista estable, demostrando la vigencia y la capacidad de coordinación global de los ideales anarquistas más allá de las fronteras nacionales.
LA ECOLOGÍA SOCIAL
Desde una perspectiva anarquista, la ecología social que desarrolló Murray Bookchin en la segunda mitad del siglo XX, representa una evolución crucial del pensamiento libertario, que integra la crisis ecológica como un problema fundamentalmente social y político. Bookchin argumenta que la dominación de la naturaleza por el ser humano es una extensión directa de “la dominación del hombre por el hombre”, es decir, de las jerarquías, el Estado y el capitalismo. Por lo tanto, la solución a la catástrofe ambiental no puede encontrarse en reformas técnicas o en un regreso romántico al pasado, sino que exige una revolución social que elimine todas estas estructuras de poder. Esta crítica lo distancia tanto del ecologismo superficial que confía en soluciones de mercado (como los impuestos verdes) como del «ecologismo profundo» misantrópico, al reafirmar el potencial único de la humanidad para ser un agente positivo y ético dentro de la naturaleza, siempre que se libere de las estructuras opresivas.
Su propuesta concreta, el municipalismo libertario, es profundamente anarquista: aboga por la creación de asambleas populares vecinales donde los ciudadanos, organizados de forma directa y horizontal, gestionen todos los aspectos de sus vidas. Estas comunas autónomas se federarían libremente para abordar problemas a mayor escala, creando un contrapoder desde abajo que disuelva al Estado-nación. Este modelo asambleario busca no solo la gestión ecológica de los recursos—como la energía renovable, la agricultura urbana o el transporte público—sino también la creación de un individuo nuevo, ético y racional, capaz de vivir en armonía consigo mismo, con la sociedad y con el mundo natural. La economía se reorganizaría bajo principios comunalistas, priorizando las necesidades comunitarias y la sostenibilidad ecológica sobre la lógica de la acumulación y el beneficio capitalista, integrando la producción a pequeña escala y las tecnologías apropiadas en el tejido local.
Así, Bookchin amplía el proyecto anarquista, demostrando que la libertad humana y la ecología son indisociables. La verdadera sociedad anarquista debe ser, por definición, ecológica, y viceversa: una sociedad ecológica genuina solo puede alcanzarse mediante la abolición de las jerarquías y la instauración de un modelo asambleario revolucionario.
NEOANARQUISMO POST AÑOS 1960: EVOLUCIÓN Y DESAFÍOS
El renacimiento anarquista surgido a partir de los años 1960 –el llamado neoanarquismo– ha traído consigo nuevas energías y luchas (feministas, ecológicas, contraculturales), pero también un rosario de contradicciones. Por un lado, resuena hoy con fuerza la crítica radical al poder estatal y capitalista heredada de nuestra historia, desde las colectividades de la Guerra Civil española hasta la rebeldía de los piqueteros argentinos y los movimientos asamblearios recientes. Por otro, nuevas corrientes a menudo distorsionan esos principios: algunos anarquistas integran ideas marxistas o liberales, confundiendo la autogestión con la participación en estructuras estatales u ONG.
Como podemos advertir, muchas vertientes del neoanarquismo “beben de un ‘pantano intelectual’” configurado por la Nueva Izquierda (New Left), que combina feminismo y ecologismo con interpretaciones reformistas, dando lugar a una extrema dispersión ideológica. En este clima híbrido, proliferan intentos superficiales de “tomar el poder popular” o convertirse en partidos de “izquierda libertaria”. Estas recetas, lejos de liberar, tienden a arrastrarnos hacia viejas trampas: la experiencia histórica muestra que el anarquismo renunció hace un siglo a todo “poder” estatal, sabiendo que transferirlo a otro (incluso al pueblo) es un engaño. Tal como subraya el escritor anarquista argentino Patrick Rossineri, “los anarquistas “negamos el poder político (…) toda teoría anarquista se funda sobre una crítica al poder”. Añade que “concebir el poder como mero ejercicio colectivo sin reconocer su carácter coercitivo equivale a enredarse en quimeras”. La idea de un “poder popular” heredero de Rousseau puede sonar seductora, pero oculta la persistencia de relaciones de dominación: quien detenta cualquier forma de poder (aunque sea electo o popular) siempre termina imponiendo órdenes, sustituyendo un opresor por otro.
Por eso resulta tan peligroso anteponer la “liberación nacional” a la revolución social, como algunos seguidores del YPG kurdo o el EZLN chiapaneco proclaman hoy. Los anarquistas hemos aprendido duramente que ninguna “liberación” –por nacionalista, feminista o ecologista que se vista– puede imponerse desde arriba sin convertirse en nueva forma de autoridad. El caso reciente del confederalismo democrático kurdo ilustra esa trampa: un movimiento guerrillero que, pretendiendo abrazar las ideas de Bookchin, terminó intentando institucionalizar asambleas locales y luego participando indirectamente en el parlamento Turco, para rápidamente quedar atrapado en juegos de poder estatales. Muchos anarquistas contemporáneos caen en redes similares: se suman a estos movimientos que terminan indefectiblemente traicionados en algún parlamento, mendigando un puesto de poder. En otras palabras, confundir la lucha social con proyectos que dependen de estructuras políticas diluye el antiestatismo esencial (aunque sea para lograr un “congreso para el pueblo” o escaños en un pequeño concejo municipal). La experiencia del siglo XX es clara: los verdaderos revolucionarios libertarios apostaron siempre por la destrucción del gobierno, no por su conquista o recomposición bajo otro nombre.
No podemos seguir distrayéndonos en debates sobre “liberación nacional”; debemos recordar que un movimiento anarquista verdadero apuesta primero por la revolución social de abajo, antes que por la liberación de cualquier “pueblo” o “nación”. Cualquier proyecto reformista –ya sea de índole local, municipal, o que se construya sobre aparatos confederales vinculados a estados– es una ilusión que promete igualdad mientras instala un nuevo jefe.
De la misma forma, las corrientes denominadas “insurreccionalistas” han mostrado sus límites. Aisladas, reducen la acción revolucionaria a explosiones simbólicas o atentados contra la autoridad, sin construir organización social ni vínculo con las masas trabajadoras. Aunque el mito de “propaganda por el hecho” seduce aún a algunos, su resultado suele ser la represión o el descrédito público, no un tejido de solidaridad ni comunas liberadas. En este siglo XXI hemos visto ejemplos contemporáneos: individuos exaltados que intentan emular a un Durruti, asaltando un banco, u otros que con una bomba casera mal construida a partir de un “Manual de cocina anarquista”, terminan perdiendo la vida en solitario, alimentando sin quererlo la narrativa del Estado, no creando autogestión desde abajo.
El neoanarquismo a menudo peca de un voluntarismo irracionalista —confunde el levantamiento esporádico, el “estallido social”, con la revolución permanente—, y al no edificar estructuras colectivas (sindicatos revolucionarios, sociedades de resistencia o comités de defensa vecinales) gesta, paradójicamente, la atomización y el debilitamiento del movimiento.
Tampoco el llamado anarcofeminismo ha estado exento de desviaciones. La larga lucha contra el patriarcado es innegable y constituye parte esencial de la emancipación; pero cuando algunas corrientes marginan el eje de clase o reducen su lucha a particularismos identitarios, se corre el riesgo de separar la lucha de las mujeres de la revolución social global. La pregunta crítica que planteamos en un artículo hace un tiempo es pertinente: ¿buscamos ser “anarcofeministas” (asimilando el feminismo actual dentro de agendas muchas veces institucionales) o “mujeres anarquistas” que combatan el patriarcado integrándolo al combate contra el Estado y el capital? Despreciar la autogestión obrera, el antiestatismo y el internacionalismo en nombre del feminismo es actuar con visión reducida. El feminismo anarquista auténtico exige que las mujeres luchen en igualdad desde abajo, tejiendo alternativas colectivas (escuelas libertarias, redes de apoyo) y enfrentando todas las cadenas del poder. Una corriente anarquista verdaderamente coherente no acepta dobles lecturas: no impulsa ni un parlamentarismo “poder-populista” ni un feminismo que olvide la explotación económica. Rechazar el autoritarismo significa rechazar tanto el “ojo por ojo” del jefe sindical corrupto como el moralismo de ONG feministas cooptadas; es construir relaciones horizontales en todos los ámbitos.
Frente a esta maraña de apropiaciones superficiales, es inspirador rescatar algunas experiencias actuales fieles a los principios históricos del anarquismo.
La Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), aunque debió soportar una escisión reformista en 2016, con la creación de la Confederación Internacional del Trabajo (CIT), persiste tenazmente en una veintena de países, sosteniendo huelgas y campañas con una coherencia ideológica rara entre los sindicatos contemporáneos. En barrios rebeldes de América Latina, Europa y Asia nacen nuevos grupos anarquistas inspirados en la Revolución Española y los viejos sindicatos de principios del siglo pasado, surgen nuevas secciones y grupos de amigos de la AIT, nacen colectivos tecnológicos que enfrentan el monopolio empresarial y la vigilancia digital, se abren nuevas casas okupa libertarias, etc.
Todas estas nuevas experiencias son semillas de organización desde abajo que reviven la tradición anarquista de solidaridad internacional y acción directa autogestionaria.
Este balance crítico, a veces alegre y otras amargo, conduce a plantear una orientación posible para el anarquismo en el siglo XXI. Lejos de buscar el resurgimiento de un dogma estático, se impone aunar la pasión combativa con una visión estratégica renovada. Debemos reafirmar sin tapujos nuestro antiparlamentarismo: entender que las instituciones del Estado, independientemente de su etiqueta ideológica, no son herramientas de emancipación sino barreras que desvían la revolución hacia burocracias cambiantes. La única “dirección” válida es la que sale de abajo hacia arriba: potenciar las organizaciones y sindicatos autónomos de la clase trabajadora, construir federaciones horizontales de barrios y fábricas, promover asambleas vinculadas entre sí, sin delegar la emancipación ni en “poderes provisionales” ni en líderes carismáticos. A la vez, es imprescindible recuperar el internacionalismo militante: en un mundo globalizado, las elites y los grandes capitales operan sin fronteras, y nosotros también debemos articular la solidaridad transnacional de los explotados y oprimidos.
En la práctica, esto significa pasar de la protesta dispersa a propuestas concretas de autogestión masiva. Queremos ver renacer escuelas libertarias y centros sociales donde se enseñe a organizar sin jefes; colectivos anárquicos que funcionen de manera federada; redes de trueque y apoyo mutuo que duren más allá de la emergencia; además de escudos colectivos contra la represión. La historia nos legó muchas herramientas críticas: la huelga general, el sindicato revolucionario, el comité de defensa barrial, el comunismo anárquico, comunitarista y antiindustrialista. Hoy esas herramientas siguen siendo válidas para tejer, día a día, la verdadera revolución que no se decreta sino que se construye solidariamente.
Por lo tanto, más que proponer alianzas con cualquier poder constituido, el neoanarquismo debe reorientarse hacia la autodefensa comunitaria y la emancipación plena de cada sujeto. Debe reconocer que lo único “nuevo” verdaderamente revolucionario no es el eslogan de moda, sino la coherencia de volver a los principios clasistas y horizontales en clave contemporánea. Solo así tendremos un horizonte anarquista legítimo: uno que rechace a todo patrón y partido, que siembre federaciones de libre asociación en cada barriada o fábrica, y que sueñe con terminar de una vez por todas la vieja pregunta que titubea en el aire: ¿Quién necesita amos? En esta respuesta reside la brújula de futuro que reivindicamos –no para un ajuste cosmético al sistema, sino para la constitución de un mundo donde la libertad y la solidaridad no sean un rédito de ONG, sino el pan diario de nuestra existencia.
FIGURAS Y VOCES CLAVE EN ESTE CAPÍTULO.
Murray Bookchin (1921-2006): Teórico y activista estadounidense, es considerado el fundador de la ecología social. Su principal aporte al anarquismo fue la profunda síntesis entre el pensamiento libertario y la crisis ecológica, argumentando que la dominación de la naturaleza es una extensión de la dominación humana. Desarrolló el modelo del municipalismo libertario, proponiendo la creación de asambleas populares vecinales confederadas como alternativa directa y descentralizada al Estado.
Eduardo Colombo (1929-2018): Psicoanalista, filósofo y teórico anarquista argentino que desarrolló gran parte de su obra en el exilio en Francia. Su aporte central fue un riguroso análisis de la naturaleza del poder político y la autonomía de lo social. Criticó la democracia representativa por alienar la voluntad popular y defendió el poder de lo social a través de la autoorganización, la acción directa y la práctica de la democracia directa en un espacio público no estatista, enfatizando la dimensión espacial y política de la revolución para construir una sociedad verdaderamente libre.
Vadim Damier (1960-): Historiador ruso contemporáneo, especializado en la historia del movimiento obrero y el anarquismo. Su texto, en el que se basa este ensayo, es valioso por su rigor académico y su capacidad para presentar el anarquismo no como un sueño utópico, sino como un movimiento social real, con victorias, derrotas y una práctica organizativa concreta. Damier rescata la centralidad de la autoorganización obrera y el anarcosindicalismo como la columna vertebral del movimiento histórico.
Patrick Rossineri: Militante anarquista argentino vinculado al desaparecido periódico ¡Libertad! (órgano del Grupo Libertario Libertad de Buenos Aires). Desde fines de la década de 1990 ha participado activamente en la escena libertaria porteña, sobre todo como miembro del equipo editorial de ¡Libertad! Se le conoce por textos como: “La quimera del poder popular: una forma de integración al sistema” (¡Libertad! Nº52, jul.-ago. 2009), “Entre la plataforma y el partido: Las tendencias autoritarias y el anarquismo” (serie en ¡Libertad! Nº45–49, 2007-2008).
Erick Benítez (1981-): Destacado militante de la Federación Anarquista de México, escritor del ya célebre “La traición de la hoz y el martillo”, y hoy de “El anarquismo: lo que critica y lo que propone”. Se distingue por escribir con una prosa combativa, sin pelos en la lengua. Para Benítez, “el anarquismo es la única tendencia que no quiere domesticar a las abejas, sino quemar el avispero.”