¿QUÉ ES EL ANARQUISMO?
Imaginen, por un momento, que alguien les dice la palabra “anarquía”. ¿Qué se les viene a la mente? ¿Caos? ¿Desorden? ¿Gritos en la calle y bancos en llamas? No se preocupen, no son los únicos. Durante más de un siglo, esa ha sido la imagen convenientemente distorsionada que el poder ha vendido: el anarquismo como sinónimo de nihilismo, como la negación absoluta de todo orden posible.
Pero… ¿Y si les dijera que el anarquismo en realidad es todo lo contrario? ¿Que no se trata de destrucción descerebrada, sino de cuestionar radicalmente aquel orden que se basa en la dominación, la jerarquía y la explotación? ¿Y que, además, viene con una sólida tradición filosófica, propuestas organizativas serias y hasta un sentido del humor ácido frente a la solemnidad del poder?
Este libro —este cuadernillo insurgente que tienen en sus manos— no es solo una introducción al anarquismo; es también una invitación a desaprender lo que creíamos saber sobre él. Déjense ir a través de un recorrido que va desde la crítica al Estado, el capitalismo y la religión, hasta las propuestas concretas de autogestión, apoyo mutuo y federalismo libertario.
Aquí no hay dogmas intocables ni respuestas únicas. Hay, en cambio, preguntas incómodas, reflexiones históricas, ejemplos de luchas pasadas y presentes, y hasta alguna que otra autocrítica sobre los tropiezos del movimiento. Porque, seamos honestos: hasta los anarquistas han tenido sus debates internos sobre tácticas y estrategias. Por eso este no es un texto para creyentes, sino para curiosos, escépticos y rebeldes con causa.
Así que adelante. Sumérjanse en estas páginas con mentalidad abierta y espíritu crítico. Descubrirán que el anarquismo no es una utopía lejana, sino una brújula que sigue apuntando, con terco optimismo, hacia la libertad, la igualdad y la solidaridad.
CAPÍTULO I.
HACIA UNA DEFINICIÓN DE ANARQUISMO
La palabra “anarquía” se compone de dos palabras griegas: ἀν (an) y ἄρχή (arkhé). El prefijo “an” significa “sin”. “Arkhe” es poder político, en el sentido de dominación, imposición, gobierno desde arriba. Juntas, hacen “an-arquía” que significa literalmente “sin dominio de poder político”, es decir, sin un gobierno, sin un Estado que ejerza violencia sobre la sociedad.
Pierre-Joseph Proudhon fue el primer pensador en autodenominarse “anarquista” y en definir el concepto de “anarquía” de manera positiva como forma de organización social. Escribió Proudhon:
“¿Qué gobierno elegiréis? No vacilo en responder: No quiero ni el gobierno de la monarquía, ni el de la aristocracia, ni el de la democracia. No quiero el gobierno del hombre por el hombre, ni la explotación del hombre por el hombre. La más perfecta asociación humana es aquella en la que desaparece la idea de gobierno. La ANARQUÍA es la forma de gobierno de la que estamos más cerca.”
“En resumen, somos anarquistas.”
Para la revolucionaria anarquista Emma Goldman: “El anarquismo, representa la liberación de la mente humana de la dominación de la religión; la liberación del cuerpo humano de la dominación de la propiedad; la liberación de las cadenas y las restricciones del gobierno. El anarquismo representa un orden social basado en la libre agrupación de individuos.” Esta cita encapsula la esencia del proyecto anarquista: la construcción de un nuevo orden social desde abajo, fundado en la libertad, la igualdad y el apoyo mutuo.
En este primer cuadernillo comenzaremos nuestro camino preguntándonos ¿qué es el anarquismo?, veremos cuáles son sus principios fundamentales y cuáles son sus figuras y voces más importantes. Para esto utilizaremos como hilo conductor el análisis del historiador anarquista Vadim Damier en su texto “¿Cuál es la diferencia entre la anarquía y el caos? ¿Una sociedad anarquista tiene reglas y cuáles son las formas de lograrlo?”, enriqueciéndolo con las poderosas voces Emma Goldman, del filósofo libertario Ángel J. Cappelletti y del escritor anarquista Erik Benítez de la Federación Anarquista de México, para presentar una primera visión de lo que el anarquismo es, qué critica y qué propone.
UNA CRÍTICA RADICAL A LA AUTORIDAD ILEGÍTIMA
El punto de partida del anarquismo es una crítica implacable a todas las formas de autoridad que no pueden justificarse racionalmente y que se imponen por la fuerza o la tradición para perpetuar la dominación de un grupo sobre otro. En palabras del anarquista norteamericano Murray Bookchin es una suerte de “ecología social” contra “toda forma de jerarquía y dominación”, incluso contra de la que se ejerce sobre la naturaleza.
Esta crítica no se dirige a un solo objetivo, sino a un sistema interconectado de opresiones que nos afectan día a día, y que comienza con una institución que hoy es venerada el mundo entero, y que está presente en casi todo lo que nos rodea: la propiedad.
¿Qué es La Propiedad?
Desde una perspectiva anarquista, la propiedad privada es una de las principales fuentes de opresión y desigualdad. No se confunde con la posesión personal (la casa donde se vive, los objetos de uso cotidiano), sino que se refiere al control exclusivo sobre los “medios de producción”: el capital (el dinero), tierras, fábricas o herramientas que permiten a una minoría vivir del trabajo ajeno.
Esta forma de propiedad no es un derecho natural, sino una construcción social impuesta y defendida por la violencia del Estado a través de leyes, policías y tribunales. Genera jerarquías económicas y convierte a la mayoría de la población en clase trabajadora explotada, obligada a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. El capitalista —el propietario— se apropia de la plusvalía, es decir, del valor creado por les trabajadores más allá de lo necesario para su subsistencia.
Hace casi 200 años Pierre-Joseph Proudhon escribió un libro que contenía una pregunta, y una respuesta rotunda como un cañonazo: «¿Qué es la propiedad? ¡Es el robo!»
Por eso el anarquismo propone terminar con el robo y abolir la propiedad privada capitalista y reemplazarla por la propiedad colectiva y la autogestión. Esto significa que los medios de producción deben ser controlados directamente por quienes los trabajan y por la comunidad organizada en asambleas, sin intermediarios ni dueños. La tierra es de quien la labra, la fábrica de quien la opera, el barrio de quien lo habita.
La verdadera libertad económica solo es posible en una sociedad sin propiedad privada de los medios de producción, donde nadie tenga el poder de explotar a nadie y donde la riqueza se comparta mediante el apoyo mutuo y la cooperación voluntaria. Pero para que esto pueda ser una realidad debemos desmantelar la principal institución que mantiene el sistema de apropiación: el Estado.
El Estado: El Monopolio de la Violencia Legitimada
Para los anarquistas, el Estado no es un árbitro neutral ni un representante del «bien común». Es, en palabras de Vadim Damier: “una institución que se erige sobre el monopolio de la violencia legítima en un territorio determinado”. Su existencia misma depende de la capacidad de dominar, de imponer leyes que perpetúan los intereses de las clases dominantes, y de defender un statu quo basado en la desigualdad. El Estado, lejos de ser la solución a la violencia, es su principal ejecutor de forma sistematizada y legalizada. Como dice Erik Benítez: “Nuestras flamantes instituciones gubernamentales tienen por padres a asesinos y criminales.”
El Estado moderno está indisolublemente ligado al surgimiento y la consolidación del capitalismo. No es una entidad separada de la economía; es su guardián. Protege la propiedad privada de los medios de producción, reprime las huelgas y la disidencia obrera, y libra guerras por intereses económicos y geopolíticos.
En la modernidad, Estado y democracia representativa se encuentran íntimamente ligados, porque en el Estado, la democracia es una fachada que oculta la dictadura de la clase burguesa. El ciudadano vota cada cierto tiempo para elegir a sus amos, pero no tiene un control real sobre las decisiones que afectan su vida diaria.
Emma Goldman, con su prosa incisiva, despreciaba la ilusión de la democracia parlamentaria: “Si el voto cambiara algo, lo harían ilegal” -decía. Esta frase refleja la convicción anarquista de que el sistema electoral está diseñado para absorber y neutralizar el descontento, canalizándolo hacia vías inofensivas que no desafían los fundamentos del poder.
En la sociedad moderna, así como Estado y democracia se encuentran íntimamente vinculados, también ellos se vinculan a un solo sistema económico, que es propio de este estadio histórico: el capitalismo.
El Capitalismo: La Explotación Sistematizada
La crítica al Estado es inseparable de la crítica al capitalismo. Los anarquistas vemos en el sistema capitalista una máquina de explotación que convierte la fuerza de trabajo humana, la creatividad y la vida misma en una mercancía. Genera una obscena concentración de riqueza en una minoría y una pobreza masiva en la mayoría. Pero su crimen no es solo económico; es también moral y psicológico. Aliena al trabajador de su trabajo, de sus compañeros y de sí mismo, reduciéndolo a un engranaje intercambiable en una máquina productiva carente de sentido.
Ángel J. Cappelletti destacaba cómo este sistema necesita y crea un tipo de ser humano pasivo, consumista y obediente. El anarquismo, en cambio, aboga por una economía al servicio de las necesidades humanas, no del lucro.
Emma Goldman amplía esta crítica: “La pobreza mental y económica es la doble maldición que convierte a un hombre en un simple instrumento, un esclavo de la máquina, un autómata de la rutina. Le roba el goce de la vida, la armonía de la existencia, el poder de crecer.” Para Goldman, la revolución no era solo una cuestión de pan, sino de rosas también; de belleza, arte y realización personal en una comunidad libre.
Es en el terreno de la espiritualidad donde la triada de opresión y explotación compuesta por el Estado, la democracia y el capitalismo encuentra su mejor complemento: las religiones.
La Religión Organizada y otras Ideologías de Sumisión
Los anarquistas extendemos nuestra crítica a cualquier institución que demande obediencia ciega y anule el pensamiento crítico. La religión organizada es un pilar de la dominación y la explotación. Históricamente, ha justificado el poder de los reyes (“derecho divino”), ha enseñado la resignación ante el sufrimiento terrenal prometiendo una recompensa en el más allá, y ha combatido el avance de la ciencia y la razón libre.
El gran revolucionario del siglo XIX, Mijaíl Bakunin, lo resumió en su famosa frase: “Si Dios realmente existiera, sería necesario abolirlo.”
El anarquismo no es necesariamente ateo pero sí es antiteísta en el sentido de que se opone a la idea de un soberano celestial que sirve de modelo para todos los soberanos terrenales. La liberación humana requiere liberarse de toda tutela divina o secular que impida al individuo pensar y actuar por sí mismo.
El Ejército “La Escuela del Crimen”
Para ir completando el cuadro de la opresión y explotación no podemos dejar de lado al ejército y la policía, “el brazo armado del Estado”. Las instituciones armadas son las que ejercen el monopolio de la violencia estatal cada vez que una persona intenta reclamar por sus derechos. En palabras de Erik Benítez: “Su función no va encaminada a mantener el orden social, sino en mantener el orden dictado por sus amos.”
La policía —el ejército en las calles— y los ejércitos de tierra, mar y aire, son el látigo con el que la clase explotadora ejerce su dominio sobre el proletariado. Esta institución es la que hace las guerras que afectan a millones de personas en el mundo. El ejército es también quien adoctrina a la personas para que, en nombre de una “patria” abstracta y una “soberanía” ilusoria, vean a sus hermanos de otras tierras como enemigos, alimentando el temor al extranjero y la xenofobia. Mientras, la policía trata como “enemigos internos” a los que transgreden las leyes, garantizando así el control social para beneficio de la burguesía. Esta verdadera “escuela del crimen”, que instruye en el arte de someter, encarcelar, torturar y asesinar a sus semejantes, es bendecida, celebrada y financiada por el Estado, la Iglesia y la patronal capitalista.
El ejército es el pilar fundamental que sostiene todo el aparato universal de opresión y explotación. Por esta razón, es deber de los anarquistas intensificar y redoblar nuestras campañas antimilitaristas para poner fin a esta locura institucional.
Los Nuevos Medios de Comunicación
Los medios de comunicación masivos históricamente han sido un pilar fundamental del Estado y el capitalismo, funcionando como aparatos ideológicos que naturalizan la autoridad, la propiedad privada y la sumisión.
La supuesta capacidad de la ciudadanía para vigilar y contrarrestar a los medios tradicionales que otorgarían los nuevos medios de comunicación masivos, es cooptada inmediatamente por estos mismos conglomerados digitales. La llamada «participación» del público a través de comentarios, redes sociales propietarias o contenidos generados por usuarios no es más que una simulación, un mecanismo de absorción de la disidencia que convierte la crítica potencial en un insumo más para la máquina de generar audiencias y beneficios, neutralizando su poder transformador real.
Las redes sociales, los servicios de mensajería instantánea y los nuevos medios de comunicación masiva, en su forma actual, mediado por plataformas digitales capitalistas, no escapan a la lógica del dominio. Estas plataformas, lejos de ser ágoras neutrales, son espacios hipervigilados y algorítmicamente gobernados por corporaciones que mercantilizan cada interacción, creando burbujas de filtro y fomentando el espectáculo sobre el análisis profundo. El anarquismo denuncia que esta estructura no permite una verdadera comunicación horizontal y libre, sino que reproduce las relaciones de poder existentes.
La “democratización” de la voz del usuario es una ilusión dentro de una arquitectura diseñada para la vigilancia, la publicidad y el control, donde la tendencia al monopolio y la censura sutil pero constante convierten a los nuevos medios de comunicación en un instrumento más de homogenización del pensamiento.
El Sistema Escolar
El sistema escolar es un aparato de dominación y explotación estatal que fabrica sumisión. Su estructura jerárquica, con alumnos bajo la autoridad unilateral del profesor y un currículo estandarizado, adoctrina en la obediencia. Se normaliza el cumplimiento de horarios, órdenes y evaluaciones, entrenando a los jóvenes para aceptar pasivamente las dinámicas de mando y obediencia que sostienen el Estado y el capitalismo.
Lejos de fomentar el pensamiento crítico, impone un conocimiento fragmentado y utilitario para producir mano de obra dócil y consumidores pasivos.
El sistema escolar perpetúa la desigualdad social mediante una segregación social entre escuelas para ricos (privadas) y para pobres (públicas), y la aplicación de exámenes y pruebas que justifican una falsa meritocracia.
La alternativa anarquista propone una educación antiautoritaria y autogestionada. Rechaza la escuela represiva por comunidades de aprendizaje voluntarias, donde se disuelva la jerarquía entre maestro-estudiante. El conocimiento debe surgir de la curiosidad y las necesidades vitales, en un marco de cooperación horizontal que priorice el desarrollo pleno del individuo en armonía con la comunidad. La verdadera educación sólo es posible en libertad.
FIGURAS Y VOCES CLAVE DE ESTE CAPÍTULO
Murray Bookchin (1921-2006): Teórico y activista estadounidense, es considerado el fundador de la ecología social. Su principal aporte al anarquismo fue la profunda síntesis entre el pensamiento libertario y la crisis ecológica, argumentando que la dominación de la naturaleza es una extensión de la dominación humana. Desarrolló el modelo del municipalismo libertario, proponiendo la creación de asambleas populares vecinales confederadas como alternativa directa y descentralizada al Estado.
Ángel J. Cappelletti (1927-1995): Filósofo e historiador argentino-venezolano, dedicó su vida a estudiar y sistematizar el pensamiento anarquista. Su obra es una mina de oro para comprender las distintas corrientes (anarcocomunismo, anarcosindicalismo, anarcoindividualismo), sus debates internos y su evolución histórica. A diferencia de la caricatura, Cappelletti mostró que el anarquismo es una tradición de una enorme profundidad teórica y una rica diversidad de perspectivas, todas unidas por el rechazo común a la autoridad injusta.
Vadim Damier (1959-): Historiador ruso contemporáneo, especializado en la historia del movimiento obrero y el anarquismo. Su texto, en el que se basa este ensayo, es valioso por su rigor académico y su capacidad para presentar el anarquismo no como un sueño utópico, sino como un movimiento social real, con victorias, derrotas y una práctica organizativa concreta. Damier rescata la centralidad de la autoorganización obrera y el anarcosindicalismo como la columna vertebral del movimiento histórico.
Erick Benítez (1981-): Destacado militante de la Federación Anarquista de México, escritor del ya célebre “La traición de la hoz y el martillo”, y hoy de “El anarquismo: lo que critica y lo que propone”. Se distingue por escribir con una prosa combativa, sin pelos en la lengua. Para Benítez, “el anarquismo es la única tendencia que no quiere domesticar a las abejas, sino quemar el avispero.”
CAPÍTULO II.
¿QUÉ PROPONE EL ANARQUISMO?
Imagina por un momento que decidimos desmontar el mundo tal como lo conocemos, no para sumirnos en el caos, sino para construir algo radicalmente distinto desde sus cimientos. El anarquismo no propone parches o reformas; imagina un cambio tan profundo que altera la esencia misma de cómo nos relacionamos con el poder, el trabajo y los demás.
En nuestro modelo actual, la autoridad es una fuerza que desciende desde arriba, una pirámide donde unos pocos en la cima—gobernantes, magnates, jueces—dictan las reglas del juego para la mayoría. Su poder, consolidado por la ley y la fuerza, es algo que se posee y se ejerce sobre los otros. La economía gira en torno a la competencia despiadada y la acumulación en manos privadas, lo que inevitablemente genera abismos de desigualdad y nos aliena de nuestro propio trabajo y de nuestra comunidad. La justicia es un código rígido aplicado por extraños, y la vida cotidiana se fragmenta en roles que nos separan: el empleado, el ciudadano, el consumidor.
Frente a esto, el anarquismo teje una visión opuesta. Aquí, la autoridad no es impuesta, sino conferida temporalmente por la comunidad. Las decisiones brotan de asambleas donde cada voz cuenta, y cualquier delegado es solo un portavoz revocable, sin poder real beyond el que la asamblea le presta para una tarea concreta. El poder, en lugar de concentrarse, se disuelve y se ejerce colectivamente.
La economía se transforma en un acto de colaboración. Los medios para producir —herramientas, fábricas, tierras— son un patrimonio común gestionado por quienes los trabajan. El objetivo deja de ser el beneficio para convertirse en la satisfacción de las necesidades de todos, guiado por la lógica del apoyo mutuo y la ayuda recíproca. El orden no se mantiene por la coerción de leyes distantes, sino por acuerdos sociales vivos, tejidos en el día a día, donde los conflictos se resuelven mediante la mediación y la reparación, no el castigo.
La vida deja de ser un acto de supervivencia en un engranaje ajeno para convertirse en una experiencia integrada y plena. Recuperas la autonomía sobre tu trabajo, tu tiempo y tu entorno. Los lazos con tus vecinos se basan en la solidaridad y la afinidad real, no en la competencia o el interés. La comunidad se fortalece porque nace de la libre asociación, no de la obligación.
LOS PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DEL ANARQUISMO
La potencia del anarquismo no reside solo en su crítica, sino en su vasto conjunto de ideas para construir una sociedad libre. El anarquismo es, en sí mismo, ante todo un movimiento autogestionario que une la teoría con la acción organizada para transformar la realidad.
La Libertad Individual en el Marco Colectivo
El principal objetivo del anarquismo es la máxima realización de la libertad y la individualidad de cada persona. Pero entiende que esta individualidad solo puede florecer plenamente en una comunidad libre y solidaria. La libertad no es el “derecho” a explotar a otros (libertad liberal), sino la capacidad real de desarrollar el propio potencial sin obstáculos económicos o sociales.
Mijaíl Bakunin en su libro “Dios y el Estado” nos legó una definición de Libertad que ha inspirado a generaciones de anarquistas. Dice Bakunin: “No soy verdaderamente libre más que cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres. La libertad de otro, lejos de ser un límite o la negación de mi libertad, es al contrario su condición necesaria y su confirmación. No me hago verdaderamente libre más que por la libertad de los otros, de suerte que cuanto más numerosos son los hombres libres que me rodean y más vasta es su libertad, más extensa, más profunda y más amplia se vuelve mi libertad […] Mi libertad personal, confirmada así por la libertad de todo el mundo, se extiende hasta el infinito.”
Emma Goldman fue la gran campeona de esta idea. Para ella, la revolución estaba vacía si no liberaba la psique, el amor y la creatividad humanas. “La revolución no es más que el despertar de la iniciativa individual, es la liberación del creador en el hombre… El propósito de la revolución es precisamente liberar al hombre de los grilletes de la propiedad y la autoridad, para permitirle ponerse de pie y mirar al cielo con sus propios ojos.” El anarquismo, por tanto, no sacrifica al individuo en el altar de la comunidad, ni sacrifica la comunidad en el altar del individuo. Busca su síntesis armoniosa.
La Igualdad en la Diversidad
Desde una perspectiva anarquista, la igualdad en la diversidad no es una mera tolerancia pasiva de las diferencias, sino la base fundamental para una sociedad libre y armoniosa. Rechaza radicalmente la noción de que la igualdad signifique uniformidad o asimilación a un modelo único impuesto por el Estado, el capitalismo o cualquier sistema de autoridad jerárquica.
Para el anarquismo, la verdadera igualdad sólo puede florecer en un contexto de absoluta libertad individual y diversidad. Se entiende que cada persona es única, con capacidades, necesidades, deseos y expresiones diferentes. La riqueza de la comunidad reside precisamente en esta heterogeneidad. La «igualdad», por tanto, no es un punto de partida idéntico para todos, sino un proceso constante de creación de condiciones materiales y sociales donde esa diversidad pueda desarrollarse plenamente, sin que nadie sea oprimido, explotado o marginado por su diferencia.
Esto se logra a través de la libre asociación, el apoyo mutuo y la autogestión. Las comunidades y colectivos se organizan horizontalmente, tomando decisiones por consenso o asamblea, asegurando que todas las voces sean escuchadas y valoradas. La cooperación reemplaza a la competencia. En este marco, las diferencias (de género, etnia, cultura, capacidad o pensamiento) dejan de ser motivos de dominación para convertirse en fuentes de fuerza colectiva, innovación y enriquecimiento mutuo.
En esencia, la igualdad anarquista en la diversidad es la construcción activa de una sociedad donde la libertad de un individuo no es límite, sino condición para la libertad de todos los demás, celebrando y nutriéndose de la infinita variedad humana.
El Apoyo Mutuo y la Solidaridad
Frente al dogma liberal de la competencia feroz como motor del progreso, los anarquistas, siguiendo los estudios de Piotr Kropotkin, proponen la cooperación como el verdadero factor de avance evolutivo y social. Kropotkin, en su obra “El Apoyo Mutuo”, demostró que en la naturaleza y en la historia humana, la cooperación dentro de las especies es tan importante, o más, que la competencia.
El apoyo mutuo es la práctica de la solidaridad libremente consentida, no la caridad impuesta por una Iglesia o un Estado paternalistas. Es la creación de redes de ayuda comunitaria, de mutuales de salud y educación, de cooperativas de consumo, donde las personas se unen para satisfacer sus necesidades comunes sin intermediarios explotadores. Emma Goldman veía en esto la base de una ética nueva: “Una ética basada en la libertad y la solidaridad sólo puede surgir de la libre asociación y la ayuda mutua entre iguales.”
La Autogestión (o Autoorganización Obrera)
Este es el principio central de la propuesta social y económica anarquista. La autogestión significa que las propias personas, reunidas en asambleas, deben administrar directamente la sociedad. Que sean ellos quienes decidan qué producir, cómo producir, cómo distribuir los beneficios y cómo organizar las tareas.
El movimiento anarquista ya lo ha puesto en práctica en pocas pero muy significativas ocasiones a través de la historia. Como cuando en la Revolución Española, a través de sindicatos revolucionarios en los lugares de trabajo, los comités barriales y las colectividades agrícolas puso en práctica este principio. La autogestión es la aplicación concreta del lema “La emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”. No se espera que un partido o un Estado “otorgue” la libertad; esta se toma y se ejerce directamente
La Acción Directa
La acción directa es el método por excelencia del anarquismo. Significa que los oprimidos deben actuar por sí mismos, sin delegar en representantes o políticos profesionales, para conseguir sus objetivos. La huelga, el boicot, la ocupación de tierras o fábricas, la creación de escuelas libres, la propaganda intensa y la insurrección misma son formas de acción directa.
No es sinónimo de violencia indiscriminada. La acción directa puede ser pacífica (una huelga de brazos caídos) o defensiva (la autodefensa armada de una comunidad frente a paramilitares). Lo que la define es que rompe con la lógica de la mediación institucional y empodera directamente a los actores sociales. Como señala Vadim Damier, la acción directa es la herramienta pedagógica que enseña a la clase obrera a confiar en su propia fuerza y capacidad organizativa.
Erick Benítez nos recuerda que ocurre con los que no siguen el camino de la acción directa: “El 100% (y no es exagerar) de las personas que han entrado en las instituciones del Estado pensando cambiar las cosas ‘desde dentro’ han terminado por ser cambiados por ese Estado que han querido cambiar.”
El Federalismo Libertario
Una crítica común al anarquismo es: “Sin Estado, ¿cómo se coordinaría una sociedad compleja?”. La respuesta es el federalismo libertario. A diferencia del federalismo estatal (como el de EE.UU. o Alemania), que es de arriba hacia abajo (el poder central delega), el federalismo anarquista es de abajo hacia arriba.
La unidad base es la comuna libre o el sindicato autogestionado. Estas unidades se federan libremente a nivel regional para coordinar proyectos de interés común (una red ferroviaria, un sistema eléctrico). Los delegados para estas federaciones son mandatados y revocables en todo momento por sus asambleas de base, y no tienen poder de decisión propio; solo ejecutan los mandatos que se les han dado. Este sistema garantiza la coordinación a gran escala sin crear un poder centralizado y coercitivo. Es la máxima expresión del principio “piensa globalmente, actúa localmente”.
El Cosmopolitismo anarquista
Una de las características más relevantes del anarquismo ha sido su mirada cosmopolita, que considera que la emancipación humana debe construirse sobre una base común: la solidaridad entre trabajadores de cualquier parte del mundo, sin distinción de origen, género, etnia o nacionalidad.
El cosmopolitismo anarquista no niega las opresiones específicas que atraviesan a los distintos sectores populares. Al contrario, las reconoce, las denuncia y las combate. Pero lo hace desde una mirada integral, que busca la emancipación de todos al unísono y no de unos pocos primero que otros. Frente a la lógica de la identidad cerrada de la “nación”, “etnia” o “pueblo”, el anarquismo propone la solidaridad abierta y la federación libertaria.
Por otro lado, en palabras de Vadim Damier: “Si somos anarquistas consecuentes debemos proclamar el principio de libertad, es decir, que la persona puede y «debe» moldearse a sí misma y a su entorno, y no «heredar» o identificarse con algo simplemente porque habla tal o cual idioma o porque en su pasaporte figura tal o cual «nacionalidad». En este caso, cada persona realiza, por así decirlo, un acto de creación de sí misma, como individuo y como “entidad” sociocultural, a partir de diversos elementos, “bloques de construcción” de lo que ve o encuentra a su alrededor, realizando una especie de síntesis individual de culturas.”
FORMAS ORGÁNICAS DEL ANARQUISMO
Históricamente el anarquismo ha adoptado varios modelos distintos pero interconectados de organización:
– La organización específica anarquista: Es una agrupación de personas que se reúnen con el objetivo de propagar “La Idea” (así es como llamamos al anarquismo los anarquistas), y de ejecutar acciones directas encaminadas a implantar el anarquismo en la sociedad. El mismo Mijaíl Bakunin formó parte en su día de una “Alianza de la Democracia Socialista”, una federación de grupos antiautoritarios que se dedicaban a propagar La Idea entre los trabajadores y trabajadoras de la Primera Internacional.
Estos grupos específicos generalmente se nuclean en torno a un periódico o boletín, muchos de pocas páginas y exiguo tiraje, pero también los había algunos que alcanzaban miles de copias como La Protesta en la región argentina, Regeneración en México o Tierra y Libertad en la región ibérica.
– El sindicato anarquista: Fue tan importante el impacto de los sindicatos anarquistas en la vida social durante el siglo XX, que los anarquistas que militaban en ellos comenzaron a llamarse “anarcosindicalistas”. Pero en realidad no existe una diferencia sustancial entre anarquismo y anarcosindicalismo, salvo el lugar donde se ejerce.
En los campos de Aragón, durante la Revolución Española, estos sindicatos tomaron el nombre de “colectividades”; otros, especialmente en Latinoamérica, se llamaron “sociedades de resistencia” o “sociedades obreras”, pero en fondo todos eran básicamente lo mismo.
– La organización social anarquista: Muchos grupos específicos anarquistas, sindicatos o colectividades se dieron a la tarea de enfrentar las carencias de su clase social directamente. Para esto formaron escuelas libres y bibliotecas donde aprender, centros sociales y comunitarios donde reunirse y recrearse, hospederías, comederos, policlínicos, formaron sindicatos de desempleados, de inquilinos o arrendatarios, y comités y comisiones para todo tipo de tareas específicas.
– Los comités de defensa: Los comités de defensa que se formaron durante la Revolución Española en los barrios, fábricas y colectividades merecen una mención especial porque fueron una eficaz y eficiente forma de organización y autodefensa contra el ataque del fascismo, especialmente en la región catalana.
El análisis de otras formas organizativas históricas del anarquismo, como el Ejército Negro de la Majnóvschina, las milicias de la Guerra Civil Española o los más recientes partidos «libertarios», queda a criterio del lector para determinar si pueden considerarse plenamente ácratas. Sobre el Ejército Negro, nos extenderemos en el Cuadrillo N° 2 al tratar la Majnóvschina.
Respecto a las milicias populares en la Guerra Civil Española, es innegable admirar el coraje y el arrojo de los milicianos anarquistas que, con todo en contra, hicieron frente al fascismo. Sin embargo, desde una perspectiva orgánica, aunque presentaban diferencias con un ejército regular, sus dirigentes optaron por integrarse en el gobierno republicano y alinear a las milicias con el ejército estatal. Esta decisión condujo a la rápida absorción de las milicias por la estructura militar regular, un proceso de militarización que, si bien encontró resistencia entre muchos milicianos, finalmente se impuso.
Cabría preguntarse si el desenlace hubiera sido distinto de haberse mantenido la lucha a nivel de los comités de defensa, con una estructura guerrillera profundamente arraigada en la retaguardia catalana y disolviendo definitivamente el ejército regular. Tal vez la suerte de la revolución habría sido otra.
La experiencia de la Revolución Rusa y la Guerra Civil Española demuestran que todo ejército, ya se autodenomine «rojo», «republicano», «de liberación» o «del pueblo», es inherentemente enemigo de la revolución social.
Las milicias surgieron bajo el Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña, el primer órgano de gobierno en el que los anarquistas participaron formalmente. Este comité fue pronto absorbido por la Generalitat, y entre sus cargos figuraron tres ministros anarquistas. Esta participación en las estructuras de gobierno, tratándose como un partido político más –incluso aceptando un estatus minoritario–, no solo fue una decisión táctica errónea en un contexto de guerra, sino que ha tenido consecuencias duraderas.
Este legado histórico ha influido en generaciones posteriores de anarquistas y sitúa a los antiparlamentarios actuales en una posición incómoda frente a las críticas de quienes, señalando que «los anarquistas en España estuvieron en el gobierno», cuestionan nuestra postura. No son pocos los simpatizantes libertarios que, cansados de lo que perciben como un «principismo» inflexible, han terminado uniéndose a partidos marxistas o progresistas, o lo que es peor, impulsando partidos políticos de «izquierda libertaria», abandonando con ello los principios anarquistas.
REFUTACIÓN DE CRÍTICAS COMUNES
“El anarquismo es utópico e ingenuo, ignora la naturaleza humana egoísta.” Los anarquistas argumentamos frente a esto que lo que llamamos “naturaleza humana” es en gran medida un producto de las condiciones sociales. El capitalismo y el Estado premian y cultivan el egoísmo, la agresividad y la competencia. El anarquismo busca crear instituciones (autogestión, apoyo mutuo) que premien y cultiven la cooperación, la solidaridad y la empatía, rasgos igualmente presentes en la conducta humana.
“Sin Estado, reinaría el caos y la violencia de los más fuertes.” El anarquismo no propone una sociedad sin normas, sino sin gobernantes. Las normas (éticas, de convivencia, técnicas) surgirían de las propias comunidades a través del consenso y las asambleas, y se harían cumplir por la presión social y la autodefensa comunitaria, no por una policía al servicio de una clase. El Estado, lejos de evitar la violencia, es su principal ejecutor a gran escala (guerras, represión).
“Es lo mismo que el comunismo autoritario (estalinismo) o el libertarismo de derechas.” Es una confusión grave. El anarquismo se opuso desde su origen al mal llamado “comunismo”, impuesto por partidos políticos a través del Estado, denunciando a la URSS como una forma “capitalismo de Estado” dirigido por una nueva clase burocrática. Respecto del denominado “libertarismo de derecha” o “anarcocapitalismo”, hay que decirlo fuerte y claro: ese neofascismo que se disfraza de “libertario” o “anarquista” no es lo uno ni lo otro. Su supuesta “crítica al Estado”, no es tal, sino una gran mentira que busca imponer un Estado fascista que defiende la propiedad privada capitalista y el derecho a explotar, lo que para el anarquismo es una de las formas más brutales de autoridad y coerción.
El anarquismo no es un modelo cerrado de sociedad para implantar mañana. Es, como sugiere Vadim Damier, un movimiento constante de la humanidad oprimida hacia su liberación. Es una brújula que apunta siempre hacia la horizontalidad, la libertad, la igualdad y la solidaridad voluntaria. Es una crítica permanente a toda forma de poder que aspire a dominar al hombre y a la mujer.
En un mundo asolado por crisis económicas recurrentes, guerras interminables, una desigualdad obscena y una catástrofe ecológica causada por la lógica depredadora del Estado y el capital, las ideas anarquistas recuperan una vigencia sorprendente. Los sindicatos agrupados en las federaciones afiliadas a la AIT, los grupos de afinidad anarquistas, los movimientos de okupas libertarios, las cooperativas de consumo, las prácticas asamblearias y de autogestión en fábricas recuperadas, las redes de apoyo mutuo durante crisis económicas y revueltas, son todos ecos contemporáneos del ideal anarquista.
Como soñó Emma Goldman, no merece la pena una revolución que no nos permita bailar. Pero tampoco merece la pena bailar en un mundo de cadenas. El anarquismo nos invita a imaginar y a luchar por un mundo donde la danza de la libertad individual y la sinfonía de la armonía colectiva sean, por fin, la misma cosa. Un mundo donde, en palabras de otro grande, Errico Malatesta, la libertad no sea un derecho abstracto, sino la posibilidad real de vivir plenamente.
“Quiero la libertad, el derecho a la autodeterminación, el derecho de todos al hermoso y radiante.” – Emma Goldman. Ese “hermoso y radiante” es la estrella polar que guía, hoy como ayer, la eterna rebelión del espíritu anarquista.
FIGURAS Y VOCES CLAVE DE ESTE CAPÍTULO
Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865): Fue un tipógrafo y filósofo francés autodidacta, es considerado el «padre del anarquismo». Su famosa afirmación «¿Qué es la propiedad? ¡Es el robo!» sentó las bases de la crítica antiautoritaria. Acuñó el término «anarquía» para describir su visión de un orden social sin gobernantes, basado en el mutualismo: un sistema donde los trabajadores se organizarían en asociaciones libres y cooperativas, intercambiando bienes y servicios basados en el coste del trabajo a través de «bancos del pueblo», eliminando así la explotación capitalista y el Estado coercitivo.
Mijaíl Bakunin (1814-1876): Este revolucionario ruso, fue el gran propagandista y estratega del anarquismo colectivista. Exiliado durante gran parte de su vida, su principal aporte fue la feroz oposición al marxismo autoritario, prediciendo que una «dictadura del proletariado» se convertiría en una nueva tiranía. Abogó por la acción directa y la insurrección espontánea de las masas para destruir el Estado, defendiendo que los medios de producción fueran colectivizados y gestionados por los propios trabajadores a través de asociaciones libres y federaciones desde abajo.
Piotr Kropotkin (1842-1921): Geógrafo y naturalista que aportó una base científica y ética al movimiento con su teoría del anarco-comunismo. Basándose en la biología y la antropología, desarrolló la teoría de «El Apoyo Mutuo», argumentando que la cooperación, no la competencia, es el principal motor de la evolución natural y humana. Propuso una sociedad donde la abolición de la propiedad privada llevaría a la distribución de los bienes según el principio «de cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades», eliminando no solo el Estado, sino también el mercado.
Errico Malatesta (1853-1932): De oficio electricista, fue un incansable activista y organizador italiano, dedicó su vida a la propaganda y la creación de movimientos anarquistas de base. Su principal aporte fue pragmático: enfatizó la importancia de la organización anarquista específica (grupos de afinidad) para orientar la lucha popular espontánea hacia la revolución social, evitando que se desvíe. Defendió un anarquismo flexible centrado en la acción y la práctica, con el objetivo inmediato de instaurar el comunismo anárquico mediante la expropiación y la libre asociación.
Emma Goldman (1869-1940): Quien fuera llamada “la mujer más peligrosa de América”, fue una oradora, escritora y activista incansable. Escapó siendo adolescente de su Lituania natal para radicarse en Estados Unidos, donde se desempeñó como costurera, conociendo de primera mano la situación de las mujeres en las fábricas textiles. Su anarquismo era integral, fusionando la lucha de clases con la emancipación de la mujer, la crítica a la moral sexual represiva y la defensa de la libertad artística. Sus textos, como “Anarquismo y otros ensayos” y su autobiografía “Viviendo mi vida”, son monumentos de pasión revolucionaria y lucidez intelectual. Para Goldman, el anarquismo era la “filosofía de una nuevo orden social, basado en la libertad ilimitada y el reconocimiento de los derechos del individuo.”